Por qué todos respetamos las reglas de una guerra de bolas de nieve, si nadie las ha escrito nunca
En diciembre de 2018, un niño de 9 años se plantó ante el consejo municipal de Severance, un pueblo de Colorado, con un problema serio: en su pueblo era ilegal lanzar bolas de nieve.
La culpa era de una ordenanza de 1920 que prohibía arrojar piedras y “proyectiles” dentro del término municipal. Una bola de nieve contaba como proyectil. Dane Best se enteró en una excursión escolar al ayuntamiento, pidió a sus compañeros de clase que escribieran cartas y preparó una presentación. El consejo votó por unanimidad derogar la prohibición, y el alcalde le concedió el honor de lanzar la primera bola de nieve legal del pueblo.
La anécdota da para un titular simpático, pero esconde algo más interesante. Dane no se saltó la norma ni se limitó a quejarse. Trató la regla como un acuerdo que se puede cambiar, siempre que se convenza a los demás por el procedimiento correcto. Y lo hizo hacia la edad en la que, según uno de los estudios más famosos de la psicología, los niños empiezan a entender las reglas justo de esa manera.
Para ver por qué, hay que empezar por el sitio donde muchos aprendimos a cumplir reglas sin que ningún adulto nos las dictara: una guerra de bolas de nieve.
El reglamento que nadie ha escrito
Una guerra de bolas de nieve parece el juego más anárquico del invierno. No hay árbitro, ni campo, ni equipos fijos, ni nadie que haya leído un reglamento. Y sin embargo, cada pandilla tiene el suyo. Cambia de un patio a otro, pero algunas cláusulas aparecen una y otra vez cuando se pregunta a quien ha jugado:
- Nada de hielo dentro de la bola. Ni piedras.
- A la cara no.
- No se tira a quien no juega, aunque pase por en medio.
- Quien pide tregua, con un gesto o una palabra convenida, queda fuera un momento.
- Hay una “casa”, un árbol o un banco, donde no se puede atacar.
Nadie las vota antes de empezar. A menudo nadie las dice en voz alta. Y quien las rompe no recibe una multa: recibe algo peor, el reproche del grupo y el riesgo de quedarse sin nadie con quien jugar mañana.
Que los niños se transmiten reglas propias, sin adultos de por medio, está bien documentado. En los años cincuenta, los folcloristas británicos Iona y Peter Opie recogieron testimonios de escolares de toda Inglaterra, Gales y Escocia para su libro The Lore and Language of Schoolchildren (1959). Entre otras cosas, cartografiaron las palabras que usan los niños para pedir tregua en sus juegos. Encontraron unas 45 fórmulas distintas, más sus variantes, repartidas por regiones como si fueran dialectos:
- barley dominaba en el este de Escocia y en la región de los Lagos;
- fainites, en Londres y el sur de Inglaterra;
- kings, en el este de Inglaterra;
- crosses, en una franja que iba de Lincolnshire a Gales;
- y pax, “paz” en latín, no era regional sino propia de los colegios privados.
En Inglaterra y Gales la palabra iba casi siempre acompañada de un gesto: los dedos cruzados.
Lo mejor viene con la etimología. En 1951, los Opie publicaron una carta en el Sunday Times sobre la palabra faynights, y les respondió por carta un profesor de Oxford que en ese momento estaba atascado con un pasaje de Chaucer: J. R. R. Tolkien. Les explicó que fains y fainites eran supervivientes del inglés medieval del siglo XIV, emparentadas con el francés antiguo se feindre, “excusarse, echarse atrás en la batalla”. Los Opie citaron la carta en su libro. Es decir: niños británicos de los años cincuenta seguían pidiendo tregua con una fórmula que habría entendido un caballero medieval, sin que ningún adulto se la hubiera enseñado.
Esa es la primera pista: las reglas de los juegos infantiles se transmiten de niño a niño, y pueden durar siglos. Quedan tres preguntas. ¿Por qué se respetan? ¿Por qué son precisamente esas? ¿Y por qué se cumplen sin policía?
Piaget se hizo el tonto con unas canicas
El psicólogo suizo Jean Piaget quería entender cómo nace en los niños el respeto por las normas. Preguntarles por historias inventadas le parecía poco fiable, así que eligió un terreno donde las reglas las crean y las transmiten los propios niños, sin adultos de por medio: el juego de las canicas.
Su método era casi teatral. Ponía unas canicas y una tiza sobre una mesa y le decía al niño, más o menos: “Tienes que enseñarme a jugar. Cuando era pequeño jugaba mucho, pero ahora se me ha olvidado”. Luego jugaba con él, cometía errores a propósito para que el niño le corrigiera y le dejaba sentirse superior. Funcionaba tan bien que algunos acabaron tratándolo como a uno más: un chico de 10 años, Ben, le gritó que estaba eliminado cuando su canica se quedó dentro del cuadrado.
Entrevistó así a unos 20 chicos de entre 4 y 13 años, de barrios humildes de Ginebra y Neuchâtel. En la segunda parte de la conversación venía la pregunta clave: le pedía al niño que inventara una regla nueva y después le preguntaba si podría llegar a ser una regla “de verdad”, tan justa como las de siempre.
Lo publicó en 1932 en El criterio moral en el niño, y las respuestas fueron sorprendentes.
Tres maneras de entender una regla
Piaget describió una evolución en la forma de entender las normas que, simplificada, tiene tres momentos.
Primero, la regla como costumbre. Los más pequeños juegan a su manera y repiten gestos porque les gustan, no porque estén obligados.
Después, la regla como algo sagrado. Más o menos hasta los 9 o 10 años, las reglas parecen intocables, inventadas por los adultos y eternas. Cualquier cambio suena a trampa. Las entrevistas de esta etapa son de lo más divertido del libro:
- Fal, de 5 años, aseguró que las canicas las había inventado su padre. Cuando Piaget le preguntó si su abuelo, que era mayor, no había jugado antes, Fal concedió que sí, pero añadió muy convencido: “¡Pero no con reglas!”. Y a la pregunta de quién era la persona más vieja de Neuchâtel, respondió: “Dios”.
- Geo, de 6 años, explicó que el juego lo habían inventado “los señores del Ayuntamiento”. Piaget le pidió que inventara una variante y Geo propuso un cuadrado con tres filas de tres canicas. ¿Lo conocían ya los señores del Ayuntamiento? Sí, dijo Geo. ¿Y cómo se le había ocurrido? “De repente. Me lo dijo Dios”. Cuando Piaget le contó que había hablado con los señores del Ayuntamiento y no conocían su juego, Geo se quedó desconcertado.
Piaget interpretó esas respuestas con mucha finura: a esa edad, inventar y recordar se confunden. Un niño pequeño acepta una regla nueva solo porque cree que ya existía. No le cabe que una regla pueda nacer de él.
Por último, la regla como acuerdo. Hacia los 10 años, y con claridad a los 12 o 13, la regla pasa a ser una ley de consentimiento mutuo: hay que respetarla si quieres jugar limpio, pero se puede cambiar si consigues que los demás estén de acuerdo. Piaget lo resumió con una frase memorable: “la democracia sucede a la teocracia y a la gerontocracia”. Un chico mayor, Gros, lo dijo con menos solemnidad: si se propone un cambio, “unos quieren y otros no; si los chicos juegan así, tienes que jugar como ellos”.
La paradoja que Piaget no esperaba
Aquí está lo más curioso del estudio. Los pequeños, que veneraban las reglas como sagradas, las cumplían fatal: cada uno jugaba a su manera, y dos niños de 7 u 8 años de la misma clase daban versiones contradictorias del mismo juego. Los mayores, que ya sabían que las reglas eran inventos humanos y que se podían cambiar, las cumplían con mucho más rigor y hasta disfrutaban discutiendo los detalles como pequeños juristas.
Es decir: respetamos más las reglas que sentimos como nuestras que las que nos llegan impuestas desde arriba. Piaget lo escribió así: la autonomía conduce al respeto por las normas con más seguridad que la heteronomía, la obediencia a una ley ajena.
Ese es el secreto de la guerra de bolas de nieve. Ningún adulto prohibió nunca tirar a la cara. La regla la mantienen los propios jugadores, y por eso se cumple.
Una nota sobre las niñas, y sobre Piaget
Piaget estudió también a niñas, con un juego de persecución y escondite muy sencillo llamado ilet cachant. Su conclusión, escrita con la seguridad de la época, fue que “el sentido jurídico está mucho menos desarrollado en las niñas que en los niños”. Observó, por ejemplo, que en la rayuela las niñas dedicaban su ingenio a inventar nuevas figuras en el suelo, en espiral, en círculo o con forma de tubo de estufa, en lugar de complicar el reglamento. Pero también encontró en ellas el mismo recorrido: primero un respeto casi místico por la norma y después la norma como acuerdo. Las describió como “extremadamente tolerantes” con las innovaciones.
Medio siglo después, la psicóloga Carol Gilligan puso el dedo en la llaga en In a Different Voice (1982). Recogió un estudio de la socióloga Janet Lever en el que los chicos discutían constantemente durante el juego, pero nunca daban por terminada una partida por una pelea, mientras que entre las chicas las disputas solían acabar con el juego. Gilligan sostuvo que eso no revela un desarrollo moral “incompleto”, sino otra prioridad: proteger la relación por encima de ganar el pleito. Es una distinción que conviene recordar más abajo, al hablar de estilos de conflicto.
Schelling: por qué “a la cara no” y no “a la cara solo un poco”
Piaget explica por qué se respetan las reglas. Pero ¿por qué precisamente esas? ¿Por qué nadie propone “solo un poco de hielo” o “a la cara, pero flojito”?
La respuesta la dio un economista que pensaba en guerras de verdad. A mediados de los años cincuenta, Thomas Schelling, que recibiría el premio Nobel de Economía en 2005, estudió cómo se ponen de acuerdo dos personas que no pueden hablar entre sí. Planteó una serie de problemas a un pequeño grupo de unas 40 personas de New Haven. Uno de ellos decía: tienes que encontrarte con alguien en Nueva York, no sabéis dónde ni cuándo y no podéis comunicaros. La mayoría absoluta eligió el mostrador de información de la estación Grand Central, y casi todos acertaron con la hora: las doce del mediodía. No es el mejor sitio de la ciudad, pero es el que “salta a la vista”. Hoy se llama punto focal, o punto de Schelling.
Otro problema era todavía más revelador. Dos personas recibían el mismo mapa y debían repartirse el territorio sin hablar: si las dos fronteras coincidían, ganaban ambas. La mayoría la trazó siguiendo un río. Lo interesante es lo que pasó con quienes lo evitaron: los 15 que no usaron el río dibujaron 14 fronteras distintas. Schelling hizo las cuentas: entre todas las parejas posibles que se podían formar con ellos, solo una coincidió.
Schelling publicó estos resultados en 1957 y los aplicó a la guerra limitada. Su ejemplo más famoso es el gas venenoso, que no se usó en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial gracias a un acuerdo en gran parte tácito. Escribió:
“‘Algo de gas’ plantea preguntas complicadas: cuánto, dónde, en qué circunstancias. ‘Nada de gas’ es simple e inequívoco.”
Y extrajo una conclusión general: los acuerdos tácitos necesitan términos que se distingan cualitativamente de las alternativas; no pueden ser una simple cuestión de grado. A quien defiende una de esas líneas le basta un argumento, que Schelling resumió en una pregunta: “Si no es aquí, ¿dónde?”.
Ahora vuelve al patio nevado. Las reglas de una guerra de bolas de nieve son, todas, líneas nítidas:
- “Nada de hielo” se comprueba; “poco hielo” se discute eternamente.
- “A la cara no” señala una zona clara del cuerpo; “flojito a la cara” depende de quién lo juzgue.
- La tregua se pide con una palabra o un gesto que se oye o se ve desde lejos.
- La “casa” es un árbol, un banco o un portal: el río del mapa de Schelling, en versión de parque.
Ninguna de esas reglas es la única razonable. Son las que todos pueden adivinar sin preguntar. Esta lectura es nuestra, no algo que Schelling escribiera sobre la nieve, pero encaja con sus datos punto por punto.
Por qué se cumplen sin árbitro: mañana también nieva
Queda una pieza. Saber cuál es la regla no garantiza que nadie la rompa. Lo que la sostiene es que la partida no termina hoy.
Es la misma lógica del dilema del prisionero cuando se juega muchas veces. El politólogo Robert Axelrod la llamó “la sombra del futuro”: cooperamos más cuando sabemos que volveremos a encontrarnos con el otro. El niño que mete una piedra en la bola puede ganar una ronda, pero mañana nadie querrá jugar con él. Y si alguien te da en la cara sin querer, lo que suele restablecer la paz no es la venganza total, sino algo muy parecido a lo que cuenta el artículo sobre la ley del talión y por qué devolver solo nueve de cada diez golpes: responder, pero perdonar un poco.
Las cinco reglas, una por una
Juntando las piezas, cada regla del patio se apoya en uno o varios de estos mecanismos. La tabla es una síntesis nuestra, pensada para ver el conjunto de un vistazo:
| Regla | Qué la hace fácil de acordar | Qué la mantiene viva |
|---|---|---|
| Nada de hielo ni piedras | Es un sí o un no, sin grados (Schelling) | Quien la rompe se queda sin compañeros mañana (Axelrod) |
| A la cara no | Una zona del cuerpo que todos identifican (Schelling) | El grupo la siente como propia (Piaget) |
| No a quien no juega | Separa con claridad quién está dentro y quién fuera | El reproche de los demás jugadores |
| Pedir tregua | Una palabra o un gesto heredados (los Opie) | La tradición: se aprende de los mayores del patio |
| La “casa” | Un punto del terreno que destaca, como el río (Schelling) | Se renegocia por consenso si hace falta (Piaget) |
Cuando las reglas se escriben: el yukigassen
¿Qué pasa si una guerra de bolas de nieve llega a la última etapa de Piaget, la de los códigos detallados que todos conocen? Existe la respuesta, y se llama yukigassen (“batalla de nieve”, en japonés).
En 1989, el pueblo de Sōbetsu, en Hokkaido, buscaba atraer turistas en invierno y convirtió la guerra de bolas de nieve en un deporte con reglamento. Hoy tiene federación internacional y competiciones en países como Finlandia, Noruega o Canadá. Sus reglas principales:
- Equipos de siete jugadores, más dos suplentes y un entrenador.
- Partidos a tres sets de tres minutos; gana quien se lleva dos.
- 90 bolas por equipo y set, preparadas antes de empezar.
- Quien recibe un impacto queda eliminado. Se gana eliminando a todo el equipo rival o capturando su bandera.
Fíjate en la tercera regla. En el patio, “nada de hielo” depende de la confianza en el otro. En el yukigassen, el problema desaparece por diseño: nadie fabrica munición durante el juego, así que nadie puede meter nada dentro. Lo que en el patio era una promesa se convierte en un procedimiento. Esta lectura también es nuestra, pero recuerda a lo que Piaget vio en los chicos de 12 y 13 años, para quienes el procedimiento era lo único obligatorio: cualquier opinión se podía discutir, pero no saltarse los cauces.
Cuando la regla la escriben otros: vuelta a Severance
Y así volvemos a Dane Best. La ordenanza de Severance no la habían escrito los niños que lanzaban bolas de nieve, sino adultos de 1920 que pensaban en piedras. Era una regla de la segunda etapa de Piaget: impuesta desde arriba, heredada e intocable en apariencia.
Lo que hizo Dane se parece mucho a la tercera. Piaget escribió que los chicos mayores aceptan cualquier cambio de regla siempre que se haga por las vías legítimas: convenciendo antes a los demás y aceptando de antemano el veredicto de la mayoría. Dane no lanzó bolas a escondidas. Reunió apoyos, presentó argumentos y se sometió a una votación. Tenía 9 años.
Qué papel juegas tú cuando alguien grita “¡eso llevaba hielo!”
Toda guerra de bolas de nieve tiene un momento crítico: la disputa. Alguien acusa, alguien se defiende, y el juego puede seguir o romperse. Lo que hace cada persona en ese momento se parece a los cinco estilos de gestión del conflicto que describieron Kenneth Thomas y Ralph Kilmann en 1974, combinando dos dimensiones: cuánto defiendes lo tuyo y cuánto atiendes a lo del otro. Es una forma de ilustrarlos, no una clasificación científica de jugadores, y ninguno es mejor que los otros:
- Competidor. Defiende su lanzamiento con firmeza y quiere aclarar quién tiene razón. Sin alguien así, las reglas tienden a diluirse.
- Colaborador. Propone algo que sirva a todos: “a partir de ahora, las bolas se hacen solo con nieve de este montón”. Es el pequeño legislador de Piaget en acción.
- Comprometedor. “Vale, esta no cuenta y seguimos”. Prefiere un arreglo rápido a un juicio largo, y así la partida continúa.
- Acomodador. Cede aunque crea tener razón, porque le importa más que el grupo siga jugando que ganar la discusión. Es la prioridad que Gilligan defendía.
- Evitador. Se aparta, sigue haciendo bolas o reforzando el fortín y vuelve cuando el ambiente se calma. A veces, dejar que las cosas se enfríen es lo que más ayuda.
Si te interesa saber cuál sueles usar tú, el test Cómo gestiono los conflictos lo explora con situaciones cotidianas. Y si prefieres ver cómo cooperas cuando hay algo en juego, puedes probar el juego del dilema del prisionero.
Lo que cabe en una bola de nieve
Visto de cerca, el juego más caótico del invierno es un pequeño tratado de ciencias sociales. Contiene la tesis de Piaget: cumplimos mejor las reglas que sentimos como propias. Contiene la de Schelling: los acuerdos sin palabras se apoyan en líneas que todos pueden ver. Contiene la de Axelrod: la cooperación se sostiene porque mañana volveremos a jugar. Y contiene el hallazgo de los Opie: esas reglas viajan de niño a niño, a veces durante siglos.
La próxima vez que veas a un grupo de niños parar en seco porque alguien ha pedido tregua, fíjate bien. Nadie se lo ha enseñado en clase y ningún adulto vigila. Están haciendo lo mismo que hizo Dane Best ante el consejo de su pueblo: ponerse de acuerdo en cómo convivir, mientras siguen jugando.
Fuentes
- Axelrod, R. (1984). The Evolution of Cooperation. Basic Books.
- Gilligan, C. (1982). In a Different Voice: Psychological Theory and Women’s Development. Harvard University Press.
- Japan Yukigassen Federation. Learn More About Sports Yukigassen®. jyf.or.jp.
- Lever, J. (1976). Sex differences in the games children play. Social Problems, 23(4), 478-487.
- NPR (4 de diciembre de 2018). Snowball Ban Overturned In Colorado Town After Request From 9-Year-Old Boy.
- Opie, I. y Opie, P. (1959). The Lore and Language of Schoolchildren. Oxford University Press.
- Piaget, J. (1932). Le jugement moral chez l’enfant. Félix Alcan. Edición inglesa: The Moral Judgment of the Child, Kegan Paul.
- Schelling, T. C. (1957). Bargaining, communication, and limited war. Journal of Conflict Resolution, 1(1), 19-36.
- Schelling, T. C. (1960). The Strategy of Conflict. Harvard University Press.
- Thomas, K. W. y Kilmann, R. H. (1974). Thomas-Kilmann Conflict Mode Instrument. Xicom.
- Tolkien, J. R. R. (1951). Carta a Iona y Peter Opie, 25 de noviembre. Bodleian Library, MS. Opie 71.
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Preguntas frecuentes
¿Qué estudió Piaget con el juego de las canicas?
En El criterio moral en el niño (1932), Jean Piaget entrevistó a unos 20 niños de entre 4 y 13 años fingiendo que no sabía jugar a las canicas y pidiéndoles que le enseñaran. Quería ver cómo entienden las reglas. Observó que los pequeños las consideran sagradas, inventadas por los adultos y eternas, mientras que hacia los 10 años empiezan a verlas como un acuerdo entre jugadores que se puede cambiar si el grupo lo acepta.
¿Qué es un punto focal o punto de Schelling?
Es la solución en la que dos personas coinciden sin haberse comunicado, porque destaca sobre las demás. Thomas Schelling lo estudió en los años cincuenta con un pequeño grupo de personas de New Haven: cuando les preguntó dónde y cuándo quedarían en Nueva York con alguien con quien no pudieran hablar, la mayoría absoluta eligió el mostrador de información de la estación Grand Central, y casi todos, las doce del mediodía.
¿De dónde vienen las palabras para pedir tregua en los juegos infantiles?
En el Reino Unido, Iona y Peter Opie registraron en los años cincuenta unas 45 fórmulas de tregua infantiles, como barley, fainites, kings o crosses, cada una propia de una región y casi siempre acompañada de los dedos cruzados. J. R. R. Tolkien les explicó en una carta de 1951 que fains y fainites eran supervivientes del inglés del siglo XIV.
¿Qué es el yukigassen?
Es la versión deportiva de la guerra de bolas de nieve, nacida en 1989 en Sōbetsu, en la isla japonesa de Hokkaido, para atraer turismo en invierno. Se juega por equipos de siete, a tres sets de tres minutos y con 90 bolas por equipo y set preparadas antes de empezar. Se gana eliminando a todos los rivales o capturando su bandera.
¿Es verdad que un niño consiguió legalizar las bolas de nieve en un pueblo?
Sí. En diciembre de 2018, el pueblo de Severance, en Colorado, derogó por unanimidad una ordenanza de 1920 que prohibía lanzar 'proyectiles' y que incluía las bolas de nieve. Lo pidió Dane Best, un niño de 9 años que reunió cartas de sus compañeros de clase y presentó sus argumentos ante el consejo municipal.
¿Este artículo dice qué estilo de conflicto es mejor?
No. Relaciona los cinco estilos del modelo de Thomas y Kilmann con situaciones de un juego para ilustrarlos. Es una lectura orientativa, no un hallazgo científico: cada estilo encaja mejor en unos momentos que en otros y ninguno es superior en general.