El FOMO que no te deja disfrutar del plan tiene salida
En mayo de 2004, un estudiante de Harvard Business School llamado Patrick McGinnis publicó una columna en el periódico de su escuela con una observación muy poco académica: la mayoría de las invitaciones que circulaban por el campus recibían respuesta de menos de la mitad de los invitados. Su explicación no era el desinterés, sino lo contrario: nadie quería cerrarse a nada por si aparecía algo mejor.
En esa columna, McGinnis popularizó dos siglas a la vez. Una era FOMO, fear of missing out, el miedo a perderse algo. La otra, a la que él mismo dio más importancia con los años, era FOBO, fear of a better option: el miedo a que surja una opción mejor. Veinte años después, la primera sigla se ha comido a la segunda. Según las estimaciones de la herramienta de análisis de búsquedas Ahrefs, en España se buscaba «fomo» unas 7.200 veces al mes a principios de 2021 y unas 54.400 en septiembre de 2026: siete veces y media más.
La mayoría de lo que se escribe sobre el FOMO lo trata como un efecto secundario de las redes sociales. Aquí interesa otra cosa: cómo cambia la manera de vivir un plan concreto, antes, durante y después. Porque lo que dicen los estudios es que el FOMO no solo hace sufrir por lo que no se vive. También hace disfrutar menos de lo que sí.
Qué es el FOMO, según quien lo midió primero
Hasta 2013, el FOMO era una palabra de revistas y agencias de tendencias. Ese año, el psicólogo Andrew Przybylski y sus colegas Kou Murayama, Cody DeHaan y Valerie Gladwell publicaron en Computers in Human Behavior el primer intento serio de medirlo. Su definición sigue siendo la de referencia:
El FOMO es una aprensión generalizada a que otros puedan estar viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente, caracterizada por el deseo de seguir continuamente conectado con lo que hacen los demás.
Para construir la escala partieron de 32 frases, las pusieron a prueba con 1.013 adultos de varios países y se quedaron con las 10 que mejor distinguían entre quien tiene mucho FOMO y quien tiene poco. Vale la pena leer algunas, porque funcionan casi como un espejo:
- «Me preocupa que mis amigos vivan experiencias más gratificantes que yo».
- «Es importante para mí entender los chistes internos de mis amigos».
- «Me molesta perderme una quedada que estaba planeada».
- «Cuando me lo paso bien, es importante para mí compartir los detalles en internet».
- «Cuando me voy de vacaciones, sigo pendiente de lo que hacen mis amigos».
Ninguna habla de móviles ni de horas de pantalla. Hablan de planes, grupos y conversaciones. El teléfono es el canal; lo que se teme perder es la vida social.
Antes del plan: la invitación que nadie contesta
El primer síntoma del FOMO aparece mucho antes de que empiece nada: en el momento de decir que sí. Es el terreno del FOBO de McGinnis, y se reconoce en conductas muy cotidianas:
- El «ya te digo» como respuesta por defecto a cualquier propuesta.
- El «apúntame como posible», que deja al organizador sin saber cuántos van a ser.
- Confirmar dos planes a la vez para decidir en el último momento.
- Mirar qué hace el resto antes de comprometerse con nada.
Parece una estrategia para no perderse lo mejor. El problema es lo que cuesta. Un estudio de 2010 lo ilustra desde un sitio inesperado: las vacaciones. Jeroen Nawijn y su equipo midieron la felicidad de 1.530 adultos neerlandeses, 974 de los cuales se iban de viaje. Los que tenían vacaciones por delante eran más felices que los demás antes de irse. Después del viaje, en cambio, la diferencia desaparecía casi siempre; solo se mantenía unas semanas tras un viaje muy relajado.
La lectura es incómoda para el FOBO: una parte grande del disfrute de un plan ocurre antes del plan, mientras se espera. Y quien no se compromete hasta el último minuto no tiene nada que esperar. Se ahorra el riesgo de equivocarse de plan, pero renuncia a la anticipación, que es el tramo más fiable del disfrute.
Durante el plan: disfrutar en comparativo
Aquí está el hallazgo más revelador, y viene de un museo de ciencias del sureste de Estados Unidos. Una noche celebraba un evento solo para adultos: 24 dólares la entrada, 26 actividades interactivas, cata de cerveza y las 400 entradas vendidas. La gente se lo estaba pasando muy bien: la valoración media fue de 6,34 sobre 7.
El equipo de Ceren Hayran, Lalin Anik y Zeynep Gürhan-Canli repartió un breve texto entre 67 asistentes. A la mitad les contaron que esa misma noche había otros seis eventos en la ciudad, con fotos. A la otra mitad, algo neutro sobre lugares de interés de la zona. Luego preguntaron cuánto dinero aceptarían por irse del museo en ese momento:
- Quienes no sabían nada de los otros planes pedían, de media, 28,3 dólares.
- Quienes acababan de enterarse de los otros eventos se conformaban con 22 dólares: menos de lo que habían pagado por entrar.
Nadie les había dicho que los otros planes fueran mejores. Bastaba con saber que existían para que el plan en el que estaban perdiera valor, mientras lo estaban disfrutando. El mismo grupo mostró además menos intención de volver al siguiente evento del museo.
Hay un detalle del estudio que separa el FOMO de otras emociones: los asistentes no sentían más arrepentimiento que el otro grupo. No pensaban haberse equivocado de plan. Simplemente, el plan pasaba a medirse contra los demás. El FOMO no dice «esto está mal»; dice «esto, comparado con lo otro».
El equipo repitió la idea en una oficina. Con 74 empleados de seis empresas que seguían trabajando pasadas las seis de la tarde, quienes leyeron que había eventos esa noche en la ciudad mostraron menos disposición a hacer horas extra la semana siguiente (3,54 frente a 4,49 en una escala de 7) y menos satisfacción con su trabajo en ese momento, sin diferencias de humor, envidia ni sensación de exclusión.
Después del plan: la lealtad que no llega
El efecto no se queda en la noche del evento. En una tercera prueba, el equipo de Hayran recordó a estudiantes de un curso de verano las vacaciones que estaban viviendo otros compañeros. Quienes leyeron sobre esas vacaciones mostraron menos intención de repetir el curso al año siguiente: 4,05 frente a 5,17 sobre 7.
Por eso el título del estudio de Hayran habla de lealtad («una amenaza para la lealtad»). El FOMO explica un patrón que casi todo el mundo reconoce en su grupo de amigos: el bar que gustó a todos y al que nunca se vuelve, el festival que fue «increíble» y que el año siguiente se cambia por otro, la cena que funcionó y no se repite. Cuando cada plan se evalúa contra el abanico de lo posible, ninguno se gana el derecho a repetirse.
Hay un matiz importante: estos estudios midieron intenciones, no lo que la gente hizo después. Y todas las alternativas eran simultáneas al plan. Lo que muestran es la dirección del efecto, no su tamaño en la vida real de cada cual.
El FOMO tiene horario
Si el FOMO dependiera solo del carácter, aparecería igual a cualquier hora. No es así. Marina Milyavskaya y su equipo siguieron a estudiantes de primer curso durante un semestre, con preguntas a lo largo del día y un diario cada noche. El FOMO aparecía con frecuencia, pero no al azar:
- Más al final del día que por la mañana.
- Más al final de la semana que al principio.
- Más mientras hacían algo obligatorio, como estudiar o trabajar.
Es la escena del viernes por la tarde con el portátil abierto mientras el grupo de mensajes se llena de fotos. El FOMO se dispara justo cuando el plan propio es una obligación y el ajeno es ocio. Coincide con lo que vio el estudio original de 2013 con 87 universitarios: los de más FOMO eran también los que más miraban Facebook durante las clases.
Quién lo siente más (y quién menos)
El FOMO varía mucho de una persona a otra, y no al azar. En el segundo estudio de Przybylski, con una muestra representativa de 2.079 adultos británicos de 22 a 65 años, aparecieron dos patrones claros:
- Baja con la edad. La correlación fue de -0,37. Un metaanálisis posterior de Mehdi Akbari y su equipo, que reunió 85 estudios y 55.134 personas, confirmó la tendencia, algo más suave (-0,19).
- Los hombres jóvenes puntuaban más alto. La diferencia entre sexos solo existía entre los jóvenes y desaparecía en edades mayores.
El hallazgo más interesante, sin embargo, es otro. Przybylski usó la teoría de la autodeterminación de Edward Deci y Richard Ryan, que propone que las personas funcionan mejor cuando tienen cubiertas tres necesidades básicas:
- Autonomía: sentir que lo que haces lo has elegido tú.
- Competencia: sentirte capaz de hacer bien lo que haces.
- Vínculo: sentirte cerca de otras personas.
Quienes tenían esas tres necesidades peor cubiertas en su día a día mostraban más FOMO (β = -0,25). La idea, que conecta con lo que se sabe de la motivación intrínseca, es sugerente: el FOMO crece donde el plan propio no se siente elegido, no hace sentir capaz o no acerca a nadie. Entonces cualquier plan ajeno parece mejor.
Una nota sobre las cifras. Una correlación de 0,37 o 0,41 indica una tendencia clara pero lejos de ser una regla: hay muchos jóvenes sin apenas FOMO y muchas personas mayores con bastante. Además, casi todos estos estudios son de una sola medición, así que no permiten decir qué causa qué.
La pantalla como escaparate de planes
Las redes no inventaron el FOMO, pero lo ponen a la vista. Antes, enterarse del plan que uno se perdía requería que alguien lo contara al día siguiente. Ahora llega en directo, con foto y ubicación, mientras uno está en su propio plan. Es exactamente la manipulación del experimento del museo, repetida cada noche en millones de teléfonos.
Los datos acompañan. En el metaanálisis de Akbari, el FOMO se asociaba con más uso de internet (r = 0,41), y la asociación era más fuerte en los estudios realizados tras la pandemia (0,54 frente a 0,38). Otro metaanálisis de 2024, de Mingxuan Du y colaboradores, con 172 estudios y más de 250.000 personas, comparó cuatro formas de inquietud y encontró que el FOMO era la que más se relacionaba con un uso de redes difícil de controlar (r ≈ 0,50).
Y el estudio de 2013 añadió un matiz que explica la relación ambigua de mucha gente con su móvil: las personas con más FOMO sentían, al usar Facebook, más emociones positivas y más emociones negativas a la vez. El escaparate atrae y molesta al mismo tiempo.
La salida: qué distingue a quien sí disfruta del plan
Los estudios no prescriben nada, pero sí dibujan con bastante claridad dónde pierde fuerza el FOMO. Hay cuatro patrones que se repiten.
1. El plan se vive peor cuando se sabe de los otros. En el museo, la única diferencia entre los dos grupos era la información sobre los demás eventos. El plan, la cerveza y las actividades eran los mismos. Quienes no tenían ese escaparate delante valoraban más lo que estaban viviendo. El disfrute no dependía solo del plan, sino de contra qué se comparaba.
2. Comprometerse devuelve la mitad del disfrute. Si buena parte del placer está en la espera, como mostró el estudio de las vacaciones, decir que sí pronto no es una pérdida de opciones: es ganar días de anticipación. El FOBO protege contra el error de elegir mal a cambio de no esperar nada.
3. El FOMO tiene momentos, no solo personas. Saber que aparece más los viernes, por la noche y en medio de obligaciones permite reconocerlo como una reacción del contexto y no como una señal fiable de que uno se está perdiendo la vida.
4. Donde hay elección, capacidad y vínculo, hay menos FOMO. Es la conclusión de fondo del estudio de 2013. Los planes que uno ha elegido de verdad, en los que se siente a gusto y con personas cercanas, son precisamente los que menos necesitan compararse con nada. Es también lo que hace que las fiestas populares se vivan tan intensamente: durante unos días, el plan es el de todos.
FOMO, FOBO y JOMO: tres maneras de estar en un plan
En los últimos años se ha popularizado un tercer término, el JOMO (joy of missing out): el gusto de quedarse fuera por elección. Conviene ser honestos con él: no tiene detrás una escala ni una línea de investigación como el FOMO; los metaanálisis lo citan solo como contraconcepto. Pero sirve para completar el mapa.
| FOMO | FOBO | JOMO | |
|---|---|---|---|
| Dónde está la atención | En el plan que no estás viviendo | En el plan que aún podría aparecer | En el plan que has elegido |
| Qué pasa con la invitación | Se acepta, pero se vive mirando fuera | Se deja en el aire | Se acepta o se rechaza sin drama |
| Qué pasa con el disfrute | Se mide en comparativo | Se pierde la anticipación | Se vive en absoluto |
| Respaldo científico | Escala validada y cientos de estudios | Término de McGinnis, poco estudiado | Concepto cultural |
Para quien se reconozca en la primera columna, conviene recordar que la investigación describe tendencias, no destinos. Y que el rasgo opuesto no es el aislamiento: la apertura a la experiencia, por ejemplo, empuja a probar cosas nuevas sin necesidad de vivirlas todas a la vez.
Lo que la ciencia aún no sabe
El FOMO es un concepto joven y conviene leer los datos con prudencia:
- Casi todo es correlacional. Sabemos que el FOMO va de la mano de ciertas conductas, pero no siempre qué causa qué.
- Se mide con autoinforme. Las personas cuentan cómo se sienten; nadie observa directamente su FOMO.
- Los resultados varían mucho entre estudios. Los metaanálisis citados encuentran una heterogeneidad muy alta, es decir, el tamaño del efecto cambia según la muestra y el país.
- Los experimentos de Hayran usan muestras pequeñas y miden intenciones, no conductas posteriores.
Lo que sí parece sólido es la idea central: el FOMO no es solo echar de menos lo que no se vive, sino comparar lo que se vive. Si te interesa ver cómo te relacionas con los planes y con los demás, el test de introversión y extroversión, el de qué tipo de amigo eres y el de rutina o improvisación ofrecen una orientación, no un diagnóstico. Y si alguna vez te has quedado fuera sin elegirlo, el artículo sobre el ostracismo explica por qué eso duele de verdad.
Fuentes
- Akbari, M., Seydavi, M., Palmieri, S., Mansueto, G., Caselli, G. y Spada, M. M. (2021). Fear of missing out (FoMO) and internet use: A comprehensive systematic review and meta-analysis. Journal of Behavioral Addictions, 10(4), 879-900. https://doi.org/10.1556/2006.2021.00083
- Deci, E. L. y Ryan, R. M. (1985). Intrinsic motivation and self-determination in human behavior. Nueva York: Plenum.
- Du, M., Zhao, C., Hu, H. et al. (2024). Association between problematic social networking use and anxiety symptoms: a systematic review and meta-analysis. BMC Psychology, 12, 263. https://doi.org/10.1186/s40359-024-01705-w
- Hayran, C., Anik, L. y Gürhan-Canli, Z. (2020). A threat to loyalty: Fear of missing out (FOMO) leads to reluctance to repeat current experiences. PLOS ONE, 15(4), e0232318. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0232318
- McGinnis, P. J. (2004, mayo). Social theory at HBS: McGinnis’ two FOs. The Harbus.
- Milyavskaya, M., Saffran, M., Hope, N. y Koestner, R. (2018). Fear of missing out: prevalence, dynamics, and consequences of experiencing FOMO. Motivation and Emotion, 42, 725-737. https://doi.org/10.1007/s11031-018-9683-5
- Nawijn, J., Marchand, M. A., Veenhoven, R. y Vingerhoets, A. J. (2010). Vacationers happier, but most not happier after a holiday. Applied Research in Quality of Life, 5(1), 35-47.
- Przybylski, A. K., Murayama, K., DeHaan, C. R. y Gladwell, V. (2013). Motivational, emotional, and behavioral correlates of fear of missing out. Computers in Human Behavior, 29(4), 1841-1848. https://doi.org/10.1016/j.chb.2013.02.014
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Preguntas frecuentes
¿Qué significa FOMO?
FOMO son las siglas en inglés de fear of missing out, «miedo a perderse algo». La definición académica más citada, de Andrew Przybylski y su equipo (2013), lo describe como la aprensión generalizada a que otras personas estén viviendo experiencias gratificantes de las que uno está ausente, junto con el deseo de seguir conectado a lo que hacen.
¿Quién inventó la palabra FOMO?
La popularizó Patrick McGinnis en mayo de 2004, en una columna para The Harbus, el periódico de los estudiantes de Harvard Business School. En el mismo texto acuñó FOBO, fear of a better option: el miedo a que aparezca una opción mejor.
¿Qué diferencia hay entre FOMO, FOBO y JOMO?
El FOMO es la inquietud por lo que te estás perdiendo; el FOBO, la resistencia a comprometerte con un plan por si surge otro mejor; el JOMO (joy of missing out) es la expresión popular para el gusto de quedarse fuera por elección. Los dos primeros se han estudiado y medido; el JOMO es sobre todo un concepto cultural.
¿El FOMO es un trastorno?
No. No figura como diagnóstico clínico. En investigación se trata como un rasgo que varía entre personas, medido con escalas de autoinforme, y también como un estado pasajero que aparece en momentos concretos. Este artículo lo aborda como una forma de vivir los planes, no como un problema de salud.
¿A qué edad se tiene más FOMO?
En los estudios disponibles el FOMO baja con la edad. En una muestra representativa de 2.079 adultos británicos de 22 a 65 años, la correlación entre edad y FOMO fue de -0,37, y los más altos eran los hombres jóvenes. Un metaanálisis con 55.134 participantes confirmó la misma tendencia, más moderada (-0,19).