El poder psicológico del misterio: la lección incompleta de Mata Hari
Cuando Margaretha Zelle llegó a París en 1904 tenía medio franco en el bolsillo y ninguna experiencia como bailarina. Un año después, medio Europa creía que era una sacerdotisa nacida en la isla de Java. Doce años más tarde, un pelotón de fusilamiento francés la ejecutó como espía alemana.
Robert Greene cuenta su historia en Las 48 leyes del poder (1998) como ejemplo de lo que llama la ley de cultivar un aire de misterio. Lo que el capítulo no dedica ni una línea a contar es cómo termina, en realidad, esa misma historia.
Una identidad que cambiaba cada vez que la contaba
Zelle no tenía ningún talento excepcional para la danza. Lo que tenía era una intuición muy precisa sobre lo que el público de París quería creer.
Se hizo llamar Mata Hari, “ojo del amanecer” en malayo, y empezó a contar que había nacido en Java, que su abuela era una princesa javanesa, que de niña había aprendido danzas sagradas hindúes en la India. Los periodistas nunca lograban confirmar nada, porque la historia cambiaba con cada entrevista:
- Unas veces decía haber crecido en Sumatra, “montando a caballo, con un arma en la mano”.
- Otras veces situaba su infancia en la India, entre templos.
- Insistía en que las mujeres indias, a diferencia de las europeas, “saben disparar, montar a caballo y hablar de filosofía”.
Nada de eso era verdad. Pero para cuando alguien lo hubiera podido desmentir, ya no importaba: la propia inconsistencia se había vuelto parte del espectáculo.
Por qué la mentira no le restaba fama, se la daba
Mata Hari debutó en público en agosto de 1905. Esa noche se formaron disturbios entre quienes intentaban entrar a verla.
No era especialmente bella para los estándares de la época, ni especialmente buena bailarina. Lo que la distinguía de las miles de jóvenes que llegaban a París cada año buscando lo mismo era, según explica Greene, algo más difícil de imitar: una atmósfera. Nunca se podía decir nada con certeza sobre ella. Siempre estaba cambiando, siempre sorprendía con un vestuario, una historia o un origen distinto.
Esa incertidumbre constante generaba un efecto muy concreto: la gente nunca se cansaba de intentar descifrarla. Cuanto más imposible resultaba fijarla en una sola versión, más atención reclamaba.
Pronto la invitaron a Berlín, Viena, Milán. Ganó dinero e independencia como pocas mujeres de su época, sin necesitar depender de ningún hombre.
Un mundo ya explicado tiene hambre de enigmas
Greene sitúa este caso dentro de una idea más amplia. Durante siglos, sostiene, la humanidad vivió rodeada de lo desconocido: enfermedades sin causa aparente, desastres que se atribuían a los dioses, la muerte como el misterio final. La ciencia fue iluminando esa oscuridad, hasta volver el mundo un lugar mucho más explicado y, por eso mismo, más previsible.
Su idea es que esa misma claridad generó una carencia nueva: un mundo demasiado explicado deja poco espacio para el asombro, y las personas terminan echando de menos aquello que no puede resolverse de un vistazo. Quien logra envolverse en algo no del todo descifrable, sugiere Greene, ocupa ese vacío.
No hace falta ser una figura grandiosa para lograrlo. Basta con guardar silencio en el momento en que otros hablarían, dejar una frase sin terminar de explicar, o comportarse de un modo que no encaja del todo con lo esperado. Mata Hari llevó esa idea a su versión más extrema: convirtió su biografía entera en material moldeable.
Un conde que aplicaba el mismo principio con telegramas falsos
En el mismo capítulo, Greene añade un segundo ejemplo, mucho menor, para reforzar la idea: el estafador Victor Lustig, que se hospedaba en los mejores hoteles con un chófer japonés (algo que nadie había visto antes en esos círculos) y recibía telegramas a todas horas frente a otros huéspedes, para romperlos después con total indiferencia.
Eran telegramas en blanco. El propio Lustig los fabricaba solo para que el hotel entero hablara del hombre extraño e inasible de la habitación principal.
La lógica es la misma que la de Mata Hari, reducida a su forma más simple: lo predecible no genera curiosidad, y lo que no se puede interpretar de un vistazo obliga a los demás a seguir mirando.
Lo que el libro celebra sin contar cómo terminó
Aquí es donde conviene detenerse, porque Greene cierra el capítulo con la fama y la independencia de Mata Hari como si esa fuera toda la historia.
No lo es. En febrero de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, Francia la arrestó acusada de espiar para Alemania. El juicio se celebró en secreto y los documentos se sellaron durante cien años. La evidencia en su contra era, en gran parte, circunstancial: cartas, sospechas, el hecho de que hubiera tenido amantes de varios países en guerra entre sí.
La acusaron de haber filtrado a Alemania detalles sobre el tanque, el arma nueva de los aliados, y de haber contribuido así a la muerte de miles de soldados. Los servicios de inteligencia alemanes, sin embargo, ya la consideraban por entonces una agente de escaso valor, que apenas había producido información útil.
Buena parte de los historiadores que han revisado el caso coinciden hoy en algo incómodo: es probable que Francia necesitara una espía célebre a la que culpar de las enormes pérdidas del frente occidental, y que Mata Hari, ya convertida en un mito público gracias a su propia leyenda, fuera un objetivo perfecto para eso. Su fama, la misma que Greene celebra como una conquista de poder, es lo que la hizo visible ante un tribunal que necesitaba un nombre resonante.
El 15 de octubre de 1917 la llevaron al bosque de Vincennes. Rechazó la venda. Murió fusilada, a los 41 años.
Solo entonces, durante el juicio, salió a la luz lo que ya se ha contado aquí: no había nacido en Java, no tenía una gota de sangre asiática, y su verdadera historia era la de una mujer nacida en Frisia, al norte de los Países Bajos, sin nada sagrado ni misterioso en su origen real.
Un libro que elige dónde termina cada historia
Ninguno de estos hechos aparece en Las 48 leyes del poder. El capítulo se cierra con Mata Hari en la cima de su fama, como prueba de que el misterio genera poder, y pasa directamente a otro ejemplo.
Es un patrón que vale la pena notar en un libro construido enteramente a partir de anécdotas históricas: elige el fragmento de cada vida que mejor ilustra la ley, y corta la historia justo antes de que deje de convenir al argumento. La mecánica psicológica que describe (que lo imprevisible atrae más atención sostenida que lo transparente) es real y observable. Lo que no es cierto es que esa mecánica termine siempre bien para quien la practica.
La historia completa de Mata Hari no desmiente el mecanismo que Greene describe. Lo complica. El mismo misterio que la hizo irresistible en un escenario parisino, doce años después, la hizo indefendible en una sala de tribunal militar. Ninguna versión de su leyenda, ni siquiera la real, le sirvió para explicarse ante quienes ya habían decidido qué necesitaban que fuera.
Fuentes
- Greene, R. (2018). Las 48 leyes del poder. Editorial Océano de México.
- Britannica. Mata Hari: Dutch dancer and spy.
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Preguntas frecuentes
¿Quién fue realmente Mata Hari?
Se llamaba Margaretha Zelle, había nacido en Frisia, en el norte de los Países Bajos, y no tenía ningún origen oriental. Construyó el personaje de Mata Hari, bailarina sagrada nacida en Java, desde cero al llegar a París.
¿Mata Hari fue realmente una espía?
Es algo que los historiadores todavía discuten. Fue juzgada y ejecutada en Francia en 1917 acusada de espiar para Alemania, pero el juicio fue secreto, la evidencia en su contra era en gran parte circunstancial, y muchos historiadores sostienen hoy que fue, sobre todo, un chivo expiatorio conveniente para un ejército francés que necesitaba explicar sus pérdidas.
¿Qué relación tiene Victor Lustig con esta historia?
Robert Greene los cita juntos, en el mismo capítulo, como dos ejemplos de la misma ley: cultivar deliberadamente el misterio y la imprevisibilidad como forma de atraer y sostener la atención de los demás.
¿Este artículo defiende que cultivar el misterio sobre uno mismo es buena idea?
No. El artículo cuenta lo que ocurrió y lo que el libro de Greene celebra sin mencionar, incluyendo cómo terminó realmente la historia de Mata Hari. No es una recomendación sobre cómo comportarse socialmente.