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Apego

Siete cosas a las que puedes estar 'apegado' sin saberlo, y ninguna es una persona

Por Rafa Personaramic5 min de lectura
Ilustración minimalista orgánica de siete pequeñas formas dispersas alrededor de una silueta humana

Cuando se habla de “apego”, casi siempre se piensa en el amor. Pero el psicólogo Walter Riso documenta, en su libro Desapegarse sin anestesia (2012), casos reales de personas atrapadas en formas de apego que no tienen nada que ver con una relación de pareja.

La definición que usa es siempre la misma: una vinculación mental y emocional a algo, sea lo que sea, sostenida por la creencia de que ese algo es indispensable para estar bien.

Estas son siete de las formas menos evidentes que documenta.

1. El apego a la aprobación social

Riso cuenta la anécdota de un maestro espiritual que, según sus propias palabras, vivió así: “hasta los veinte años nunca me preocupó lo que la gente pudiera pensar de mí. A partir de los veinte, me preocupaba constantemente lo que pudieran pensar mis vecinos. Pero un día, después de cumplir cincuenta años, de pronto comprendí que ellos difícilmente habían pensado en mí”.

  • El apego a la aprobación no es querer gustar, algo natural en cualquier persona.
  • Es la creencia de que no se puede vivir sin el reconocimiento constante de los demás.
  • Riso lo describe como una de las dependencias más comunes precisamente porque está socialmente premiada: a nadie le extraña que alguien “necesite” ser aceptado.

2. El apego a un objeto que “cambia” a quien lo lleva

Una paciente de Riso guardaba, como su bien más preciado, un collar de perlas. No solo lo apreciaba: se lo ponía y, según describe el propio autor, “su personalidad cambiaba, se volvía más extrovertida, más atrevida y segura de sí misma”. No era, escribe Riso, “una simple alhaja”.

  • El objeto en sí es neutro. Lo que genera el apego es haber depositado en él una función psicológica (seguridad, identidad) que en realidad no le corresponde.
  • La prueba de que existe un apego, no solo una preferencia, es qué ocurre si el objeto se pierde o se daña.

3. El apego a un bronceado

Un hombre de cuarenta años llegó a consulta porque su pareja “sentía vergüenza” de su bronceado exagerado. Llevaba cinco años entrando a diario a una cámara bronceadora, con lesiones en la piel que ya preocupaban a los médicos.

  • El origen, según describe el caso, se remontaba a burlas en la infancia por tener la piel muy blanca.
  • Tras un tiempo de terapia, el paciente hizo un descubrimiento que Riso describe como decisivo: a nadie le importaba, en realidad, su color de piel. El apego perdió fuerza en cuanto esa creencia se sostuvo con la realidad, no solo con el miedo.

4. El apego a estar siempre actualizado

Riso describe, desde su propia observación en ferias de tecnología, a personas que sienten que “les falta algo” si no incorporan cada novedad disponible, así sea, en sus palabras, “un puerto USB para sentirse menos incompletos”.

  • No es curiosidad por la tecnología. Es la sensación de estar permanentemente en desventaja si no se es el primero en tenerlo.
  • Es la misma lógica, señala el autor, que el apego a la moda: lo que varía es solo el objeto.

5. El apego al trabajo

Uno de los casos más citados del libro es el de un ejecutivo con una fuerte adicción al trabajo (catorce horas diarias, también los fines de semana), alejado de su mujer y de sus dos hijos adolescentes.

El cambio llegó cuando a su hijo menor le diagnosticaron un tumor cerebral. Antes de entrar a una operación de riesgo, el joven le pidió un único favor: “Por favor, papá, no trabajes tanto, ya casi no te veo”.

  • El paciente no dejó de trabajar. Aprendió, en palabras de Riso, a trabajar “sin exagerar”, disfrutando la actividad sin que absorbiera el resto de su vida.
  • El caso ilustra algo que se repite en todo el libro: el apego rara vez se rompe por una reflexión abstracta. Casi siempre lo hace una circunstancia que obliga a mirar de frente lo que se estaba evitando.

6. El apego a una tradición que ya nadie recuerda por qué existe

Riso recoge un relato clásico sobre un gurú que, para que su gato dejara de distraer a los fieles durante el culto de la tarde, ordenaba atarlo mientras rezaban. Mucho después de que el gurú muriera, sus discípulos seguían atando un gato durante el culto, generación tras generación. Cuando ese gato también murió, llevaron otro al templo para poder seguir atándolo.

  • Ningún discípulo recordaba ya por qué se hacía. Solo sabían que “así se había hecho siempre”.
  • Riso usa la historia para señalar que el apego al pasado y a la costumbre puede sobrevivir mucho tiempo después de que su razón original haya desaparecido.

7. El apego a no cometer nunca un error

Riso describe el caso de una joven brillante, con un cociente intelectual en el percentil setenta, que vivía convencida de ser “poco inteligente” por haber repetido un curso debido a una dislexia no diagnosticada a tiempo. Se había impuesto una autoexigencia extrema como forma de compensar ese miedo.

  • La ironía, según el propio caso, es que la autoexigencia que debía “protegerla” del fracaso era, en sí misma, la causa principal de su malestar.
  • Riso lo resume con una idea que aplica a varios de los apegos de esta lista: el remedio que alguien construye para calmar una inseguridad puede acabar pesando más que la inseguridad original.

El hilo que conecta los siete casos

En ninguno de ellos el problema es el objeto: ni el móvil, ni el collar, ni el bronceado, ni el trabajo. El problema, según el marco que propone Riso, es la creencia de que ese objeto concreto es la única fuente posible de algo que, en realidad, se puede sostener de más de una forma.

Eso no hace que estos apegos sean menos reales, ni menos difíciles de soltar. Solo explica por qué, casi siempre, se resuelven mirando la creencia de fondo, no cambiando el objeto por otro parecido.

Fuentes

  • Riso, W. (2012). Desapegarse sin anestesia: Cómo soltarse de todo aquello que nos quita energía y bienestar. Editorial Planeta Colombiana.

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Preguntas frecuentes

¿El apego psicológico solo se aplica a las relaciones de pareja?

No. Según describe el psicólogo Walter Riso en Desapegarse sin anestesia (2012), el mismo mecanismo (creer que algo es imprescindible para el propio bienestar) puede aplicarse a personas, pero también a objetos, ideas, hábitos o incluso a la propia imagen física.

¿Cómo se sabe si algo se ha convertido en un apego y no es solo una afición?

Según este marco, la diferencia está en si se puede renunciar a ello cuando conviene. Una afición se disfruta; un apego se necesita, genera ansiedad ante la posibilidad de perderlo y ocupa más espacio mental y emocional del que su importancia real justificaría.

¿Son reales los casos clínicos que menciona este artículo?

Son casos descritos por Walter Riso en su libro, presentados como ejemplos de su práctica clínica, con nombres cambiados o sin especificar por motivos de confidencialidad, como es habitual en este tipo de literatura de divulgación psicológica.

¿Este artículo es una guía para superar un apego concreto?

No. Resume ejemplos de un libro de divulgación psicológica con fines informativos y de curiosidad. No sustituye la valoración de un profesional de la salud mental si alguno de estos patrones genera malestar significativo.

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