Ostracismo: por qué ser excluido duele de verdad (y lo que puede llegar a costar)
Un hombre está en un parque. Dos desconocidos que juegan con un frisbi se lo lanzan y, durante un rato, juegan los tres. Luego, sin motivo aparente, dejan de pasárselo. El hombre se queda allí, sorprendido de lo mal que se siente por algo tan pequeño.
Ese hombre era el psicólogo Kipling D. Williams, y aquel momento sin importancia se convirtió en una de las líneas de investigación más reveladoras de la psicología social: el estudio del ostracismo. La pregunta de fondo es incómoda y muy humana. ¿Por qué nos duele tanto que nos dejen fuera, incluso cuando quienes lo hacen no significan nada para nosotros?
Qué es el ostracismo
En psicología social, el ostracismo es, sencillamente, ser ignorado y excluido por otros. Tiene dos caras:
- la explícita, como no ser invitado, quedarse fuera de un grupo o recibir un “aquí no hay sitio para ti”;
- y la silenciosa, como dejar de hablarle a alguien, no responder sus mensajes o hacer como si no estuviera en la habitación.
La segunda suele doler más, porque ni siquiera deja algo contra lo que protestar.
De dónde viene la palabra: trozos de cerámica en Atenas
La palabra viene de la antigua Atenas. Hacia el 508 a. C., tras las reformas de Clístenes, la ciudad adoptó un procedimiento singular para librarse de un ciudadano que considerara peligroso: el ostrakismos.
Funcionaba así:
- Cada votante rayaba el nombre del elegido en un fragmento de cerámica, un ostrakon.
- Hacía falta un mínimo de 6.000 votos para que la votación fuera válida (las fuentes antiguas discuten si eran 6.000 votos en total o contra la misma persona).
- El desterrado debía abandonar la ciudad durante diez años, pero conservaba sus bienes y podía volver después sin mancha.
Se usó por primera vez en el 487 a. C. y la última hacia el 417 a. C., contra un político llamado Hipérbolo. Después, los atenienses dejaron de recurrir a él. Dos mil quinientos años más tarde, seguimos usando su nombre para algo que no necesita votos ni cerámica: basta con dejar de mirar a alguien.
Un frisbi en un parque y una pelota que deja de llegar
Williams convirtió lo que le pasó en el parque en un experimento. Primero lo hizo en persona: dos colaboradores se pasaban una pelota en una sala de espera, incluían al participante unos minutos y luego lo dejaban fuera. Después creó, junto a Christopher Cheung y Wilma Choi, una versión por ordenador que se volvería famosa: Cyberball.
El participante cree que juega a pasarse una pelota con otros dos jugadores conectados por internet. Al principio se la pasan. Después, solo se la pasan entre ellos. Son jugadores ficticios, el juego es trivial y la pelota no existe. Aun así, la gente sale del juego dolida, triste y, a menudo, enfadada.
Por qué la exclusión social duele, literalmente
En 2003, Naomi Eisenberger, Matthew Lieberman y el propio Williams metieron Cyberball dentro de un escáner de resonancia magnética. Publicaron el resultado en Science con una pregunta por título: “¿Duele el rechazo?”.
Mientras los participantes eran excluidos, aumentaba la actividad de la corteza cingulada anterior dorsal, una región que también participa en el malestar del dolor físico. Cuanto mayor era esa activación, más angustia decían sentir. Otra región, la corteza prefrontal ventral derecha, también se activaba, y su actividad iba en sentido contrario al malestar, como si intentara regularlo.
Los estudios posteriores han afinado ese mapa. Un metaanálisis de Jean-Yves Rotge y su equipo (2015), con 46 estudios y 940 participantes, la mayoría con Cyberball, encontró activación tanto en la parte dorsal como en la ventral de la corteza cingulada anterior, y el malestar que referían los participantes se relacionaba sobre todo con las zonas ventrales. La conexión entre exclusión y dolor se mantiene; lo que se discute es qué subregión hace cada parte del trabajo.
Roger Fisher y Daniel Shapiro, del Proyecto de Negociación de Harvard, citan este estudio en Beyond Reason (2005) junto a una revisión clásica de Roy Baumeister y Mark Leary (1995) sobre la necesidad de pertenencia. Esa revisión concluía, entre otras cosas, que las personas forman vínculos incluso sin ninguna ventaja material, y que la ruptura de esos vínculos se asocia con emociones negativas intensas.
Dicho de forma menos técnica: estamos hechos para notar enseguida cuándo nos están dejando fuera. Es una alarma antigua, y suena aunque la pelota sea virtual.
La ley del hielo: cuando el ostracismo ocurre en casa
En español tenemos una expresión precisa para la versión doméstica del ostracismo: la ley del hielo. Dejar de hablarle a alguien a propósito, sin decirle por qué, para que note el castigo.
Williams dedicó a ese silencio un libro entero, Ostracism: The Power of Silence (2001), en el que lo estudia en parejas y familias. El título lo dice todo: el silencio, usado así, no es ausencia de comunicación. Es un mensaje, y de los más duros.
Por eso la ley del hielo está tan cerca de la comunicación pasivo-agresiva, donde el malestar se expresa sin decirse, y del ghosting, su versión digital, en la que alguien desaparece de una conversación como si nunca hubiera existido.
Ostracismo en el trabajo: la reunión que costó varios millones
Fisher y Shapiro recogen en su libro un caso que les contó una alta funcionaria durante una sesión de asesoramiento con Shapiro. Un colega suyo esperaba ser invitado a una reunión importante entre departamentos. No lo invitaron. Se sintió apartado de la organización y de quienes habían convocado la reunión.
Según el relato, encontró después una forma legítima de retener varios millones de dólares destinados al departamento organizador. Los fondos no se liberaron hasta seis meses más tarde.
Quedar fuera de una reunión puede parecer una nimiedad, pero no para quien se queda fuera.
Los autores proponen algo tan sencillo que da un poco de vergüenza no haberlo pensado antes: antes de convocar una reunión, preguntarse si hay alguien sensible a quedarse fuera. Y si se decide no invitarlo, al menos explicárselo, para que no se entere por otra persona. Un minuto de reflexión, escriben, puede ahorrar horas de disgustos.
Exclusión social: cuando no es un gesto, sino una situación
Conviene distinguir dos usos de una misma expresión. En la vida cotidiana, exclusión social significa quedarse fuera de un grupo, de una conversación, de un plan. En política social, en cambio, designa una situación más amplia y persistente: la de personas o colectivos que no pueden participar plenamente en la vida económica y social, por pobreza, por falta de acceso a servicios o por otras barreras. Es lo que se mide cuando se habla de “riesgo de exclusión social”.
Los dos usos comparten raíz. En ambos, lo que duele no es solo perder algo concreto, sino recibir el mensaje de que uno no cuenta.
Por qué importa en cualquier negociación
La historia de los fondos retenidos enseña algo que los negociadores conocen bien: quien se siente excluido no siempre protesta. A veces, simplemente, deja de cooperar. Y cuando lo hace, suele hacerlo de una forma que parece legítima, lo que hace aún más difícil ver el origen del problema.
La exclusión abre heridas que tienden a devolverse, y el conflicto puede entrar en la lógica del golpe por golpe que describe la ley del talión. En el otro extremo, sentirse escuchado es uno de los antídotos más baratos que existen, como contamos al hablar de la escucha activa.
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Fuentes
- Williams, K. D., Cheung, C. K. T. y Choi, W. (2000). Cyberostracism: Effects of being ignored over the Internet. Journal of Personality and Social Psychology, 79(5), 748-762.
- Eisenberger, N. I., Lieberman, M. D. y Williams, K. D. (2003). Does rejection hurt? An fMRI study of social exclusion. Science, 302(5643), 290-292.
- Rotge, J.-Y., Lemogne, C., Hinfray, S., Huguet, P., Grynszpan, O., Tartour, E., George, N. y Fossati, P. (2015). A meta-analysis of the anterior cingulate contribution to social pain. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 10(1), 19-27. https://doi.org/10.1093/scan/nsu110
- Williams, K. D. (2001). Ostracism: The Power of Silence. Guilford Press.
- Williams, K. D. (2007). Ostracism. Annual Review of Psychology, 58, 425-452.
- Baumeister, R. F. y Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497-529.
- Fisher, R. y Shapiro, D. (2005). Beyond Reason: Using Emotions as You Negotiate. Viking Penguin. Capítulo 4, “Build Affiliation”, y notas “Works Consulted”.
- Aristóteles (atribuido). Constitución de los atenienses, 22.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es el ostracismo?
En psicología social, el ostracismo es ser ignorado y excluido por otras personas. Puede ser explícito, como dejar a alguien fuera de un grupo, o silencioso, como dejar de hablarle o hacer como si no estuviera. El psicólogo Kipling D. Williams es uno de los investigadores que más lo ha estudiado.
¿De dónde viene la palabra ostracismo?
Del ostrakismos de la antigua Atenas, un procedimiento por el que los ciudadanos podían desterrar a alguien durante diez años. Votaban escribiendo su nombre en fragmentos de cerámica llamados ostraka. Se introdujo hacia finales del siglo VI a. C. y dejó de usarse hacia el 417 a. C.
¿Qué es la exclusión social?
En la vida cotidiana, la expresión se usa para hablar de quedar fuera de un grupo o de una relación. En política social designa algo más amplio: la situación de personas o colectivos que no pueden participar plenamente en la vida económica y social por pobreza, falta de acceso a servicios u otras barreras.
¿Por qué duele tanto que te ignoren?
Un estudio de Eisenberger, Lieberman y Williams publicado en Science en 2003 encontró que ser excluido en un juego virtual aumentaba la actividad de la corteza cingulada anterior dorsal, una región que también se activa con el dolor físico, y que esa actividad se relacionaba con el malestar que referían los participantes.
¿Qué es la ley del hielo?
Es la expresión con la que se conoce en español el tratamiento de silencio: dejar de hablarle a alguien de forma deliberada, sin explicarle por qué. Kipling D. Williams la estudia como una forma de ostracismo en su libro Ostracism: The Power of Silence (2001).