Catarsis: por qué desahogarte puede avivar la ira en vez de apagarla
Golpear un saco de boxeo pensando en quien te ha sacado de quicio parece la forma más sana de soltar la rabia. En 2002, un psicólogo estadounidense decidió comprobarlo en el laboratorio. El saco no apagó nada. Hizo justo lo contrario.
La idea de que la ira se acumula como el vapor en una olla, y de que hay que dejarla salir para que no explote, está tan extendida que casi nadie la cuestiona. Tiene un nombre antiguo y prestigioso: catarsis. Y tiene también un problema: cuando se ha puesto a prueba con enfados reales, no se comporta como prometía.
Qué significa catarsis
Catarsis viene del griego katharsis, que significa limpieza. Se suele traducir como purificación o como purga, en un sentido casi médico: sacar del cuerpo algo que sobra.
El primer uso famoso está en la Poética de Aristóteles, en su definición de la tragedia. La tragedia, escribe, imita una acción seria y completa y, a través de la compasión y el temor, produce la catarsis de esas emociones. Es el único pasaje de la obra en el que usa la palabra con ese sentido, y no la explica. Llevamos veinticuatro siglos discutiendo qué quería decir exactamente.
De la tragedia griega a la consulta de Freud
A finales del siglo XIX, la palabra dio el salto a la psicología. Josef Breuer y Sigmund Freud llamaron método catártico a su tratamiento, que describieron en Estudios sobre la histeria (1895). La paciente recordaba bajo hipnosis la experiencia que la había marcado y liberaba la emoción que, según ellos, se había quedado atascada. Una de sus pacientes, conocida como Anna O., lo bautizó como “la cura por la palabra”.
De ahí viene la imagen que hoy usamos sin pensar: las emociones como una presión interna que necesita una válvula de escape.
El experimento del saco de boxeo
El psicólogo Brad Bushman quiso medir si esa válvula funcionaba con la ira. Publicó el resultado en 2002 con un título muy elocuente: “¿Desahogar la ira alimenta la llama o la apaga?”.
Primero hizo enfadar a los participantes: cada uno escribía un breve ensayo y recibía un comentario insultante sobre él. Después los repartió en tres grupos:
- Rumiación: golpeaban un saco de boxeo mientras pensaban en la persona que los había insultado, cuya foto tenían delante.
- Distracción: golpeaban el mismo saco, pero pensando en ponerse en forma.
- Control: no hacían nada.
Al final, todos tenían la oportunidad de castigar a quien los había insultado con ráfagas de ruido fuerte, de intensidad elegida por ellos.
El grupo que golpeó el saco pensando en su ofensor fue el que más enfadado se sentía y el más agresivo. Le seguía el grupo de distracción. Quienes no hicieron nada fueron los menos agresivos. Bushman lo resumió con una frase que se ha citado mucho desde entonces:
Desahogarse para reducir la ira es como usar gasolina para apagar un fuego.
Desahogarse con quien te ha enfadado: el caso de John y Louise
Roger Fisher y Daniel Shapiro, del Proyecto de Negociación de Harvard, llegan a una conclusión parecida desde otro sitio: la mesa de negociación. En Beyond Reason (2005) cuentan la historia de “John” y “Louise”, nombres ficticios de una pareja divorciada con dos hijos. Ella los tiene entre semana y él los fines de semana.
Varias semanas seguidas, John llega tarde a devolver a los niños.
- La primera semana, Louise no dice nada. Mejor llevarse bien, por los niños.
- La segunda, sigue callada, mordiéndose la lengua.
- La tercera, decide desahogarse. Sale de casa, va hasta su coche y le grita: “¿No sabes mirar la hora? Llegas tarde. Siempre llegas tarde. ¡Es lo típico en ti!”.
John se defiende atacando: “Si tú no los hubieras traído tarde, a lo mejor llegarían a su hora. Es muy tuyo intentar controlarme así”.
Lo que describen los autores a continuación es el mecanismo exacto por el que el desahogo empeora las cosas. Por cada ataque, el otro construye una justificación. Cada uno se convence más de que tiene razón. A medida que crece el enfado, la situación se ve en blanco y negro: yo tengo razón, mi expareja no. Y cuanto más justificado se siente cada uno, más derecho cree tener a estar furioso.
Cuantas más veces justificas tu ira, con un compañero, con un amigo o con la persona que te ha molestado, más te convences. En lugar de desahogarse, la ira crece.
El amigo que te da la razón: un festival de autojustificación
El episodio tiene una segunda parte que casi todos hemos vivido. Después de dejar a los niños, John se va a un bar y se encuentra con un amigo. “¡Esa Louise está fuera de control! ¡Es como si me tuviera secuestrados a los niños!”. El amigo asiente: “Sí, me parece ridículo. ¡No tiene ningún derecho!”.
John sale del bar más convencido que nunca. Fisher y Shapiro tienen un nombre muy gráfico para esto: un festival de autojustificación. Desahogarse con alguien que está incondicionalmente de nuestro lado no descarga el enfado. Lo carga de argumentos.
Entonces, ¿desahogarse es bueno o malo?
Ni Bushman ni los autores de Harvard dicen que haya que tragarse las emociones. Lo que cuestionan es una forma concreta de soltarlas: la que repasa la ofensa, la amplifica y busca aliados. Fisher y Shapiro distinguen cuatro motivos para expresar una emoción fuerte en una negociación:
- quitársela de encima,
- hacer saber al otro el efecto que ha tenido su comportamiento,
- influir en él,
- y mejorar la relación.
Para el primero, el más tentador, describen alternativas que no se parecen nada al saco de boxeo:
- Hablar con alguien que modere, no que aplauda. Un amigo de confianza a quien se le dice, literalmente: “No creo que lo esté viendo con claridad. ¿Me ayudas?”.
- Desahogarse como si uno fuera el otro. Contar el conflicto desde el punto de vista de quien nos ha enfadado. Obliga a entenderlo y, de paso, rebaja la temperatura.
- Escribir la carta y no enviarla. Al menos no antes de dejar pasar un día y releerla con la cabeza fría.
- No sacar agravios del pasado. Louise y John empezaron discutiendo de horarios y acabaron con “siempre llegas tarde” y “es muy tuyo”. Ahí el conflicto dejó de estar contenido.
En sus notas, los autores remiten a la investigación recogida por Eileen Kennedy-Moore y Jeanne Watson en Expressing Emotion (1999) y por Carol Tavris en Anger: The Misunderstood Emotion (1989), dos referencias clásicas sobre los límites del desahogo.
La catarsis que sí parece servir: entender el mensaje de la emoción
La propuesta de fondo de Beyond Reason es cambiar la pregunta. En vez de “¿cómo suelto esto?”, “¿qué me está diciendo esto?”. La emoción, escriben, trae un mensaje, y entenderlo ya produce cierto alivio.
Louise repite la escena con esa idea. Antes de que llegue John, se toma unos minutos y descubre qué le duele en realidad: que él cambie los horarios sin consultarla. Esa comprensión, escriben, le quita tensión. Cuando John aparece, no le grita que es un padre irresponsable. Le dice: “Estoy molesta. Entendía que habíamos acordado una hora para dejar a los niños. ¿Me equivoco? He salido antes de una reunión para estar aquí”. Y luego pregunta cómo lo ve él.
No es una frase mágica. Es una frase que deja sitio a la escucha activa en vez de cerrárselo. Está mucho más cerca de la autorregulación emocional que de la represión, y muy lejos de la comunicación pasivo-agresiva, que es lo que suele quedar cuando alguien calla tres semanas.
¿Y las salas de ira?
Hoy existen locales donde se paga por romper platos y televisores con un bate. No conocemos estudios concluyentes sobre ellos en concreto. Lo que sí se sabe es que la condición del experimento de Bushman que más se les parece (golpear algo mientras se piensa en lo que nos enfada) fue la que dejó a la gente más furiosa.
Puede que romper cosas resulte divertido. Lo que la investigación no respalda es que sea una forma de apagar la ira.
Por qué esto importa en cualquier negociación
En una negociación, la ira desahogada tiene un efecto adicional: se contagia. Cada golpe pide otro, y el conflicto entra en una espiral de represalias que se parece mucho a la que describe la ley del talión. Por eso los negociadores más experimentados tratan la ira como una señal que hay que leer, no como una presión que hay que vaciar.
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Fuentes
- Aristóteles. Poética, capítulo 6 (1449b24-28).
- Breuer, J. y Freud, S. (1895). Studien über Hysterie (Estudios sobre la histeria). Deuticke.
- Bushman, B. J. (2002). Does venting anger feed or extinguish the flame? Catharsis, rumination, distraction, anger, and aggressive responding. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(6), 724-731. https://doi.org/10.1177/0146167202289002
- Fisher, R. y Shapiro, D. (2005). Beyond Reason: Using Emotions as You Negotiate. Viking Penguin. Capítulo 8, “On Strong Negative Emotions”, y notas “Works Consulted”.
- Kennedy-Moore, E. y Watson, J. C. (1999). Expressing Emotion: Myths, Realities, and Therapeutic Strategies. Guilford Press. (Citado por Fisher y Shapiro.)
- Tavris, C. (1989). Anger: The Misunderstood Emotion. Simon & Schuster. (Citado por Fisher y Shapiro.)
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Preguntas frecuentes
¿Qué significa catarsis?
Viene del griego katharsis, que significa limpieza, y se suele traducir como purificación o purga. Aristóteles la usó en la Poética para describir el efecto de la tragedia, que a través de la compasión y el temor produce la catarsis de esas emociones. Hoy se usa para hablar de una liberación emocional intensa.
¿Qué es una catarsis emocional?
Es la idea de que expresar una emoción acumulada, sobre todo la ira o la tristeza, la descarga y hace que disminuya. Breuer y Freud llamaron 'método catártico' a su tratamiento de finales del siglo XIX. La investigación posterior sobre la ira ha matizado mucho esa idea.
¿Es bueno desahogarse?
Depende de cómo. En el experimento de Brad Bushman (2002), quienes golpearon un saco pensando en la persona que les había ofendido acabaron más enfadados y más agresivos que quienes no hicieron nada. Fisher y Shapiro señalan además que desahogarse con alguien que solo nos da la razón tiende a reforzar el enfado.
¿Quién habló por primera vez de catarsis?
El primer uso conocido con este sentido está en la Poética de Aristóteles, en el siglo IV a. C., en su definición de la tragedia. Es el único pasaje de esa obra en el que usa el término así, y nunca llegó a explicarlo, por lo que su significado exacto sigue discutiéndose.
¿Funcionan las salas de ira para descargar el enfado?
No conocemos estudios concluyentes sobre las salas de ira en concreto. Lo más parecido que se ha estudiado es el experimento de Bushman, en el que golpear algo mientras se pensaba en quien había causado el enfado fue la condición que dejó más ira y más agresividad.