Empatía: reconocer lo que sienten los demás
Un tono de voz, un silencio más largo de lo habitual, un “estoy bien” que no suena bien. La empatía es la capacidad de captar lo que siente otra persona incluso cuando no lo dice, y de entender por qué lo siente.
En el modelo de inteligencia emocional que popularizó Daniel Goleman (1995), la empatía es uno de los cinco componentes, junto a la autoconciencia, la autorregulación, la motivación y las habilidades sociales. La investigación psicológica lleva desde los años ochenta mostrando que bajo esa palabra conviven procesos distintos, y distinguirlos explica mucho de por qué la empatía a veces ayuda y a veces agota.
Entender y sentir: las dos caras de la empatía
En 1983, el psicólogo Mark Davis publicó el Índice de Reactividad Interpersonal (IRI), que sigue siendo uno de los cuestionarios de empatía más usados. Su idea central era que la empatía no es una sola cosa, y la midió con cuatro escalas:
- Toma de perspectiva: la tendencia a adoptar el punto de vista del otro.
- Fantasía: la facilidad para meterse en los sentimientos de personajes de libros o películas.
- Preocupación empática: sentir calidez y preocupación por quien lo está pasando mal.
- Malestar personal: sentir uno mismo ansiedad o incomodidad ante el sufrimiento ajeno.
De ahí procede la distinción que hoy usan casi todos los modelos:
- La empatía cognitiva es entender: inferir qué piensa y siente el otro, y por qué.
- La empatía afectiva es resonar: que la emoción del otro te mueva por dentro.
No siempre van juntas. Hay personas que leen con precisión lo que pasa en una reunión sin que les afecte mucho, y otras que se contagian del ánimo de quien tienen al lado sin saber muy bien qué lo provoca. Nuestro test de empatía separa precisamente esas dos dimensiones, con dos facetas en cada una.
Cómo se nota en el día a día
Cuando la empatía está bien desarrollada, suele reconocerse en conductas concretas:
- Detectar el estado del otro sin que lo diga, a partir del tono, los gestos o el contexto.
- Entender puntos de vista muy distintos al propio sin necesidad de compartirlos.
- Ajustar la forma de comunicarse según cómo parece sentirse la otra persona.
- Notar cuándo un “estoy bien” no lo es, más por la melodía de la frase que por las palabras, una idea que desarrollamos en el artículo sobre escucha activa.
¿Acertamos al leer a los demás? La precisión empática
Sentirse empático y acertar no son lo mismo. El psicólogo William Ickes diseñó en 1990 un método para medirlo: grababa en vídeo a dos personas que conversaban, y después cada una veía la grabación, la paraba en los momentos en que había pensado o sentido algo y lo anotaba. Luego tenía que adivinar qué pensaba la otra en los momentos que esta había marcado. La comparación daba una medida de precisión empática.
Un resultado de esa línea de trabajo es especialmente útil: la familiaridad ayuda. En un estudio de 1992, Linda Stinson e Ickes compararon parejas de amigos con parejas de desconocidos, y los amigos acertaban bastante más lo que pensaba el otro. Conocer la historia de alguien da contexto para interpretar sus gestos.
Aun así, ni siquiera entre amigos se acierta siempre. Por eso confirmar en vez de asumir forma parte de la empatía y no es un añadido: preguntar “¿te ha sentado mal lo de antes?” corrige errores que la intuición sola no detecta.
La emoción que hay debajo de la emoción
El psicólogo Leslie Greenberg, uno de los referentes de la terapia centrada en las emociones, habla de sintonía empática: captar lo que la otra persona siente en realidad, aunque lo que muestre hacia fuera sea otra cosa. Su distinción entre emociones primarias, secundarias e instrumentales, que explicamos aplicada a uno mismo en autoconciencia emocional, también sirve para leer a los demás.
Un ejemplo cotidiano: un compañero responde con brusquedad a un comentario sin importancia. La reacción visible es el enfado, pero puede que debajo haya cansancio, una preocupación ajena a la conversación o la vergüenza por un error de la mañana. Una empatía precisa se pregunta qué hay debajo antes de responder solo a la brusquedad.
Cuando la empatía cansa: angustia empática y compasión
La neurocientífica Tania Singer y la psicóloga Olga Klimecki propusieron en 2014 una distinción que ayuda a entender el desgaste emocional de muchas profesiones de cuidado:
- La angustia empática es compartir el sufrimiento ajeno de tal modo que se vuelve sufrimiento propio. Se acompaña de emociones negativas y, a la larga, puede llevar a retirarse para protegerse.
- La compasión es sentir calidez y preocupación por el otro, con ganas de ayudar. Se acompaña de emociones positivas y favorece la conducta de ayuda.
Su equipo lo puso a prueba con entrenamientos. En un estudio de Klimecki, Leiberg, Ricard y Singer (2014), un grupo practicó primero la resonancia empática y después la compasión. Tras el entrenamiento en empatía, los vídeos de personas sufriendo producían más afecto negativo y más actividad en la ínsula anterior y la corteza cingulada media anterior, regiones asociadas a la empatía con el dolor. El entrenamiento posterior en compasión invertía ese aumento de afecto negativo, elevaba el afecto positivo y activaba una red cerebral distinta, que incluía el estriado ventral y la corteza orbitofrontal medial.
La lectura que suele hacerse de estos estudios es que el problema no es empatizar demasiado, sino quedarse atrapado en la resonancia. Por eso la empatía se plantea casi siempre junto a la autorregulación emocional, donde explicamos también la idea de “doble reacción” del médico y psicoterapeuta Norberto Levy.
Empatía y límites
Un malentendido frecuente es confundir empatía con complacencia. Entender por qué alguien quiere algo no obliga a dárselo. En negociación, los experimentos de Adam Galinsky y su equipo (2008), en los que se apoya nuestro test, encontraron que ponerse en la cabeza del otro ayudaba a conseguir mejores acuerdos, mientras que centrarse en sentir lo que el otro sentía no mejoraba los resultados.
La empatía cognitiva permite comprender al otro y mantener a la vez la propia posición, un equilibrio que se trabaja también en la comunicación asertiva.
Si quieres ver cómo se combinan en ti la parte cognitiva y la afectiva, puedes hacer nuestro test de empatía, y para verla junto al resto de componentes, el test de inteligencia emocional.
Nota de responsabilidad: este artículo tiene una finalidad divulgativa y no sustituye la evaluación, el diagnóstico ni la intervención de un profesional de la salud mental.
Fuentes
- Davis, M. H. (1983). Measuring individual differences in empathy: Evidence for a multidimensional approach. Journal of Personality and Social Psychology, 44(1), 113-126. https://doi.org/10.1037/0022-3514.44.1.113
- Ickes, W., Stinson, L., Bissonnette, V., y Garcia, S. (1990). Naturalistic social cognition: Empathic accuracy in mixed-sex dyads. Journal of Personality and Social Psychology, 59(4), 730-742. https://doi.org/10.1037/0022-3514.59.4.730
- Stinson, L., e Ickes, W. (1992). Empathic accuracy in the interactions of male friends versus male strangers. Journal of Personality and Social Psychology, 62(5), 787-797. https://doi.org/10.1037/0022-3514.62.5.787
- Singer, T., y Klimecki, O. M. (2014). Empathy and compassion. Current Biology, 24(18), R875-R878. https://doi.org/10.1016/j.cub.2014.06.054
- Klimecki, O. M., Leiberg, S., Ricard, M., y Singer, T. (2014). Differential pattern of functional brain plasticity after compassion and empathy training. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 9(6), 873-879. https://doi.org/10.1093/scan/nst060
- Galinsky, A. D., Maddux, W. W., Gilin, D., y White, J. B. (2008). Why it pays to get inside the head of your opponent: The differential effects of perspective taking and empathy in negotiations. Psychological Science, 19(4), 378-384. https://doi.org/10.1111/j.1467-9280.2008.02096.x
- Greenberg, L. S. (2002). Emotion-Focused Therapy: Coaching Clients to Work Through Their Feelings. American Psychological Association.
- Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence. Bantam Books.
¿Quieres saber más sobre ti?
Descubre tu resultado con uno de nuestros tests relacionados.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la empatía en el modelo de inteligencia emocional?
La capacidad de reconocer y comprender lo que sienten los demás, incluso cuando no lo expresan directamente con palabras.
¿Empatía es lo mismo que ser complaciente?
No. La empatía es comprender la emoción ajena; ser complaciente es priorizar sistemáticamente al otro sobre uno mismo. Se puede tener empatía y aun así poner límites.
¿Se puede tener mucha empatía y poca autorregulación?
Sí, y suele generar desgaste. Tania Singer y Olga Klimecki (2014) llaman angustia empática a esa forma de compartir el malestar ajeno que se vuelve contra uno mismo, y la distinguen de la compasión, que se acompaña de afecto positivo y de ganas de ayudar. Por eso la empatía y la autorregulación funcionan mejor juntas.
¿Qué diferencia hay entre empatía cognitiva y empatía afectiva?
La empatía cognitiva es entender lo que el otro piensa o siente, ponerse en su perspectiva. La afectiva es resonar con su emoción, sentir algo parecido o preocuparse por él. Mark Davis (1983) las midió por separado en su Índice de Reactividad Interpersonal, y pueden darse en grados muy distintos en una misma persona.
¿Se puede medir la empatía?
Sí, con limitaciones. Lo más habitual son cuestionarios de autoinforme como el IRI de Davis, que recogen cómo se ve cada persona. William Ickes ideó además una medida de precisión empática: comparar lo que alguien cree que pensaba su interlocutor en un momento de una conversación grabada con lo que este dice que pensaba de verdad.