Siete cosas a las que puedes estar 'apegado' sin saberlo, y ninguna es una persona
Cuando se habla de “apego”, casi siempre se piensa en el amor. Pero el psicólogo Walter Riso recoge, en su libro Desapegarse sin anestesia (2012), casos de su consulta en los que la persona estaba aferrada a algo que no tiene nada que ver con una pareja.
La definición que usa es siempre la misma: una vinculación mental y emocional a algo, sea lo que sea, sostenida por la creencia de que ese algo es indispensable para estar bien.
Dos “apegos” que comparten nombre
Antes de la lista conviene una aclaración, porque en esta categoría usamos la palabra en dos sentidos.
- El apego de Riso viene de la tradición budista: es aferramiento, la creencia de que no se puede estar bien sin algo concreto. Puede recaer en una persona, un objeto, una idea o una costumbre.
- El apego de John Bowlby y Mary Ainsworth, el de los estilos de apego como el apego evitativo, es un concepto de la psicología del desarrollo: el vínculo emocional con quienes nos cuidan, que más tarde se proyecta en la pareja. Se mide con instrumentos propios y tiene décadas de investigación detrás.
Este artículo habla del primero. Para darle algo más que anécdotas, junto a cada caso de Riso señalamos qué ha estudiado la psicología experimental sobre ese mismo fenómeno.
1. El apego a la aprobación social
Riso cuenta la anécdota de un maestro espiritual que, según sus propias palabras, vivió así:
“hasta los veinte años nunca me preocupó lo que la gente pudiera pensar de mí. A partir de los veinte, me preocupaba constantemente lo que pudieran pensar mis vecinos. Pero un día, después de cumplir cincuenta años, de pronto comprendí que ellos difícilmente habían pensado en mí”.
- El apego a la aprobación no es querer gustar, algo natural en cualquier persona.
- Es la creencia de que no se puede vivir sin el reconocimiento constante de los demás.
- Riso lo describe como una de las dependencias más comunes precisamente porque está socialmente premiada: a nadie le extraña que alguien “necesite” ser aceptado.
La anécdota tiene un correlato experimental. Thomas Gilovich, Victoria Medvec y Kenneth Savitsky pidieron en 2000 a estudiantes de Cornell que entraran en una sala con una camiseta embarazosa (la cara del cantante Barry Manilow). Los participantes calcularon que cerca de la mitad de los presentes se habrían fijado; en realidad, lo había hecho menos de una cuarta parte. Lo llamaron efecto foco: sobreestimamos cuánto se fijan los demás en nosotros porque partimos de nuestra propia experiencia, que es muy intensa, y corregimos poco.
2. El apego a un objeto que “cambia” a quien lo lleva
Una paciente de Riso guardaba, como su bien más preciado, un collar de perlas.
No solo lo apreciaba: se lo ponía y, según describe el propio autor, “su personalidad cambiaba, se volvía más extrovertida, más atrevida y segura de sí misma”.
No era, escribe Riso, “una simple alhaja”.
Dos líneas de investigación ayudan a entender por qué los objetos pesan tanto. El investigador del consumo Russell Belk propuso en 1988 la idea del yo extendido: tratamos ciertas posesiones como parte de nuestra identidad, y perderlas se vive como perder un trozo de uno mismo. Y Daniel Kahneman, Jack Knetsch y Richard Thaler documentaron en 1990 el efecto dotación: en sus experimentos, quienes recibían una taza pedían por venderla aproximadamente el doble de lo que otros estaban dispuestos a pagar por ella. El simple hecho de poseer algo lo encarece a nuestros ojos.
El collar de la paciente de Riso es un caso extremo de ambas cosas: un objeto que se ha vuelto parte de la identidad y al que, por eso, se le atribuye un valor desproporcionado.
- El objeto en sí es neutro. Lo que genera el apego, según Riso, es haber depositado en él una función psicológica (seguridad, identidad) que no le corresponde.
- La prueba de que existe un apego, no solo una preferencia, es qué ocurre si el objeto se pierde o se daña.
3. El apego a un bronceado
Un hombre de cuarenta años llegó a consulta porque su pareja “sentía vergüenza” de su bronceado exagerado.
Llevaba cinco años entrando a diario a una cámara bronceadora, con lesiones en la piel que ya preocupaban a los médicos.
- El origen, según describe el caso, se remontaba a burlas en la infancia por tener la piel muy blanca.
- Tras un tiempo de terapia, el paciente hizo un descubrimiento que Riso describe como decisivo: a nadie le importaba, en realidad, su color de piel. Es el mismo efecto foco del primer caso. El apego perdió fuerza en cuanto esa creencia se contrastó con la realidad, no solo con el miedo.
El caso no es tan raro como parece. Catherine Mosher y Sharon Danoff-Burg adaptaron en 2010 cuestionarios de cribado de adicciones al uso de cabinas de bronceado: entre 229 universitarios que las usaban, alrededor de un tercio cumplía criterios adaptados de “adicción al bronceado”, y esos estudiantes referían más ansiedad. Son criterios de investigación, no un diagnóstico oficial, pero muestran que la necesidad de broncearse puede funcionar como la de Riso describe.
4. El apego a estar siempre actualizado
Riso describe, desde su propia observación en ferias de tecnología, a personas que sienten que “les falta algo” si no incorporan cada novedad disponible, así sea, en sus palabras, “un puerto USB para sentirse menos incompletos”.
- No es curiosidad por la tecnología. Es la sensación de estar permanentemente en desventaja si no se es el primero en tenerlo.
- Es la misma lógica, señala el autor, que el apego a la moda: lo que varía es solo el objeto.
5. El apego al trabajo
Uno de los casos más citados del libro es el de un ejecutivo con una fuerte adicción al trabajo (catorce horas diarias, también los fines de semana), alejado de su mujer y de sus dos hijos adolescentes.
El cambio llegó cuando a su hijo menor le diagnosticaron un tumor cerebral. Antes de entrar a una operación de riesgo, el joven le pidió un único favor:
“Por favor, papá, no trabajes tanto, ya casi no te veo”.
- El paciente no dejó de trabajar. Aprendió, en palabras de Riso, a trabajar “sin exagerar”, disfrutando la actividad sin que absorbiera el resto de su vida.
- El caso ilustra algo que se repite en todo el libro: el apego rara vez se rompe por una reflexión abstracta. Casi siempre lo hace una circunstancia que obliga a mirar de frente lo que se estaba evitando.
6. El apego a una tradición que ya nadie recuerda por qué existe
Riso recoge un relato de tradición popular, que circula en varias versiones y suele asociarse a las colecciones de cuentos del jesuita Anthony de Mello, sobre un gurú que, para que su gato dejara de distraer a los fieles durante el culto de la tarde, ordenaba atarlo mientras rezaban.
Mucho después de que el gurú muriera, sus discípulos seguían atando un gato durante el culto, generación tras generación. Cuando ese gato también murió, llevaron otro al templo para poder seguir atándolo.
- Ningún discípulo recordaba ya por qué se hacía. Solo sabían que “así se había hecho siempre”.
- Riso usa la historia para señalar que el apego al pasado y a la costumbre puede sobrevivir mucho tiempo después de que su razón original haya desaparecido.
La economía conductual tiene nombre para una versión cotidiana de esto: el sesgo del statu quo. William Samuelson y Richard Zeckhauser mostraron en 1988 que, ante la misma elección, la gente prefiere de forma desproporcionada la opción que ya está en vigor, solo por ser la existente.
7. El apego a no cometer nunca un error
Riso describe el caso de una joven con un cociente intelectual en el percentil setenta (es decir, por encima de siete de cada diez personas de su edad) que vivía convencida de ser “poco inteligente” por haber repetido un curso a causa de una dislexia no diagnosticada a tiempo. Se había impuesto una autoexigencia extrema como forma de compensar ese miedo.
- La ironía, según el propio caso, es que la autoexigencia que debía “protegerla” del fracaso era, en sí misma, la causa principal de su malestar.
- Riso lo resume con una idea que aplica a varios de los apegos de esta lista: el remedio que alguien construye para calmar una inseguridad puede acabar pesando más que la inseguridad original.
La investigación sobre perfeccionismo, en la revisión de Joachim Stoeber y Kathleen Otto (2006), distingue precisamente entre el afán de excelencia, que suele ser compatible con el bienestar, y la preocupación por los errores y el miedo a la evaluación, que es la parte que más se asocia al malestar. Si te interesa ese matiz, nuestro test de perfeccionismo lo explora.
El hilo que conecta los siete casos
En ninguno de ellos el problema es el objeto: ni el móvil, ni el collar, ni el bronceado, ni el trabajo.
El problema, según el marco que propone Riso, es la creencia de que ese objeto concreto es la única fuente posible de algo que, en realidad, se puede sostener de más de una forma.
Los estudios citados encajan con esa idea por caminos distintos: sobreestimamos cuánto nos miran (efecto foco), sobrevaloramos lo que ya es nuestro (efecto dotación), incorporamos objetos a la identidad (yo extendido) y preferimos lo que ya está (statu quo). Ninguno de esos sesgos es un defecto personal; son tendencias generales de la mente que, en ciertos casos, se vuelven rígidas.
Eso no hace que estos apegos sean menos reales ni menos difíciles de soltar. Explica por qué, en el planteamiento de Riso, se trabajan mirando la creencia de fondo y no cambiando el objeto por otro parecido.
Si te reconoces en el primero, el de la aprobación, nuestro test de people pleaser mide esa tendencia; y si el aferramiento recae sobre todo en personas, el test de dependencia emocional la explora con más detalle.
Fuentes
- Riso, W. (2012). Desapegarse sin anestesia: Cómo soltarse de todo aquello que nos quita energía y bienestar. Editorial Planeta Colombiana.
- Gilovich, T., Medvec, V. H., & Savitsky, K. (2000). The spotlight effect in social judgment: An egocentric bias in estimates of the salience of one’s own actions and appearance. Journal of Personality and Social Psychology, 78(2), 211-222. doi:10.1037/0022-3514.78.2.211
- Belk, R. W. (1988). Possessions and the extended self. Journal of Consumer Research, 15(2), 139-168.
- Kahneman, D., Knetsch, J. L., & Thaler, R. H. (1990). Experimental tests of the endowment effect and the Coase theorem. Journal of Political Economy, 98(6), 1325-1348.
- Samuelson, W., & Zeckhauser, R. (1988). Status quo bias in decision making. Journal of Risk and Uncertainty, 1(1), 7-59.
- Stoeber, J., & Otto, K. (2006). Positive conceptions of perfectionism: Approaches, evidence, challenges. Personality and Social Psychology Review, 10(4), 295-319.
- Mosher, C. E., & Danoff-Burg, S. (2010). Addiction to indoor tanning: Relation to anxiety, depression, and substance use. Archives of Dermatology, 146(4), 412-417. doi:10.1001/archdermatol.2009.385
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Preguntas frecuentes
¿El apego psicológico solo se aplica a las relaciones de pareja?
No. Según describe el psicólogo Walter Riso en Desapegarse sin anestesia (2012), el mismo mecanismo (creer que algo es imprescindible para el propio bienestar) puede aplicarse a personas, pero también a objetos, ideas, hábitos o incluso a la propia imagen física.
¿Cómo se sabe si algo se ha convertido en un apego y no es solo una afición?
Según este marco, la diferencia está en si se puede renunciar a ello cuando conviene. Una afición se disfruta; un apego se necesita, genera ansiedad ante la posibilidad de perderlo y ocupa más espacio mental y emocional del que su importancia real justificaría.
¿Son reales los casos clínicos que menciona este artículo?
Son casos descritos por Walter Riso en su libro, presentados como ejemplos de su práctica clínica, con nombres cambiados o sin especificar por motivos de confidencialidad, como es habitual en este tipo de literatura de divulgación psicológica.
¿Es lo mismo este apego que el de la teoría del apego de Bowlby?
No. Riso usa 'apego' en el sentido budista de aferramiento: la creencia de que algo es imprescindible para estar bien. La teoría del apego de John Bowlby y Mary Ainsworth estudia otra cosa: el vínculo emocional con las figuras que nos cuidan y, en la vida adulta, con la pareja. Comparten la palabra, no el concepto.
¿Este artículo es una guía para superar un apego concreto?
No. Resume ejemplos de un libro de divulgación psicológica con fines informativos y de curiosidad. No sustituye la valoración de un profesional de la salud mental si alguno de estos patrones genera malestar significativo.