Ley del talión: por qué devolver solo nueve de cada diez golpes
Hace unos 3.750 años, un rey de Babilonia mandó grabar en una piedra negra de más de dos metros una regla que todavía repetimos: si un hombre le saca un ojo a otro, que le saquen un ojo a él. En 1980, un politólogo estadounidense encontró, con ayuda de ordenadores, el defecto oculto de esa regla. Aplicada al pie de la letra, puede no terminar nunca.
El rey era Hammurabi. El politólogo, Robert Axelrod. Entre los dos hay casi cuatro milenios y una misma pregunta: cuando alguien te hace daño, ¿cuánto hay que devolver?
Qué es la ley del talión
La ley del talión es el principio según el cual el castigo debe ser igual al daño causado. El nombre viene del latín lex talionis, y talio procede de talis: “tal”, “semejante”. Un daño semejante al recibido. Ni más, ni menos.
Su fórmula más famosa la conoce todo el mundo: ojo por ojo, diente por diente.
Ojo por ojo, diente por diente: de Hammurabi a la Biblia
La piedra del Louvre
Uno de sus testimonios más antiguos está en el código de Hammurabi, rey de Babilonia, grabado hacia el 1750 a. C. en una estela de unos 2,25 metros de alto. Se encontró en Susa, en el actual Irán, entre 1901 y 1902, y hoy se expone en el Museo del Louvre.
Su ley 196 dice, según la traducción del propio museo: “Si un hombre saca el ojo de otro hombre, se le sacará el ojo”.
Pero el talión de Hammurabi tenía letra pequeña. La pena dependía de quién fuera la víctima:
- Si el ojo era de otro hombre libre de su misma condición, ojo por ojo (ley 196).
- Si era de un plebeyo, se pagaba una mina de plata (ley 198).
- Si era del esclavo de otro, se pagaba la mitad de su precio (ley 199).
Las tres versiones de la Biblia
La fórmula reaparece en la Biblia hebrea, en tres lugares:
- Éxodo 21:23-25: “vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”.
- Levítico 24:19-20: “fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente”.
- Deuteronomio 19:21, con la misma fórmula.
¿Una regla para vengarse o para frenar la venganza?
Hoy “ojo por ojo” suena a venganza. Pero el talión se suele interpretar justo al revés: como un límite. Por un ojo, un ojo. No una vida, no una familia entera. Frente a la represalia sin medida, el talión ponía un techo.
Axelrod lo llama “justicia tosca”. Y señala algo importante: cuando existe una autoridad central que hace cumplir las normas, el castigo puede ajustarse al delito sin tener que ser tan doloroso como el propio delito. El problema aparece cuando no hay nadie por encima, y son las propias partes las que tienen que castigarse entre sí.
El problema escondido: el eco
Axelrod es famoso por los torneos de ordenador que organizó en torno a 1980, en los que programas escritos por expertos se enfrentaban al dilema del prisionero repetido. Ganó una estrategia llamada TIT FOR TAT, “donde las dan, las toman”: cooperar al principio y después copiar lo último que hizo el rival. Es, en esencia, una ley del talión.
Lo que suele contarse menos es lo que pasó cuando el talión se encontró con alguien un poco tramposo.
Un programa que traicionaba solo de vez en cuando
Entre los participantes había un programa llamado JOSS. Era casi idéntico al ganador, con un pequeño cambio: un 10 % de las veces traicionaba aunque el otro hubiera cooperado. Intentaba colar una pequeña ventaja de vez en cuando.
Axelrod publicó, jugada a jugada, una partida entre los dos:
- Jugadas 1 a 5: ambos cooperan.
- Jugada 6: JOSS traiciona por sorpresa.
- Jugada 7: el talión castiga. JOSS, que había vuelto a cooperar, responde a ese castigo traicionando a su vez.
- A partir de ahí, una única traición rebota sin fin: uno castiga en las jugadas pares y el otro en las impares.
- Jugada 25: JOSS cuela otra traición y empieza un segundo eco.
- Los dos ecos se superponen y, desde ese momento, ambos traicionan en todas las jugadas hasta el final.
Resultado: 241 puntos para JOSS y 236 para el talión. JOSS ganó por muy poco. Y los dos salieron perdiendo.
Cuando una sola traición puede desencadenar una larga cadena de reproches y contrarreproches, sufren ambas partes.
Los tres niveles de una represalia
Axelrod explica por qué casi nadie ve venir el problema. Una decisión tiene tres niveles de efectos:
- El directo: traicionar siempre da más puntos en la jugada en que se hace. Fácil de ver.
- El indirecto: el otro puede castigarte. Esto ya lo tenían en cuenta casi todos los participantes.
- El terciario: al responder a sus castigos, puedes estar repitiendo, e incluso amplificando, tu propia traición inicial.
Ahí está el coste real. Según Axelrod, muchos programas acabaron castigándose a sí mismos sin darse cuenta: el rival solo hacía de intermediario que retrasaba unas cuantas jugadas el golpe.
Venganzas que duran generaciones
Lo que en un ordenador son puntos, en la vida son décadas. Axelrod recuerda que en Albania y en Oriente Próximo hay enemistades entre familias que se prolongan durante generaciones: cada agravio se paga con otro, y cada represalia abre un nuevo ciclo. Los golpes rebotan de un lado a otro hasta que el agravio original se pierde en el pasado.
Nadie recuerda ya quién empezó. Todos recuerdan el último golpe.
Nueve de cada diez: la propuesta de Axelrod
Frente a eso, Axelrod propone un ajuste pequeño y muy interesante:
Una estrategia mejor podría ser devolver solo nueve décimas partes de cada golpe.
Sigue habiendo castigo. El otro sigue teniendo motivos para no traicionar gratis. Pero cada respuesta es un poco menor que la provocación, y el eco se va apagando en lugar de mantenerse.
El ejemplo que da es de plena Guerra Fría. Cita al analista Richard Betts, que proponía que si el bloque soviético movilizaba tropas en Europa del Este, la OTAN respondiera de forma automática pero limitada: una división estadounidense por cada tres soviéticas. Lo bastante para que la movilización no saliera gratis. Lo bastante poco para no alimentar una escalada.
El rencor eterno, el peor de los buenos
El torneo tenía también el extremo contrario. Un programa llamado FRIEDMAN nunca traicionaba primero, pero en cuanto el otro lo hacía una sola vez, ya no volvía a cooperar jamás. Era el rencor llevado al código. De todas las estrategias “amables”, fue la que peor puntuó.
Basta un malentendido
Axelrod repitió después el torneo con una complicación muy realista: cada jugada tenía un 1 % de probabilidad de malinterpretarse. Una cooperación podía leerse como traición, o al revés.
Como era de esperar, hubo muchas más represalias. Lo sorprendente es que la estrategia del talión siguió siendo la mejor. Se metía en problemas cuando un malentendido arrancaba un eco, pero a menudo salía de él gracias a otro malentendido, porque estaba dispuesta a volver a cooperar en cuanto el otro lo hacía. Las estrategias menos indulgentes, una vez atrapadas, casi nunca escapaban.
Represalias, rencor y negociación
Todo esto tiene una traducción directa fuera de los ordenadores:
- En una negociación, una concesión retirada o un comentario hiriente pueden desencadenar un eco de “pues yo tampoco” que nadie recuerda cómo empezó. Es la lógica del estilo competidor ante el conflicto llevada al límite.
- En la ira, desahogarse devolviendo cada golpe tiende a alimentar el enfado en lugar de apagarlo, como contamos al hablar de la catarsis.
- En un equipo, quien se siente excluido a veces devuelve el golpe de formas que parecen legítimas, como en el caso de la reunión que acabó costando millones del que hablamos en el artículo sobre el ostracismo.
- En pareja, cuando cada uno responde a la última frase del otro y no al problema de fondo, la discusión puede repetirse sin avanzar, algo que recuerda a los conflictos de pareja que nunca se resuelven del todo.
La lección de Axelrod no es “pon la otra mejilla”. De hecho, él defendía responder enseguida a una provocación. Es más sutil: responder sí, pero un poco menos; castigar sí, pero dejando la puerta abierta a volver a cooperar.
Hammurabi puso un techo a la venganza. Axelrod descubrió que, sin un juez por encima, también hace falta un poco de margen por debajo.
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Fuentes
- Axelrod, R. (2006). The Evolution of Cooperation (ed. revisada; 1.ª ed. 1984). Basic Books. Capítulo 2, “The Success of TIT FOR TAT in Computer Tournaments”; capítulo 7, “How to Promote Cooperation”, y capítulo 9, “The Robustness of Reciprocity”.
- Código de Hammurabi, leyes 196, 198 y 199. Museo del Louvre, departamento de Antigüedades Orientales.
- Biblia: Éxodo 21:23-25; Levítico 24:19-20; Deuteronomio 19:21.
- Black-Michaud, J. (1975). Cohesive Force: Feud in the Mediterranean and Middle East. Basil Blackwell. (Citado por Axelrod.)
- Betts, R. K. (1982). Surprise Attack: Lessons for Defense Planning. Brookings Institution. (Citado por Axelrod.)
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la ley del talión?
Es el principio según el cual el castigo debe ser igual al daño causado. Su nombre viene del latín lex talionis, de talis, 'tal' o 'semejante'. Su formulación más conocida es 'ojo por ojo, diente por diente'.
¿Qué significa ojo por ojo, diente por diente?
Significa que quien causa un daño debe recibir uno equivalente. La fórmula aparece en la Biblia, en Éxodo 21:23-25, Levítico 24:19-20 y Deuteronomio 19:21, y tiene un antecedente muy anterior en el código de Hammurabi.
¿Dónde aparece por primera vez la ley del talión?
Uno de sus testimonios más antiguos y famosos es el código de Hammurabi, grabado en una estela hacia el 1750 a. C. Su ley 196 establece que si un hombre le saca un ojo a otro hombre, se le sacará un ojo a él. La estela se conserva en el Museo del Louvre.
¿La ley del talión buscaba fomentar la venganza?
Se suele interpretar más bien como un límite: el castigo no podía superar el daño. Aun así, en el código de Hammurabi la pena dependía de la clase social de la víctima, y para el ojo de un plebeyo o de un esclavo se fijaba una compensación en plata, no un castigo idéntico.
¿Qué es el efecto eco en teoría de juegos?
Es el nombre que Robert Axelrod dio a la cadena de represalias que se produce cuando dos jugadores responden cada uno a la última traición del otro. Una sola traición aislada puede desencadenar una secuencia de castigos mutuos que se prolonga indefinidamente.