Personaramic
Negocios y decisiones

El dilema del prisionero: qué es, cómo nació y por qué cooperar sigue siendo racional

Por la redacción de Personaramic31 min de lectura
Ilustración geométrica de dos bloques enfrentados separados por un hueco, con una pieza horizontal translúcida que podría unirlos por arriba

El dilema del prisionero no demuestra que las personas seamos egoístas. Demuestra algo más incómodo: que dos personas razonables, cada una haciendo lo que le conviene, pueden acabar juntas en un resultado que ninguna quería. Y que la salida casi nunca está en ser más listo que el otro, sino en cambiar el juego.

Es probablemente el problema más famoso de la teoría de juegos. Se enseña en economía, en ciencia política, en biología evolutiva y en cursos de negociación.

Pero casi siempre se cuenta a medias: la historia de los dos presos, una tabla con años de cárcel y una conclusión rápida sobre la naturaleza humana.

Aquí va la versión completa. Qué es exactamente, dónde nació (en un laboratorio de estrategia nuclear, no en una comisaría), qué hace la gente de verdad cuando lo juega, qué estrategias funcionan cuando el juego se repite y qué dice todo esto de la vida cotidiana, desde un piso compartido hasta una negociación salarial.

Qué es el dilema del prisionero

La historia de los dos presos

La policía detiene a dos sospechosos de un delito y los encierra en celdas separadas, sin forma de comunicarse. Tiene pruebas suficientes para condenarlos por un delito menor, pero no por el principal.

A cada uno le ofrece el mismo trato, por separado:

  • Si tú confiesas y tu compañero calla, tú quedas libre y él carga con la pena máxima.
  • Si los dos confesáis, os caerá a ambos una pena considerable.
  • Si los dos calláis, solo podremos condenaros por el delito menor: una pena corta.

Cada preso sabe que al otro le han ofrecido exactamente lo mismo. Y ninguno sabe qué va a hacer el otro.

La tabla que lo resume

Con años de cárcel concretos (cuantos menos, mejor), la situación queda así:

Tu compañero callaTu compañero confiesa
Tú callas1 año cada unoTú 10 años, él libre
Tú confiesasTú libre, él 10 años5 años cada uno

En el lenguaje de la teoría de juegos, callar es “cooperar” (con el compañero, no con la policía) y confesar es “traicionar” o “desertar”.

El razonamiento que lleva a la trampa

Ponte en la celda de uno de ellos y razona con frialdad:

  • Si mi compañero calla, a mí me conviene confesar: salgo libre en vez de pasar un año dentro.
  • Si mi compañero confiesa, también me conviene confesar: cinco años en vez de diez.

Haga lo que haga el otro, confesar es siempre mejor para mí. Los teóricos de juegos llaman a esto una estrategia dominante.

El problema es que el otro preso razona exactamente igual. Los dos confiesan. Los dos pasan cinco años en la cárcel.

Y ahí está la paradoja: si los dos hubieran callado, habrían pasado solo un año cada uno. Dos decisiones individualmente lógicas producen un resultado colectivamente absurdo.

Dos decisiones individualmente lógicas producen un resultado colectivamente absurdo.

Qué hace que un juego sea un dilema del prisionero

La historia de los presos es solo un disfraz. Lo que define el dilema es el orden de los resultados, que en la literatura se resume con cuatro letras:

  • T (tentación): lo que ganas si traicionas mientras el otro coopera.
  • R (recompensa): lo que ganáis ambos si cooperáis.
  • P (castigo, por punishment): lo que ganáis ambos si traicionáis.
  • S (el “primo”, por sucker): lo que te queda si cooperas y el otro te traiciona.

Hay dilema del prisionero cuando T > R > P > S. Y, cuando el juego se repite, se añade una condición: que cooperar siempre compense más que turnarse en traicionar (2R > T + S).

Esto importa porque significa que el dilema aparece en cualquier situación con esa estructura, tenga o no cárceles, policías o delitos. Dos empresas que deciden si bajar precios. Dos países que deciden si armarse. Dos compañeros de piso que deciden si limpiar la cocina.

El equilibrio que nadie quiere

La traición mutua es lo que el matemático John Nash llamó un equilibrio: un punto en el que ningún jugador gana nada cambiando él solo de estrategia. Nash lo formuló en 1950 y ese trabajo acabó valiéndole el Nobel de Economía en 1994.

Lo perturbador del dilema del prisionero es que ese equilibrio es peor para los dos que otra opción disponible (la cooperación mutua). Los economistas dicen que no es “eficiente en el sentido de Pareto”: existe un resultado en el que ambos estarían mejor y nadie peor.

En otras palabras: el dilema no enfrenta al individuo racional con el irracional. Enfrenta la racionalidad individual con la racionalidad colectiva. Y, en este juego, no coinciden.

Cómo nació: una tarde de enero de 1950 en la RAND

Un laboratorio para pensar la guerra nuclear

El dilema no nació en un libro de filosofía, sino en la RAND Corporation, el centro de análisis estratégico que la Fuerza Aérea de Estados Unidos impulsó tras la Segunda Guerra Mundial en Santa Mónica, California. Se independizó como organización sin ánimo de lucro en 1948.

Allí trabajaban matemáticos, economistas y físicos con una misión poco común: aplicar la teoría de juegos a la estrategia militar, en plena carrera nuclear con la Unión Soviética.

La teoría de juegos acababa de nacer como disciplina con Theory of Games and Economic Behavior (1944), de John von Neumann y Oskar Morgenstern. Su gran resultado, el teorema minimax, daba una solución racional para los juegos de suma cero: aquellos en los que lo que gana uno lo pierde el otro.

Pero la vida real rara vez es de suma cero. Y ahí es donde entraron dos investigadores de la RAND.

El experimento de Flood y Dresher

En enero de 1950, Merrill Flood y Melvin Dresher diseñaron un juego sencillo con la estructura que hoy conocemos y pidieron a dos colegas que lo jugaran cien veces seguidas: el economista Armen Alchian, de la Universidad de California en Los Ángeles, y el matemático John D. Williams, de la propia RAND.

Según la teoría, los dos deberían haber traicionado en todas las rondas. No lo hicieron. Cooperaron mutuamente en 60 de las 100 partidas y solo coincidieron en la traición mutua en 14.

Flood y Dresher recogieron también las anotaciones que los jugadores hacían durante el juego. En ellas se ve algo que ninguna tabla captura: uno intentaba “enseñar” al otro a cooperar, el otro se impacientaba cuando no le seguía, y ambos castigaban las traiciones del compañero en la ronda siguiente.

La objeción de Nash

John Nash, que ya había formulado su concepto de equilibrio, puso un reparo al experimento: al repetirse cien veces, no era el mismo juego que una partida única. En un juego repetido, lo racional puede ser distinto.

Tenía razón, y esa objeción anticipaba una de las ideas más fértiles de las décadas siguientes: que la cooperación puede surgir de la repetición, incluso entre jugadores puramente interesados. Volveremos a ella con Robert Axelrod.

Por qué la gente “no juega bien”: los otros experimentos de Flood

Flood llevaba tiempo interesado en cómo toman decisiones las personas reales, no los jugadores ideales. William Poundstone, en su historia del dilema, recoge dos anécdotas suyas que ayudan a entender el resto.

La primera fue la venta de un Buick usado entre él y un conocido. Ambos sabían a qué precio lo compraría el concesionario y a qué precio lo vendería. Saltarse al intermediario dejaba una ganancia de unos 300 dólares para repartir, pero nada en la lógica formal decía cómo repartirla: cualquiera de los dos podía vetar el trato mostrándose obstinado.

La segunda, un pequeño experimento con dos secretarias a las que ofreció un premio en efectivo que solo cobrarían si se ponían de acuerdo en cómo repartirlo. El análisis formal admitía repartos desiguales. Ellas lo dividieron a partes iguales.

La conclusión de Flood fue que la relación entre las personas cambiaba el resultado mucho más de lo que la teoría preveía. Es una observación que setenta años de investigación no han hecho más que confirmar.

Tucker le pone nombre (y cárcel)

El juego de Flood y Dresher era una tabla de números. Le faltaba una historia.

Se la dio Albert W. Tucker, matemático de Princeton y director de tesis de Nash. En mayo de 1950, durante una estancia en Stanford, le pidieron una charla sobre teoría de juegos ante el departamento de Psicología. Para hacerla accesible, inventó la historia de los dos presos en celdas separadas y la tituló “Un dilema de dos personas”.

La historia funcionó tan bien que el juego pasó a llamarse para siempre “dilema del prisionero”. Es un buen recordatorio de que en ciencia también importa cómo se cuentan las cosas.

El dilema en plena Guerra Fría

La carrera de armas como dilema del prisionero

En agosto de 1949 la Unión Soviética probó su primera bomba atómica. Estados Unidos dejó de ser la única potencia nuclear. Para muchos analistas de la época, la situación tenía exactamente la forma del dilema:

  • Si los dos países se desarman, ambos ahorran y viven más seguros (cooperación mutua).
  • Si uno se desarma y el otro no, el que se desarma queda a merced del otro (el “primo”).
  • Si los dos se arman, ambos gastan fortunas y viven con miedo (traición mutua).

Cada uno, por separado, tenía motivos para armarse. Los dos se armaron.

Von Neumann y la guerra preventiva

La lógica del dilema llevó a algunas de las mentes más brillantes del siglo a conclusiones escalofriantes. John von Neumann, el mismo que había fundado la teoría de juegos, defendió durante un tiempo un ataque preventivo contra la Unión Soviética antes de que esta ampliara su arsenal.

La revista Life recogió en 1957, en su obituario, una frase que se le atribuye: si le decían “¿por qué no bombardearlos mañana?”, él respondía “¿por qué no hoy?”. Es el razonamiento del dilema llevado al extremo: si la traición mutua es inevitable, traicionar primero parece la única jugada sensata.

El caso de Bertrand Russell

Más sorprendente es el caso del filósofo Bertrand Russell. Poco después de Hiroshima, Russell defendió presionar a la Unión Soviética, incluso con la amenaza de la guerra, para que aceptara un control internacional de las armas atómicas mientras Estados Unidos conservaba el monopolio.

Años después, convertido en una de las grandes voces del desarme nuclear, negó haber defendido nunca una guerra preventiva. Poundstone documenta que sus propios textos de finales de los años cuarenta decían otra cosa.

La historia es incómoda, pero útil: muestra que el razonamiento del dilema no es patrimonio de personas cínicas. Lo adoptaron también pensadores con una ética exigente, cuando el miedo a la traición del otro dominaba el análisis.

Lo que el dilema no vio

Con perspectiva, la Guerra Fría no terminó en la traición total que la lógica del dilema parecía anunciar. Hubo tratados de limitación de armas, verificaciones mutuas, teléfonos rojos.

Es decir: los dos jugadores encontraron formas de cambiar la estructura del juego (comunicarse, verificar, repetir la interacción) en lugar de resignarse a ella. Esa es, en el fondo, la lección más importante del dilema, y la que conecta con todo lo que viene después.

Qué hace la gente de verdad cuando juega

La teoría dice que en una partida única todos deberían traicionar. Los experimentos, desde 1950, dicen algo muy distinto.

Mucha más cooperación de la prevista

En los años cincuenta, un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Ohio (Scodel, Minas, Ratoosh y Lipetz, 1959) hizo jugar a estudiantes muchas rondas del dilema. Encontraron dos cosas.

Primero, que muchos jugadores traicionaban más de lo que les convenía, porque parecían más preocupados por no quedar por debajo del otro que por ganar lo máximo posible. Preferían una ganancia relativa a una ganancia absoluta mayor.

Segundo, que había diferencias estables entre personas. Poundstone recoge un hallazgo de esa misma línea de estudios: los participantes con actitudes más internacionalistas cooperaban más que los más nacionalistas.

Aun así, el conjunto de la investigación posterior muestra un patrón claro: en las partidas únicas y anónimas, una parte importante de la gente coopera aunque el modelo egoísta prediga lo contrario.

El nombre del juego lo cambia casi todo

Uno de los experimentos más reveladores es el de Varda Liberman, Steven Samuels y Lee Ross (2004). Hicieron jugar a estudiantes el mismo dilema, con las mismas reglas y los mismos pagos. Lo único que cambiaba era el nombre.

  • Cuando se llamaba “el juego de Wall Street”, unos dos tercios de los jugadores competían.
  • Cuando se llamaba “el juego de la comunidad”, solo lo hacía un tercio.

Antes del experimento, los investigadores habían pedido a compañeros de residencia que predijeran quién sería cooperador y quién competitivo. Esa reputación predijo mucho peor la conducta que el nombre del juego.

La lectura es contundente: lo que creemos que es “carácter” depende, en buena parte, de cómo interpretamos la situación en la que estamos.

Cuando hay mucho dinero en juego

¿Y si los pagos son serios? Martijn van den Assem, Dennie van Dolder y Richard Thaler (2012) analizaron 287 episodios del concurso británico Golden Balls, cuya ronda final era un dilema del prisionero con premios que rondaban de media los 20.000 dólares: cada concursante elegía en secreto “repartir” (split) o “robar” (steal).

El 52,8 % de los concursantes eligió repartir. En el 31 % de los episodios ambos repartieron, en el 44 % uno repartió y el otro robó, y en el 25 % robaron los dos.

El estudio encontró matices interesantes: los hombres cooperaban menos que las mujeres, pero la diferencia se invertía con la edad, porque los hombres se volvían más cooperativos a medida que eran mayores. Y la cooperación era sorprendentemente alta en cantidades que, fuera del concurso, serían muy importantes pero que allí parecían pequeñas frente al bote total.

Presos de verdad jugando al dilema del prisionero

La prueba más irónica la hicieron Menusch Khadjavi y Andreas Lange (2013): llevaron el dilema a una prisión de mujeres en Alemania y compararon a las internas con estudiantes universitarias.

El resultado contradice el estereotipo: en la versión simultánea del juego, las presas cooperaron más que las estudiantes. Y una proporción similar de ambos grupos mostraba preferencias sociales, es decir, les importaba también lo que le pasaba a la otra persona.

¿Cooperar es lo intuitivo?

En 2012, David Rand, Joshua Greene y Martin Nowak publicaron en Nature un trabajo muy citado. Usaron un juego de bienes públicos, un pariente del dilema con cuatro jugadores que aportan (o no) a un fondo común, y vieron que quienes decidían rápido, bajo presión de tiempo, cooperaban más que quienes tenían que pensarlo. Lo interpretaron como que la cooperación es, para muchas personas, la respuesta intuitiva, aprendida en una vida cotidiana donde cooperar suele compensar.

La idea es atractiva, pero conviene sostenerla con cautela. Una réplica registrada en 21 laboratorios (Bouwmeester y colaboradores, 2017) reprodujo el patrón solo entre quienes cumplían la consigna de tiempo; al incluir a todos los participantes, el efecto desaparecía. La pregunta sigue abierta.

Por qué hablar ayuda (aunque no lo resuelva)

Lo que dicen los metaanálisis

La historia clásica aísla a los presos en celdas separadas. ¿Qué pasa si se les deja hablar?

Dos metaanálisis responden con bastante claridad. David Sally (1995) revisó experimentos publicados entre 1958 y 1992 y concluyó que la comunicación elevaba la cooperación de forma muy notable. Daniel Balliet (2010), con 45 efectos analizados, encontró un efecto grande (d = 1,01), mayor en la conversación cara a cara (d = 1,21) que en los mensajes escritos (d = 0,46).

Por qué, en teoría, no debería funcionar

Desde la lógica pura, hablar no cambia nada. Si el otro promete cooperar, traicionar sigue siendo más rentable. Y si no hay forma de obligarle a cumplir, su promesa es lo que los economistas llaman “charla barata” (cheap talk).

Por eso los teóricos insisten en un matiz: si la comunicación permite firmar un acuerdo vinculante que se puede hacer cumplir, el juego deja de ser un dilema del prisionero. Ya es otro juego.

Por qué, en la práctica, sí funciona

Que funcione tanto dice mucho de nosotros. Hablar genera compromiso, reduce la incertidumbre sobre el otro, activa normas de reciprocidad y hace más costoso, psicológicamente, traicionar a alguien a quien has mirado a la cara.

Poundstone lo resume con una idea sencilla: un mundo de comunicación perfecta y honestidad perfecta sería un mundo sin dilemas del prisionero. No es el nuestro, pero cada conversación nos acerca un poco.

Cuando el juego se repite: Axelrod y la estrategia más sencilla

El torneo de 1980

La objeción de Nash (el juego repetido es otro juego) quedó en el aire durante treinta años. La retomó el politólogo Robert Axelrod, de la Universidad de Michigan, con una idea brillante: organizar un torneo por ordenador.

Invitó a expertos en teoría de juegos a enviar estrategias para jugar el dilema repetido. Recibió 14 programas, que se enfrentaron todos contra todos en partidas de 200 rondas, una duración fijada en las reglas del torneo. Axelrod añadió además un programa que jugaba al azar.

Ganó la estrategia más corta de todas: TIT FOR TAT, “ojo por ojo” o, en castellano coloquial, “donde las dan las toman”. La envió Anatol Rapoport, matemático y psicólogo.

Su regla cabe en una línea: cooperar en la primera jugada y, a partir de ahí, repetir lo que hizo el otro en la jugada anterior.

El segundo torneo

Axelrod publicó los resultados y convocó un segundo torneo. Esta vez todos sabían que ojo por ojo había ganado y podían diseñar estrategias para vencerla. Además, la duración de las partidas ya no era fija ni conocida, para que nadie pudiera aprovechar la última ronda.

Llegaron 62 estrategias de seis países, de profesores de informática, física, economía, psicología y matemáticas, e incluso de un chico de diez años aficionado a la programación. Rapoport volvió a enviar exactamente la misma. Volvió a ganar.

Las cuatro propiedades de las estrategias ganadoras

Al analizar los resultados, Axelrod encontró que las estrategias que mejor funcionaban compartían cuatro rasgos:

  1. Amables: nunca eran las primeras en traicionar.
  2. Reactivas: respondían enseguida a una traición, para no ser explotadas.
  3. Indulgentes: tras castigar, volvían a cooperar si el otro lo hacía, sin guardar rencor.
  4. Claras: eran tan sencillas que el rival entendía rápido cómo funcionaban y le compensaba cooperar.

Hay un detalle que suele pasarse por alto: ojo por ojo nunca gana una partida concreta. Como máximo empata con su rival. Gana el torneo porque consigue muchas partidas de cooperación mutua, mientras las estrategias agresivas se destrozan entre sí.

Axelrod lo convirtió en recomendaciones que publicó en La evolución de la cooperación (1984): no ser envidioso, no ser el primero en traicionar, corresponder tanto a la cooperación como a la traición y no pasarse de listo.

La sombra del futuro

¿Por qué funciona la reciprocidad? Porque en un juego repetido el futuro pesa sobre el presente. Axelrod lo llamó “la sombra del futuro”: traicionar hoy te da una ganancia rápida, pero te cuesta la cooperación de mañana.

Cuanto más probable es volver a encontrarse, y cuanto más importan esos encuentros futuros, más sentido tiene cooperar. Por eso la gente se porta distinto con el vecino de toda la vida que con un desconocido en un aeropuerto.

La paradoja del final conocido

Hay una trampa lógica. Si los dos saben que el juego tiene exactamente cien rondas, en la última ya no hay futuro que proteger: lo racional es traicionar. Pero si los dos van a traicionar en la cien, no hay motivo para cooperar en la noventa y nueve. Y así hacia atrás, hasta la primera.

Es la llamada paradoja de la inducción hacia atrás. Su conclusión formal es que dos jugadores perfectamente racionales traicionarían desde el principio. La conducta observada, una vez más, es otra: la mayoría de la gente coopera durante buena parte del juego y solo traiciona cerca del final.

Cooperar en las trincheras

Axelrod ilustró su teoría con un caso histórico extraordinario, documentado por el historiador Tony Ashworth: el sistema de “vivir y dejar vivir” en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

En algunos tramos del frente occidental, unidades enemigas que se enfrentaban durante meses desarrollaron acuerdos tácitos: disparar a horas previsibles, apuntar deliberadamente alto, no atacar durante las comidas. Y respondían con dureza cuando el otro rompía la tregua.

Era, según Axelrod, un dilema del prisionero repetido resuelto con reciprocidad. Conviene matizarlo: politólogos como Joanne Gowa y Andrew Gelman han discutido que el caso encaje de verdad en ese modelo, y el propio Ashworth da una explicación más amplia, con factores que van más allá del juego. Pero como ilustración de cómo nace la cooperación entre quienes se ven obligados a repetir su encuentro, sigue siendo difícil de superar.

Los límites de ojo por ojo

El problema del eco

Ojo por ojo tiene una debilidad seria: no perdona los malentendidos. Si un jugador traiciona por error, o si el otro interpreta mal una jugada como traición, empieza una cadena de represalias que puede no terminar nunca.

Poundstone lo llama el efecto eco, y lo aplica a las relaciones internacionales: dos países que no comparten el mismo relato de quién empezó pueden castigarse indefinidamente, cada uno convencido de estar solo respondiendo.

Estrategias más generosas

Los biólogos teóricos Martin Nowak y Karl Sigmund estudiaron qué pasa cuando hay errores y las estrategias evolucionan. En 1992 mostraron que ojo por ojo funciona como un pivote que abre paso a la cooperación, pero que acaba siendo desplazado por una versión más generosa, que perdona al azar algunas traiciones.

En 1993 describieron otra estrategia aún más robusta, conocida como “Pavlov” o “gana-quédate, pierde-cambia”: si la jugada anterior salió bien, repites; si salió mal, cambias. Corrige los errores con facilidad y, además, se aprovecha de quienes cooperan siempre sin condiciones. Según Nowak y Sigmund, esa dureza con los cooperadores incondicionales es parte de su fuerza: impide que se extiendan y abran la puerta a los que traicionan siempre.

La lección de fondo es valiosa: en un mundo con ruido, la reciprocidad estricta no basta. Hace falta algo de indulgencia para que la cooperación sobreviva a los errores.

La cooperación en la naturaleza

Egoístas que cooperan

Durante mucho tiempo, la cooperación entre animales no emparentados fue un rompecabezas para la biología evolutiva. Si la selección natural premia al que se reproduce más, ¿por qué ayudar a otro a costa propia?

En 1981, Axelrod y el biólogo William D. Hamilton publicaron en Science un artículo que conectaba ambos mundos: la cooperación basada en la reciprocidad puede surgir y mantenerse entre egoístas si los encuentros se repiten con suficiente frecuencia.

La expresión “supervivencia del más fuerte” suele entenderse mal. La evolución no selecciona al más fuerte en abstracto, sino a las estrategias que se mantienen estables en una población. Y a veces, la estrategia estable es cooperar con condiciones.

El pez frente al espejo

Una de las demostraciones más elegantes la hizo el biólogo Manfred Milinski (1987) con espinosos, pequeños peces que se acercan en pareja a inspeccionar a un depredador. Acercarse es arriesgado; dejar que el compañero se arriesgue solo es la “traición”.

Como no se podía controlar a una pareja real, Milinski usó espejos: uno paralelo al tanque simulaba un compañero que acompañaba al pez en cada avance; otro, inclinado, simulaba un compañero que se quedaba atrás.

Con el compañero “cooperador”, los peces se atrevían a acercarse mucho más al depredador. Con el “desertor”, se retraían. Su conducta se parecía a ojo por ojo.

Los parientes del dilema

No todas las situaciones de conflicto son dilemas del prisionero. Cambiando el orden de los resultados aparecen otros juegos con una lógica muy distinta, que conviene distinguir.

JuegoPeor resultado para tiQué lo hace difícil
Dilema del prisioneroCooperar mientras el otro traicionaTraicionar compensa siempre, pase lo que pase
GallinaQue ambos os mantengáis firmesNadie quiere ceder, pero no ceder los dos es la catástrofe
Caza del ciervoCooperar mientras el otro se va por libreCooperar es lo mejor para ambos, si confías en el otro
Punto muertoCooperar mientras el otro traicionaAmbos prefieren traicionar: no hay dilema real

La gallina y la crisis de los misiles

En el juego de la gallina, dos conductores se lanzan uno contra otro por una carretera. El que se aparta primero es el “gallina”. Si ninguno se aparta, chocan.

Bertrand Russell usó esta imagen en 1959 para describir la política nuclear, y la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962) se analiza a menudo en esos términos: dos potencias que necesitan que la otra ceda, sin parecer ellas débiles. La salida pasó en buena medida por encontrar una forma de ceder sin perder la cara.

La versión política del juego es la llamada “teoría del loco”, asociada a Richard Nixon: parecer lo bastante imprevisible como para que el otro prefiera apartarse.

La caza del ciervo: un problema de confianza

La caza del ciervo viene de una imagen de Jean-Jacques Rousseau. Dos cazadores pueden cazar juntos un ciervo (gran recompensa, pero hace falta que ambos colaboren) o ir cada uno a por una liebre (poca recompensa, pero segura).

A diferencia del dilema del prisionero, aquí cooperar es lo mejor para los dos si el otro también coopera. El obstáculo no es la tentación, sino el miedo: si dudo de que el otro vaya a quedarse, me voy a por mi liebre.

Muchos problemas de la vida real que se describen como dilemas del prisionero son, en realidad, cazas del ciervo: no fallan por codicia, sino por falta de confianza. Y eso cambia la solución, porque la confianza se puede construir.

La subasta del dólar: la trampa de la escalada

El economista Martin Shubik propuso en 1971 un juego endiabladamente sencillo: se subasta un billete de un dólar. Gana el que más puja, pero el segundo también paga lo que pujó, sin llevarse nada.

Las pujas empiezan bajas. Pero cuando alguien ofrece 99 céntimos y el otro 1 dólar, al primero le compensa pujar 1,01 para no perder 99 céntimos. Y la escalada sigue, a menudo muy por encima del valor del billete.

Es la lógica de las guerras de precios, de ciertos conflictos laborales, de seguir viendo una película mala porque ya has pagado la entrada o de seguir esperando al teléfono porque ya llevas veinte minutos. La relación con el dilema es clara: cada postor imita la deserción del otro, y juntos se hunden.

La tragedia de los comunes

Cuando el dilema implica a muchas personas, se convierte en lo que el ecólogo Garrett Hardin llamó en 1968 la tragedia de los comunes: un pasto compartido en el que a cada pastor le conviene añadir una oveja más, hasta que el pasto se agota para todos.

Durante años se pensó que solo había dos salidas: privatizar el recurso o que lo gestionara el Estado. Elinor Ostrom demostró que había una tercera. En El gobierno de los bienes comunes (1990) documentó comunidades que llevaban siglos gestionando pastos, bosques y regadíos sin agotarlos, con reglas propias, vigilancia mutua y sanciones graduales. Recibió el Nobel de Economía en 2009, la primera mujer en conseguirlo.

El dilema en la vida cotidiana

Dónde aparece sin que lo veas

Una vez se aprende a reconocer la estructura, el dilema aparece en todas partes:

  • En la convivencia: a cada compañero de piso le conviene que limpie el otro. Si nadie limpia, todos viven peor.
  • En el trabajo: compartir información con un compañero beneficia al equipo, pero guardársela puede dar ventaja individual en la próxima evaluación.
  • En el deporte: si nadie se dopa, compiten en igualdad; si uno se dopa, gana ventaja; si todos se dopan, vuelven a la igualdad, pero con riesgos para su salud.
  • En los mercados: dos empresas ganarían más manteniendo precios, pero a cada una le tienta bajarlos para quitarle clientes a la otra.
  • En la pareja: ceder en una discusión puede sentirse como perder, y si ninguno cede, el conflicto se enquista.

En este último terreno, las investigaciones de John Gottman sobre los intentos de conexión en la pareja describen algo muy parecido a un juego repetido: cada pequeña respuesta a la otra persona alimenta, o erosiona, la disposición futura a cooperar.

No todo es un dilema del prisionero

También conviene no ver dilemas en todas partes. Muchas situaciones parecen conflictos pero no tienen esa estructura:

  • Si a ti te importa de verdad lo que le pasa al otro, sus pérdidas cuentan como tuyas y el orden de los resultados cambia. Ya no es un dilema del prisionero.
  • Si hay un acuerdo que se puede hacer cumplir (un contrato, una norma con consecuencias), tampoco.
  • Si lo que falta no es voluntad sino confianza, probablemente sea una caza del ciervo.

Poundstone lo subraya en su libro: los pagos del juego son utilidades, no años de cárcel ni euros. Si lo que valoras incluye el bienestar del otro, el juego que estás jugando es otro distinto.

Qué cambia el resultado, según la evidencia

La investigación no ofrece una receta, pero sí identifica con bastante consistencia los factores que hacen más probable la cooperación. Todos tienen algo en común: no piden a la gente que sea mejor persona, sino que modifican la situación.

  1. Repetición y horizonte largo. Cuanto más probable es volver a encontrarse, más compensa cooperar (Axelrod). Por eso las relaciones duraderas soportan mejor los conflictos que los encuentros puntuales.
  2. Comunicación, sobre todo cara a cara. Es uno de los efectos más sólidos de toda la literatura (Sally, 1995; Balliet, 2010).
  3. Reputación y visibilidad. Cuando las acciones se ven y se recuerdan, traicionar tiene un coste que va más allá de la partida.
  4. Cambiar los pagos. Contratos, garantías, penalizaciones o incentivos compartidos convierten la traición en una mala opción. Es lo que hacen las instituciones.
  5. El marco de la situación. El mismo juego produce el doble de cooperación si se entiende como algo comunitario y no como una competición (Liberman, Samuels y Ross, 2004).
  6. Reglas propias y sanciones graduales. Las comunidades que gestionan bienes compartidos con éxito se dan normas, se vigilan mutuamente y castigan de forma proporcionada (Ostrom, 1990).
  7. Reciprocidad con margen para el error. Responder a la traición, pero dejar la puerta abierta a volver a cooperar, protege mejor que la venganza estricta (Nowak y Sigmund, 1992).

En negociación, varias de estas ideas se cruzan con lo que el método de Harvard llama tener un buen BATNA, la mejor alternativa si no hay acuerdo: saber qué pasa si el otro traiciona reduce el miedo que empuja a traicionar primero.

Nuestra lectura: lo que el dilema del prisionero no dice

Después de repasar setenta años de teoría y experimentos, hay algunas conclusiones que en la redacción nos parecen sólidas y otras que conviene desmontar.

No es una prueba del egoísmo humano

El dilema se ha usado muchas veces como argumento de que las personas somos, en el fondo, egoístas calculadores. Los datos dicen lo contrario: desde Alchian y Williams en 1950 hasta las presas alemanas en 2013, la gente coopera mucho más de lo que predice el modelo.

Lo que el dilema sí demuestra es que la buena voluntad no basta cuando la estructura premia la traición y castiga al que confía. Es un argumento sobre situaciones, no sobre personas.

La trampa está en ser “racional” solo a medias

El científico cognitivo Douglas Hofstadter, en su columna de Scientific American de 1983, propuso una idea provocadora: la “superracionalidad”. Si los dos jugadores son igual de racionales y lo saben, deberían llegar a la misma conclusión. Y entre “ambos cooperamos” y “ambos traicionamos”, la elección racional es obvia.

Muchos teóricos de juegos no la aceptan, y tienen argumentos. Pero la intuición de Hofstadter captura algo real: el razonamiento que lleva a la traición mutua trata al otro como un obstáculo, no como alguien que está pensando lo mismo que tú.

El dilema es una herramienta, no un destino

Hay algo peligroso en aprender el dilema del prisionero: que se convierta en profecía. Quien ve dilemas en todas partes y espera siempre la traición del otro tiende a traicionar primero, y así provoca exactamente lo que temía. Los estudios de Ohio State ya detectaban jugadores más preocupados por no quedar por debajo del otro que por ganar.

Lo valioso del modelo, como señala Poundstone, es que permite ver con claridad los principios que actúan en una situación. Una vez vistos, se pueden cambiar.

La conclusión con la que nos quedamos

El dilema del prisionero tiene una salida, pero no está dentro de la celda. No se resuelve eligiendo mejor entre cooperar y traicionar, sino cambiando las condiciones del juego: hablar, repetir, hacer visibles las acciones, crear reglas justas, perdonar los errores.

Poundstone cierra su libro con una idea que resume bien todo esto: la paradoja del dilema del prisionero nunca se resolverá, o ya está resuelta, porque en realidad no existe. Lo que existe es un conflicto real entre lo que conviene a cada uno y lo que conviene a todos. Y gestionar ese conflicto es, probablemente, una de las tareas más antiguas de la civilización.

¿Qué tipo de jugador eres?

La forma en que alguien afronta un dilema así tiene mucho que ver con su estilo al negociar y al gestionar conflictos: hay quien prioriza el resultado, quien protege la relación y quien busca soluciones que sirvan a ambas partes.

Si te interesa ver dónde te sitúas, puedes hacer el test de estilo negociador o el test de cómo gestionas los conflictos. Y si lo que te intriga es tu relación con la incertidumbre (cuánto te cuesta confiar cuando no sabes qué hará el otro), el test de cómo te tomas el riesgo completa el cuadro.

Para profundizar en los perfiles, los artículos sobre el negociador colaborador, el negociador competidor y el estilo colaborador ante el conflicto describen cómo se comporta cada uno cuando cooperar y competir entran en tensión.

Nota de responsabilidad: Este artículo tiene una finalidad exclusivamente divulgativa. Resume investigación en teoría de juegos, economía experimental y psicología social, y no constituye asesoramiento profesional sobre decisiones económicas, legales o de negociación.

Fuentes

  • Poundstone, W. (1992). Prisoner’s Dilemma: John von Neumann, Game Theory, and the Puzzle of the Bomb. Doubleday.
  • Flood, M. M. (1952). Some Experimental Games. Research Memorandum RM-789-1. RAND Corporation.
  • Tucker, A. W. (1950). A Two-Person Dilemma. Notas de una charla, Universidad de Stanford, mayo de 1950.
  • Von Neumann, J. y Morgenstern, O. (1944). Theory of Games and Economic Behavior. Princeton University Press.
  • Nash, J. F. (1950). Equilibrium points in n-person games. Proceedings of the National Academy of Sciences, 36(1), 48-49.
  • Scodel, A., Minas, J. S., Ratoosh, P. y Lipetz, M. (1959). Some descriptive aspects of two-person non-zero-sum games. Journal of Conflict Resolution, 3(2), 114-119.
  • Axelrod, R. (1980). Effective choice in the prisoner’s dilemma. Journal of Conflict Resolution, 24(1), 3-25.
  • Axelrod, R. y Hamilton, W. D. (1981). The evolution of cooperation. Science, 211(4489), 1390-1396.
  • Axelrod, R. (1984). The Evolution of Cooperation. Basic Books.
  • Ashworth, T. (1980). Trench Warfare 1914-1918: The Live and Let Live System. Macmillan.
  • Milinski, M. (1987). TIT FOR TAT in sticklebacks and the evolution of cooperation. Nature, 325, 433-435.
  • Nowak, M. A. y Sigmund, K. (1992). Tit for tat in heterogeneous populations. Nature, 355, 250-253.
  • Nowak, M. A. y Sigmund, K. (1993). A strategy of win-stay, lose-shift that outperforms tit-for-tat in the Prisoner’s Dilemma game. Nature, 364, 56-58.
  • Sally, D. (1995). Conversation and cooperation in social dilemmas: A meta-analysis of experiments from 1958 to 1992. Rationality and Society, 7(1), 58-92.
  • Balliet, D. (2010). Communication and cooperation in social dilemmas: A meta-analytic review. Journal of Conflict Resolution, 54(1), 39-57.
  • Liberman, V., Samuels, S. M. y Ross, L. (2004). The name of the game: Predictive power of reputations versus situational labels in determining prisoner’s dilemma game moves. Personality and Social Psychology Bulletin, 30(9), 1175-1185.
  • Van den Assem, M. J., van Dolder, D. y Thaler, R. H. (2012). Split or steal? Cooperative behavior when the stakes are large. Management Science, 58(1), 2-20.
  • Khadjavi, M. y Lange, A. (2013). Prisoners and their dilemma. Journal of Economic Behavior & Organization, 92, 163-175.
  • Rand, D. G., Greene, J. D. y Nowak, M. A. (2012). Spontaneous giving and calculated greed. Nature, 489, 427-430.
  • Bouwmeester, S. et al. (2017). Registered Replication Report: Rand, Greene, and Nowak (2012). Perspectives on Psychological Science, 12(3), 527-542.
  • Shubik, M. (1971). The Dollar Auction game: A paradox in noncooperative behavior and escalation. Journal of Conflict Resolution, 15(1), 109-111.
  • Hardin, G. (1968). The tragedy of the commons. Science, 162(3859), 1243-1248.
  • Ostrom, E. (1990). Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge University Press.
  • Hofstadter, D. R. (1983). Metamagical Themas [columna]. Scientific American, números de mayo y junio de 1983.

¿Quieres saber más sobre ti?

Descubre tu resultado con uno de nuestros tests relacionados.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el dilema del prisionero en pocas palabras?

Es una situación en la que dos personas ganan más si ambas cooperan, pero cada una, por separado, gana más traicionando, haga lo que haga la otra. Si las dos siguen su interés individual, acaban peor que si hubieran cooperado. Por eso se usa como modelo del choque entre racionalidad individual y beneficio colectivo.

¿Quién inventó el dilema del prisionero?

El juego lo diseñaron Merrill Flood y Melvin Dresher en la RAND Corporation en enero de 1950. La historia de los dos presos y el nombre se deben al matemático Albert W. Tucker, que la usó en una charla ante psicólogos de la Universidad de Stanford en mayo de ese mismo año.

¿Cuál es la mejor estrategia en el dilema del prisionero?

Depende de si el juego se juega una vez o muchas. En una sola partida, la teoría de juegos clásica concluye que traicionar es la estrategia dominante. Cuando el juego se repite sin un final conocido, los torneos de Robert Axelrod mostraron que estrategias recíprocas como 'ojo por ojo' obtienen muy buenos resultados, y trabajos posteriores de Nowak y Sigmund describen versiones más indulgentes que toleran mejor los errores.

¿La gente real traiciona tanto como predice la teoría?

No. Desde el primer experimento de Flood y Dresher, en el que dos investigadores cooperaron mutuamente en 60 de 100 rondas, los estudios encuentran mucha más cooperación de la que predice el modelo puramente egoísta. Esa cooperación varía con factores como la comunicación, el nombre que se le da al juego o el tamaño de lo que está en juego.

¿Qué diferencia hay entre el dilema del prisionero y el juego de la gallina?

En el dilema del prisionero, el peor resultado para cada jugador es cooperar mientras el otro traiciona. En el juego de la gallina, el peor resultado es que ambos se mantengan firmes, porque eso lleva al choque. Esa diferencia en el orden de los resultados cambia por completo la lógica de cada juego.

¿Hablar antes de jugar resuelve el dilema?

Según los metaanálisis de David Sally (1995) y Daniel Balliet (2010), la comunicación aumenta la cooperación de forma notable, sobre todo cara a cara. Pero en sentido estricto no lo resuelve: si las promesas no se pueden hacer cumplir, cada jugador sigue teniendo el incentivo de traicionar. Cuando un acuerdo sí es vinculante, el juego deja de ser un dilema del prisionero.

Artículos relacionados