Leche y miel: la distinción de Erich Fromm entre cuidar a alguien y transmitirle alegría de vivir
Erich Fromm distinguía dos capas dentro del amor de una madre: una que mantiene al niño vivo y a salvo, y otra que le transmite que estar vivo merece la alegría. La primera es frecuente. La segunda, escribió, es mucho más rara.
En El arte de amar (1956), el psicoanalista Erich Fromm dedica un capítulo entero a diferenciar el amor materno del paterno. Dentro de esa distinción, propone una imagen que toma prestada de un texto muy anterior a cualquier teoría psicológica: la Biblia.
Una tierra que mana leche y miel
La Tierra Prometida se describe en el Antiguo Testamento como una tierra “que mana leche y miel”. Fromm convierte esa frase en una metáfora exacta de lo que, según él, ofrece (o no siempre ofrece) el amor de una madre:
- La leche simboliza el cuidado y la supervivencia: alimento, protección, calor físico.
- La miel simboliza algo distinto: la dulzura de la vida, el placer de existir, el mensaje de que estar vivo es bueno, no solo posible.
Fromm resume la diferencia en una frase que sigue leyéndose casi setenta años después con la misma incomodidad que debió de causar entonces: “La mayoría de las madres son capaces de dar leche. Pero solo unas pocas pueden dar también miel.”
Por qué la miel es más difícil de dar que la leche
Según Fromm, dar leche depende sobre todo de la voluntad de cuidar. Dar miel depende de algo más exigente: que quien cuida sea, además, una persona feliz.
Una madre puede alimentar, proteger y velar por un niño de manera impecable y, al mismo tiempo, transmitirle, sin decir una sola palabra, que la vida es una carga, una fuente de ansiedad o algo que hay que sobrellevar. Fromm es explícito en este punto: el amor a la vida es tan contagioso, escribe, como la ansiedad. Ambas actitudes dejan huella en la personalidad del niño, y él mismo defiende que es posible distinguir, tanto entre niños como entre adultos, a quienes solo recibieron leche de quienes recibieron leche y miel.
La otra mitad del cuadro: por qué existe también un amor paterno
Fromm no describe el amor materno de forma aislada. Lo compara con el amor paterno, al que atribuye una lógica distinta:
- El amor materno, en su formulación, es incondicional: se recibe por el simple hecho de existir, no hace falta merecerlo, y por eso mismo tampoco se puede forzar ni controlar si falta.
- El amor paterno es, para Fromm, condicional: se organiza en torno a expectativas, principios y logros. Tiene un lado exigente (hay que ganárselo) y uno positivo (a diferencia del materno, sí está, al menos en parte, bajo el propio control).
Ninguno de los dos, según Fromm, es superior al otro. Cada uno responde a una necesidad distinta del niño en un momento distinto de su desarrollo: seguridad incondicional primero, orientación y estructura después.
Convertirse en el propio padre y la propia madre
La parte más interesante de la teoría de Fromm llega cuando describe qué ocurre en la edad adulta, si ese desarrollo avanza bien. La persona madura, escribe, termina teniendo una conciencia materna y una conciencia paterna propias, interiorizadas, que ya no dependen de que existan una madre y un padre reales para sostenerlas:
- La conciencia materna interior dice, en esencia: nada de lo que hagas puede privarte de mi cariño ni de mi deseo de que seas feliz.
- La conciencia paterna interior dice: hiciste algo mal, tienes que asumir la consecuencia, y si quieres mi aprobación, algo tiene que cambiar.
Fromm advierte de qué ocurre cuando falta una de las dos. Solo la conciencia paterna, sin la materna, produce a alguien rígido y exigente en exceso, también consigo mismo. Solo la materna, sin la paterna, puede dejar a una persona sin criterio ni capacidad de asumir sus propios errores.
Por qué esta idea sigue siendo útil
La distinción de Fromm entre leche y miel no pretende medir a nadie como madre, padre o cuidador. Sirve más bien para entender algo que a menudo pasa desapercibido en la propia biografía de cualquiera: que recibir cuidado y recibir alegría de vivir son dos cosas distintas, y que es perfectamente posible haber tenido mucho de lo primero y muy poco de lo segundo, o al revés.
La investigación posterior sobre apego, que estudia con otra metodología cómo la disponibilidad emocional de un cuidador da forma al vínculo adulto (visible en perfiles como el apego seguro o el apego ansioso), llega por un camino distinto a una conclusión parecida: lo decisivo no es solo que las necesidades básicas estuvieran cubiertas, sino el tono emocional con el que se cubrieron. Fromm, sin ese aparato metodológico, ya había puesto nombre a esa diferencia usando dos palabras muy antiguas: leche y miel.
¿Quieres saber más sobre ti?
Descubre tu resultado con uno de nuestros tests relacionados.
Preguntas frecuentes
¿Fromm dice que hay madres 'buenas' y 'malas'?
No exactamente. Distingue entre dos capacidades distintas dentro del amor materno (el cuidado básico y la transmisión de alegría de vivir) y señala que la segunda es más difícil de dar, no que unas madres sean buenas y otras malas de forma general.
¿Esta idea está confirmada por estudios posteriores de psicología del desarrollo?
Es una formulación propia de Fromm, dentro de un ensayo filosófico y psicoanalítico, no un hallazgo de un estudio empírico. Conecta, en todo caso, con la investigación posterior sobre apego, que sí ha estudiado con metodología propia el efecto del ánimo del cuidador principal en el niño.
¿El amor paterno, tal como lo describe Fromm, es necesariamente peor que el materno?
No los presenta en una jerarquía. Los describe como dos funciones distintas y complementarias, cada una necesaria en un momento distinto del desarrollo del niño.
¿Esta distinción se aplica solo a madres biológicas?
Fromm habla de 'principio materno' y 'principio paterno' como funciones psicológicas, siguiendo la idea de tipo ideal de Max Weber, no de un rol atado en exclusiva al sexo o al vínculo biológico de quien lo ejerce.