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Estilo de vida y actitudes

El inglés que inventó el kilt escocés (y el galés que inventó a sus druidas)

Por Ramón Personaramic7 min de lectura
Ilustración minimalista de bloques geométricos superpuestos en tonos cálidos y azul oscuro, evocando capas de tela y piedra

Pregúntale a cualquier escocés de qué tartán es su clan y te lo dirá sin dudar un segundo. Pocos sospechan que esa certeza, y la propia prenda que la sostiene, tiene menos de 250 años.

La historia que sigue no es una teoría conspirativa.

Está documentada, con nombres, fechas y fuentes de la época, en un libro de 1983: La invención de la tradición, del historiador Eric Hobsbawm.

Y empieza, de forma inesperada, con un cuáquero inglés que fabricaba hierro.

El hombre que inventó el kilt para que sus leñadores trabajasen mejor

A principios del siglo XVIII, la vestimenta tradicional de las Highlands escocesas era el manto: una pieza larga de tela plegada y sujeta con un cinturón, que cubría todo el cuerpo.

Era una prenda incómoda para trabajar.

Thomas Rawlinson, un industrial cuáquero de Lancashire, arrendó tierras en Glengarry hacia la década de 1720 para instalar un horno de fundición. Empleó a un buen número de highlanders para talar árboles y trabajar el hierro.

  • Rawlinson observó que el manto tradicional entorpecía ese trabajo físico.
  • Llamó al sastre de un regimiento cercano y, según el relato recogido por Hobsbawm, le pidió “acortar el vestido y hacerlo útil y cómodo para sus trabajadores”.
  • El resultado, separar la falda del manto y coserle los pliegues por delante, fue el philibeg: el “pequeño kilt”. La versión que hoy se asocia con lo más ancestral de Escocia.
  • Rawlinson mismo empezó a llevarlo. Su socio local, un jefe de clan, lo imitó. Y, “como siempre”, el resto de highlanders siguió a su jefe.

El propio nombre de la prenda, philibeg, no existía como palabra ni como objeto antes del siglo XVIII.

El tartán de tu clan lo diseñó, muy probablemente, una fábrica

Hasta aquí, la historia ya es sorprendente. La siguiente capa lo es todavía más.

La idea de que cada clan escocés tenía, desde tiempos inmemoriales, su propio patrón de tartán no aparece respaldada por ninguna evidencia sólida anterior al siglo XIX.

  • En 1745, durante la rebelión jacobita, un periódico de la época (el Caledonian Mercury) describió a los highlanders reunidos en Edimburgo vistiendo “una gran variedad de tartanes con los diseños más novedosos”, sin ninguna referencia a un tartán identificativo por clan.
  • La identidad de un highlander se reconocía entonces por la escarapela de su sombrero, no por su tartán.
  • Una empresa textil, Wilson and Son, de Bannockburn, vio la oportunidad comercial de crear un catálogo de tartanes diferenciados por clanes y apellidos. Esto ocurrió a comienzos del siglo XIX, no en un pasado remoto.

El momento decisivo llegó en 1822, cuando el rey Jorge IV visitó Edimburgo. El escritor Walter Scott, admirador y mitificador del pasado highland, se encargó de organizar el ceremonial de la visita.

  • Scott nombró al coronel David Stewart de Garth como responsable, en sus propias palabras, “dictador” de las cuestiones de vestuario y ceremonia.
  • Se pidió a los clanes que asistieran vestidos con su tartán “tradicional”.
  • El propio catálogo de Wilson and Son, publicitado por Stewart apenas unos años antes, fue la fuente de la que salieron muchos de esos “tartanes ancestrales”.

En pocas semanas, Edimburgo entera quedó, como la describe Hobsbawm, “tartanizada” para recibir a un rey hannoveriano. La ciudad entera actuó, de la noche a la mañana, como si esa tradición hubiera existido siempre.

El galés que se inventó a sus propios druidas

Al otro lado de Gran Bretaña, en Gales, ocurría algo parecido con una religión entera.

Edward Williams, conocido por su nombre bárdico Iolo Morganwg (1747-1826), era anticuario, poeta y un hombre profundamente obsesionado con el pasado celta.

  • Hacia 1791, Iolo tuvo la idea de que los bardos galeses eran herederos directos de los antiguos druidas, con sus mismos ritos, su misma religión y su misma mitología.
  • No existe ninguna prueba histórica de esa continuidad. Los propios estudiosos de la época ya lo dudaban.
  • Iolo creó, de todos modos, el Gorsedd (que significa “trono”): una liturgia bárdica completa, con vestimenta, cánticos y ceremonial, presentada como la restauración de un culto druídico milenario.
  • En 1819, el Gorsedd se incorporó oficialmente al Eisteddfod, el festival de música y literatura galesa, transformándolo de un conjunto de competiciones culturales en una celebración con aire de rito ancestral.

Iolo y sus seguidores llegaron a construir varios Stonehenges en miniatura por distintos puntos de Gales, para celebrar allí sus ceremonias druídicas al aire libre. Uno de ellos sigue en pie hoy, frente al Museo Nacional de Cardiff.

El seguidor que se tomó los druidas tan en serio que cambió la ley

La parte más inquietante de esta historia tiene nombre propio: William Price, médico y librepensador radical de Llantrisant, seguidor convencido del druidismo de Iolo.

Price estaba persuadido de que los antiguos druidas incineraban a sus muertos, y de que enterrar un cadáver era, por tanto, una traición a esa creencia.

En 1884, tras la muerte de su hijo pequeño, Price incineró el cuerpo él mismo, en público, en una colina cerca de su casa.

Fue detenido y juzgado. El tribunal, incapaz de encontrar una ley británica que prohibiera explícitamente la cremación, lo declaró inocente. El caso abrió, de facto, el camino legal a la cremación moderna en el Reino Unido.

Una tradición inventada cuarenta años antes, sobre una religión que nunca existió como tal, terminó cambiando el derecho funerario británico.

Ni siquiera la pompa real es tan antigua como parece

Un tercer caso, recogido por el historiador David Cannadine en el mismo libro, apunta al símbolo que más se asocia con la continuidad británica: la propia monarquía.

  • Las coronaciones de comienzos del siglo XIX, según la prensa de la época que Cannadine cita, no eran el modelo de solemnidad impecable que hoy imaginamos. La coronación de Guillermo IV tuvo, entre otros incidentes, un problema logístico con el carruaje del embajador francés. Ni siquiera el himno se cantó en la coronación de la reina Victoria: no era todavía una costumbre asentada.
  • Los editoriales de la prensa victoriana criticaban abiertamente la monarquía, su gasto y su ceremonial, algo casi impensable en el imaginario actual sobre la Corona británica.
  • El boato solemne, cronometrado y visualmente perfecto que hoy asociamos con “la tradición milenaria de la Corona” se fue diseñando y perfeccionando, según Cannadine, sobre todo entre el reinado tardío de Victoria y el de Jorge VI, en gran parte pensando ya en la fotografía, la radio y después la televisión.

La monarquía en sí es, evidentemente, antigua. Su puesta en escena actual, la que parece intemporal, no lo es tanto.

Por qué Hobsbawm llamó a esto “tradición inventada”, y no mentira

Hobsbawm no describe estos casos como fraudes ni como bromas. Los llama tradiciones inventadas: conjuntos de prácticas simbólicas o rituales que buscan inculcar valores mediante la repetición, lo cual implica automáticamente una continuidad con el pasado, aunque esa continuidad sea, en gran parte, ficticia.

Su tesis de fondo es incómoda para cualquier certeza sobre “lo de siempre”:

  • El kilt, el tartán de clanes y el druidismo galés funcionan, para quien los vive, exactamente igual que una tradición genuinamente milenaria.
  • Su antigüedad real no afecta a su eficacia simbólica.
  • Lo mismo documenta Hobsbawm en otros terrenos, en la misma época: el himno nacional británico, el ritual de la bandera en las escuelas estadounidenses o el “espíritu deportivo” de los colegios ingleses son, todos, inventos de los siglos XVIII y XIX vestidos de eternidad.
  • El ejemplo estadounidense tiene, además, fecha y autor conocidos: el Juramento a la Bandera (Pledge of Allegiance) lo escribió el ministro bautista Francis Bellamy en agosto de 1892, encargado por la revista The Youth’s Companion para una campaña patriótica escolar coincidiendo con el cuarto centenario de la llegada de Colón. No nació en ninguna asamblea fundacional del país, sino en el departamento de promoción de una revista familiar.

La pregunta que deja abierta no es si estas tradiciones merecen respeto. Es cuántas de las que uno mismo considera “de toda la vida” tendrían, si se investigaran con el mismo rigor, una fecha de nacimiento sorprendentemente concreta.

Fuentes

  • Hobsbawm, E., y Ranger, T. (eds.) (1983). The Invention of Tradition (trad. española La invención de la tradición). Cambridge University Press / Crítica. Capítulos de Hugh Trevor-Roper (“La tradición de las Highlands en Escocia”) y Prys Morgan (“From a Death to a View: la caza del pasado galés”).
  • G. J. Williams, Iolo Morganwg y Gyfrol Gyntaf (Cardiff, 1956) y Prys Morgan, Iolo Morganwg (Cardiff, 1975), citados como fuentes primarias en Hobsbawm y Ranger (1983).
  • The Youth’s Companion, 8 de septiembre de 1892: primera publicación del Pledge of Allegiance de Francis Bellamy.

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Preguntas frecuentes

¿Es cierto que el kilt escocés lo inventó un inglés?

Según documenta el historiador Hugh Trevor-Roper en el libro La invención de la tradición (1983), la versión corta del kilt (el philibeg) fue creada hacia la década de 1720 por Thomas Rawlinson, un industrial cuáquero inglés de Lancashire, como ropa de trabajo práctica para los leñadores de las Highlands que empleaba, no como una prenda tradicional preexistente.

¿Entonces los tartanes de clanes también son un invento?

La idea de un tartán distinto para cada clan, según la misma investigación, se popularizó en el siglo XIX gracias a fabricantes textiles como Wilson and Son de Bannockburn y a la puesta en escena organizada por el escritor Walter Scott para la visita del rey Jorge IV a Edimburgo en 1822. No hay evidencia histórica sólida de que los clanes usaran tartanes propios y diferenciados antes de esa fecha.

¿De verdad hay Stonehenges en miniatura construidos en el siglo XIX?

Sí. El anticuario galés Iolo Morganwg y sus seguidores construyeron varios círculos de piedra a imitación de Stonehenge por distintos puntos de Gales durante el siglo XIX, para celebrar allí sus ceremonias del Gorsedd de Bardos. Uno de ellos sigue en pie hoy en los jardines frente al Museo Nacional de Cardiff.

¿Esto significa que estas tradiciones no tienen ningún valor real?

No es esa la conclusión de Hobsbawm. Su argumento es que una tradición inventada puede cumplir exactamente la misma función simbólica e identitaria que una tradición genuinamente antigua, y que el hecho de que sea reciente no la invalida. Lo que propone es simplemente no confundir la sensación de continuidad con el pasado con una continuidad histórica verificable.

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