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Autoconocimiento y bienestar

El demonio del mediodía: por qué la depresión sobrevivió a la evolución

Por la redacción de Personaramic8 min de lectura
Ilustración minimalista de un sol en lo más alto sobre un gnomon con una sombra mínima a sus pies

En algún momento del siglo IV, en el desierto egipcio, un monje llamado Evagrio Póntico empezó a escribir sobre un demonio con un horario muy concreto: atacaba casi siempre a mediodía. Lo llamó, siguiendo un salmo que hablaba de una plaga que acecha a esa hora, el demonio del mediodía.

Diecisiete siglos después, el escritor Andrew Solomon tomó prestado ese mismo nombre para titular un libro sobre la depresión que ganaría el National Book Award.

Entre el monje y el autor contemporáneo hay una pregunta común: por qué un estado tan costoso para quien lo sufre ha acompañado a la mente humana durante tanto tiempo sin desaparecer.

El demonio que atacaba siempre a la misma hora

Evagrio no fue un caso aislado. Décadas después, el monje Juan Casiano recogió y amplió sus ideas en un tratado dedicado por completo a lo que ambos llamaban acedia, del griego akedia, algo así como falta de cuidado.

La describían con un catálogo de síntomas sorprendentemente concreto:

  • Hastío por la propia celda.
  • Desprecio repentino hacia los compañeros con los que hasta ese momento se llevaban bien.
  • Incapacidad para concentrarse en la lectura o el trabajo manual.
  • Una sensación de que las horas se estiraban sin avanzar.

Todo eso, insistían, solía golpear con más fuerza alrededor de mediodía, de ahí el nombre.

Durante siglos, la acedia se fue desplazando de aquel retrato tan específico hacia algo más difuso: uno de los pecados capitales, emparentado con la pereza.

Pero lo que Evagrio y Casiano describieron originalmente se parece bastante poco a la simple falta de ganas de trabajar.

Varios de sus rasgos recuerdan a la lista que hoy aparece en los manuales clínicos sobre la depresión: anhedonia, irritabilidad, dificultad de concentración, alteración de la percepción del tiempo.

Conviene no forzar la equivalencia. La acedia era sobre todo una categoría moral y espiritual, ligada a la vida del monje: su síntoma central era el deseo de abandonar la celda y la vocación. El psiquiatra e historiador de la medicina Stanley Jackson la estudió como un estado emparentado con la tristeza y la melancolía medievales, pero distinto de ellas. Diagnosticar a distancia a un monje del siglo IV con criterios del siglo XXI es, como mínimo, arriesgado.

Un escritor del siglo XXI recupera el nombre

Cuando Andrew Solomon publicó en 2001 The Noonday Demon: An Atlas of Depression (en español, El demonio de la depresión), no eligió ese título por casualidad ni solo por efecto poético.

El libro, nacido de un artículo suyo en The New Yorker y escrito en parte desde su propia experiencia con la depresión, dedica capítulos enteros a rastrear la enfermedad a través de la historia, la biología, la pobreza, la política y, de forma explícita, la evolución.

Recuperar el nombre que unos monjes del desierto usaron 1.600 años antes no es un adorno: es una forma de sugerir que lo que ellos describieron y lo que la psiquiatría contemporánea diagnostica podrían ser, en el fondo, el mismo fenómeno con vocabulario distinto.

Y ese gesto, unir un relato religioso antiguo con una pregunta científica actual, abre la puerta a la cuestión más incómoda del libro: si la depresión existe desde hace tanto tiempo y resulta tan costosa (aísla, incapacita, en sus formas más graves pone en riesgo la vida), ¿por qué la selección natural nunca la eliminó?

Pensar demasiado, a propósito

Una de las respuestas más discutidas en psicología evolutiva llega de Paul Andrews y J. Anderson Thomson, que en 2009 propusieron lo que llamaron la hipótesis de la rumiación analítica.

Su idea, resumida, es que ciertos rasgos centrales de la depresión (la dificultad para dejar de darle vueltas a un problema, la pérdida de interés por distracciones que antes resultaban placenteras, incluso algunos cambios en el sueño) podrían funcionar como un mecanismo que fuerza al cerebro a dedicar recursos de forma sostenida a analizar una situación compleja sin resolver, apartando temporalmente todo lo demás.

Según esta lectura, no sería el cerebro rompiéndose, sino el cerebro entrando en un modo de análisis muy costoso y muy poco cómodo, pero con una función identificable.

Rendirse a tiempo

Otra explicación, más antigua, viene de la psiquiatría evolutiva de John Price y del trabajo posterior de Paul Gilbert sobre la teoría del rango social. Su punto de partida es la observación de animales sociales: cuando un individuo pierde una disputa de estatus frente a otro, suele adoptar una postura de sumisión que detiene el conflicto antes de que se vuelva más dañino para ambos. Price y Gilbert plantearon que el estado de ánimo bajo humano, tras una derrota real (social, laboral, afectiva), podría ser un eco de ese mismo mecanismo: una señal involuntaria de rendición que reduce el riesgo de seguir invirtiendo energía en una batalla ya perdida.

Lo que se les objeta

Ninguna de las dos ideas es un consenso. La objeción más directa a la rumiación analítica viene de la investigación experimental sobre la rumiación: en los estudios de Sonja Lyubomirsky y Susan Nolen-Hoeksema, las personas con ánimo bajo a las que se pedía rumiar generaban soluciones peores a problemas interpersonales que las que se distraían. En su revisión de 2008, Nolen-Hoeksema, Wisco y Lyubomirsky concluyen que dar vueltas a las causas del malestar tiende a dificultar la resolución de problemas, no a facilitarla.

Andrews y Thomson responden que su hipótesis habla de un análisis centrado en el problema y no de la rumiación sobre el propio malestar, pero la distinción es difícil de medir. Y las dos propuestas comparten una limitación de fondo: es muy difícil poner a prueba si un rasgo fue útil en el pasado evolutivo, y una explicación plausible no basta para demostrarlo.

Ninguna de las dos hipótesis pretende decir que la depresión sea deseable ni que no deba tratarse. Ambas intentan explicar por qué un estado tan disfuncional en la vida moderna pudo, en algún momento de nuestra historia evolutiva, ofrecer alguna ventaja frente a la alternativa de seguir gastando recursos en un problema sin salida o en un conflicto ya perdido.

El precio de saber amar

Solomon añade a este debate una idea propia, más filosófica que biológica, que recorre buena parte de su libro: sugiere que buena parte de la vulnerabilidad a la depresión está entrelazada con la propia capacidad de apego, la misma que nos permite formar vínculos profundos con otras personas. Un organismo incapaz de apegarse a nada difícilmente podría deprimirse por perderlo; el precio de poder amar con intensidad sería, según esta lectura, cargar también con la capacidad de hundirse cuando ese vínculo se rompe. La idea conecta de forma directa con algo que la teoría del apego de John Bowlby ya había señalado décadas antes: el duelo y el estado de ánimo bajo tras una pérdida no son un fallo del sistema afectivo, son parte de cómo ese sistema funciona cuando cumple su propósito.

Lo que la continuidad de diecisiete siglos dice de verdad

Es tentador tratar la coincidencia entre Evagrio y la psiquiatría evolutiva como una simple curiosidad histórica. Hay algo más detrás: un estado de abatimiento, hastío y pérdida de interés aparece descrito en un monasterio egipcio del siglo IV, en la melancolía de los médicos antiguos y en los manuales actuales, con marcos explicativos muy distintos. Aunque la acedia no sea la depresión, esa recurrencia pesa en contra de la idea de que el sufrimiento depresivo es sobre todo una invención moderna, un producto de la vida urbana, de la industria farmacéutica o de las redes sociales.

No quiere decir que esos factores actuales no influyan; probablemente lo hacen. Pero la persistencia de un patrón parecido durante diecisiete siglos apunta a algo más estable: una vulnerabilidad que forma parte de cómo está construida la mente humana desde hace mucho tiempo, ligada a capacidades tan valiosas como pensar en profundidad, valorar el propio estatus social o apegarse a otras personas. Verlo así no convierte la depresión en algo menos serio ni sustituye ningún tratamiento. Pero sí cambia una pregunta habitual, por qué me pasa esto a mí, por otra distinta y quizá más útil: qué parte de mí, capaz de tanto, es también la que puede quedarse atrapada a mediodía.

Fuentes

  • Solomon, A. (2001). The Noonday Demon: An Atlas of Depression. Scribner. (Ed. española: El demonio de la depresión, trad. Fernando Mateo, Ediciones B, 2002).
  • Casiano, J. Instituciones, Libro X, “Del espíritu de la acedia”.
  • Andrews, P. W. y Thomson, J. A. (2009). The bright side of being blue: depression as an adaptation for analyzing complex problems. Psychological Review, 116(3), 620-654. DOI
  • Price, J., Sloman, L., Gardner, R., Gilbert, P. y Rohde, P. (1994). The social competition hypothesis of depression. British Journal of Psychiatry, 164(3), 309-315.
  • Gilbert, P. (1992). Depression: The Evolution of Powerlessness. Lawrence Erlbaum Associates.
  • Bowlby, J. (1980). Attachment and Loss, Vol. 3: Loss, Sadness and Depression. Basic Books.
  • Jackson, S. W. (1981). Acedia the sin and its relationship to sorrow and melancholia in medieval times. Bulletin of the History of Medicine, 55(2), 172-185.
  • Lyubomirsky, S. y Nolen-Hoeksema, S. (1995). Effects of self-focused rumination on negative thinking and interpersonal problem solving. Journal of Personality and Social Psychology, 69(1), 176-190.
  • Nolen-Hoeksema, S., Wisco, B. E. y Lyubomirsky, S. (2008). Rethinking rumination. Perspectives on Psychological Science, 3(5), 400-424.

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Preguntas frecuentes

¿Qué es la acedia?

Un estado descrito por los monjes cristianos del desierto en el siglo IV: hastío profundo, inquietud, desprecio por el propio trabajo y por quienes te rodean, y una sensación de que el tiempo no avanza. Los primeros en documentarlo lo atribuían a un demonio que atacaba sobre todo a mediodía.

¿Quién fue Evagrio Póntico?

Un monje y escritor del siglo IV (345-399) que vivió en el desierto de Egipto y fue el primero en describir con detalle la acedia como una de las principales tentaciones de la vida monástica, antes de que el término derivara siglos más tarde hacia lo que hoy llamamos pereza.

¿Por qué Andrew Solomon tituló su libro 'El demonio de la depresión'?

Solomon retoma el nombre que los monjes daban a la acedia para su libro de 2001 sobre la depresión, ganador del National Book Award. El título conecta implícitamente el relato monástico del siglo IV con la investigación científica moderna sobre el mismo estado de ánimo.

¿Qué es la hipótesis de la rumiación analítica?

Una propuesta de los psicólogos Paul Andrews y J. Anderson Thomson (2009) según la cual algunos síntomas depresivos, como la dificultad para desconectar de un problema, podrían tener la función de forzar un análisis sostenido de una situación compleja sin resolver.

¿Qué es la teoría del rango social sobre la depresión?

Una hipótesis, desarrollada por John Price y Paul Gilbert, que plantea que el estado de ánimo bajo tras una derrota o una pérdida de estatus pudo evolucionar como una señal involuntaria de rendición, útil para evitar un conflicto todavía más costoso.

¿Este artículo sustituye un diagnóstico o un tratamiento?

No. Es un recorrido divulgativo por la historia y la investigación científica sobre la depresión, no una herramienta clínica. Si la tristeza persistente, el desánimo o la falta de energía te están afectando de forma importante, lo recomendable es acudir a un profesional de la psicología colegiado.

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