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Relaciones y vida social

El precio psicológico de no pertenecer nunca del todo a nadie: la vida de Alcibíades

Por Rafa Personaramic6 min de lectura
Ilustración orgánica de tres manchas de color entrelazadas alrededor de un punto central que no toca del todo a ninguna

Alcibíades logró, en algún momento de su vida, que Atenas, Esparta y Persia lo quisieran cerca al mismo tiempo. También logró, antes de morir, que las tres quisieran verlo muerto. Robert Greene cuenta la primera parte de esa historia como un modelo de poder personal. La segunda parte no la cuenta.

Lo relata en Las 48 leyes del poder (1998), en el capítulo dedicado a la ley de no comprometerse con nadie, con Alcibíades como el ejemplo original de una táctica que el propio libro bautiza con su nombre.

El pupilo brillante de Atenas

Alcibíades nació hacia el año 450 a.C. en una de las familias más influyentes de Atenas. Quedó huérfano de padre siendo niño y creció bajo la tutela de Pericles, el gran estadista que gobernó la ciudad durante su época dorada.

Fue además discípulo y, según varias fuentes antiguas, amigo cercano de Sócrates. Ambos combatieron juntos en la batalla de Potidea, donde Sócrates lo protegió herido en el campo de batalla. Años después, en otra batalla, fue Alcibíades quien salvó la vida de Sócrates. Es, en las fuentes que lo describen, casi el único vínculo de toda su vida adulta que no terminó en traición mutua.

De joven era, según las mismas fuentes, extraordinariamente atractivo, brillante en el debate público y peligrosamente consciente de ambas cosas. Nada en su juventud anticipaba lo que vendría, salvo quizás esa misma combinación de talento y vanidad que tantas veces preludia una caída larga.

La noche en que mutilaron las estatuas sagradas

En el año 415 a.C., Atenas se preparaba para su expedición más ambiciosa: una flota masiva rumbo a Sicilia, impulsada e inspirada por el propio Alcibíades. La noche antes de zarpar, alguien mutiló en secreto decenas de estatuas sagradas repartidas por la ciudad, un acto de vandalismo religioso que sembró pánico entre los atenienses.

Las sospechas recayeron sobre Alcibíades, junto con acusaciones adicionales de haber profanado ritos religiosos privados. Él exigió ser juzgado de inmediato, antes de zarpar. Sus enemigos, calculando que un juicio inmediato podría favorecerlo, prefirieron esperar a que la flota ya estuviera en camino.

El general que huyó de su propio juicio

Con la flota ya en Sicilia, Atenas envió una nave oficial para hacerlo volver y enfrentar el juicio que él mismo había pedido. Alcibíades entendió que la sentencia ya estaba decidida de antemano.

En lugar de regresar, desertó. Se pasó al bando de Esparta, el enemigo de Atenas en la guerra que ambas ciudades libraban desde hacía años, y compartió con los espartanos su conocimiento íntimo de las debilidades atenienses. Atenas, furiosa, lo condenó a muerte en ausencia.

Un hijo que no era del rey

En Esparta, Alcibíades vivió como huésped de honor, cerca del propio rey Agis II. Según relata el historiador Plutarco, mientras Agis luchaba lejos de casa, Alcibíades mantuvo una relación con su esposa, Timea, que quedó embarazada.

El hijo nació con el nombre de Leotíquidas, y en la corte espartana circuló durante años la sospecha de que su verdadero padre no era el rey. Cuando esa sospecha llegó a oídos de Agis, la posición de Alcibíades en Esparta se volvió, de un día para otro, insostenible. Temiendo por su vida, huyó por segunda vez.

El consejero que jugaba con dos ejércitos a la vez

Esta vez cruzó a Persia, donde se convirtió en asesor de confianza de Tisafernes, el gobernador local del imperio persa.

Su consejo fue tan calculado como el resto de su vida: convenció a Tisafernes de no ayudar del todo a ninguno de los dos bandos griegos, ni a Esparta ni a Atenas, sino de dejar que ambos se desgastaran mutuamente durante el mayor tiempo posible, para que Persia terminara con dos enemigos exhaustos en lugar de uno fortalecido. Mientras aconsejaba esto abiertamente a los persas, seguía en contacto secreto con oficiales atenienses, ofreciéndoles su regreso a cambio de que Atenas cambiara su forma de gobierno.

Atenas, necesitada de su talento militar, terminó por perdonarlo. Alcibíades regresó al frente de la flota ateniense y encadenó una serie de victorias navales, entre ellas Cícico, que devolvieron a la ciudad una posición que parecía perdida solo unos años antes. Fue recibido en Atenas con honores casi de héroe, coronado y nombrado comandante supremo de todas las fuerzas atenienses, la misma ciudad que años atrás lo había condenado a muerte en ausencia.

Lo que Greene celebra como estrategia

El libro presenta todo este recorrido, hasta este punto, como una lección de posicionamiento: quien se mantiene disponible para varios bandos a la vez concentra más poder que quien se compromete de forma temprana con uno solo. Greene llega a instruir directamente al lector a “mantenerse libre de ataduras emocionales” y a “ver a quienes te rodean como piezas en tu propio ascenso al poder”.

Es una lectura que se sostiene solo si la historia se corta en el momento adecuado, justo cuando Alcibíades vuelve a Atenas como héroe, coronado y al mando de toda su flota. Es, casualmente, el mismo punto en el que Greene decide cerrar el capítulo.

Un cadáver en una montaña de Frigia

No se corta ahí. Una derrota naval de un subordinado suyo, mientras Alcibíades estaba ausente del frente, bastó para que Atenas volviera a desconfiar de él. Fue destituido y se exilió por tercera vez, ahora sin ningún bando dispuesto a acogerlo con seguridad.

Se refugió finalmente en Frigia, bajo la protección de un gobernador persa local. Según las fuentes antiguas, Esparta presionó a ese gobernador para que lo eliminara. Hacia el año 404 a.C., un grupo de hombres armados rodeó la casa donde se alojaba y le prendió fuego. Alcibíades murió, según el relato más extendido, al salir armado contra sus atacantes.

Había pasado por Atenas, Esparta y Persia. Había sido general, huésped real, consejero de un imperio y héroe coronado. Ninguna de las tres estuvo dispuesta, al final, a protegerlo.

Una anécdota que Greene cuenta a medias

La psicología de fondo que describe el libro es real: alguien que se muestra disponible para varios bandos rivales resulta, durante un tiempo, más deseado que quien ya se ha comprometido con uno. Eso explica, sin necesidad de leer nada más oscuro en ello, por qué Atenas, Esparta y Persia cortejaron a Alcibíades por turnos.

Lo que el libro no dice es que esa misma estrategia, sostenida durante toda una vida, no deja ningún bando dispuesto a defenderte cuando por fin decides quedarte quieto. Alcibíades murió sin patria, sin ejército propio y sin ningún aliado real, rodeado por las mismas tres potencias a las que había pertenecido brevemente y a las que nunca había pertenecido del todo.

De los tres vínculos que sostuvo con Atenas, Esparta y Persia, ninguno sobrevivió a que la otra parte descubriera que nunca había sido exclusivo. El único que sí sobrevivió, curiosamente, fue el más antiguo y el menos estratégico de todos: la amistad con Sócrates, que nunca dependió de a qué bando pertenecía Alcibíades en cada momento.

Fuentes

  • Greene, R. (2018). Las 48 leyes del poder. Editorial Océano de México.
  • Plutarco. Vidas paralelas: Alcibíades.

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Preguntas frecuentes

¿Quién fue Alcibíades?

Un general y político ateniense del siglo V a.C., pupilo del estadista Pericles y allegado de Sócrates, que a lo largo de su vida cambió de bando entre Atenas, Esparta y Persia, y que Robert Greene cita en Las 48 leyes del poder como el modelo original de no comprometerse nunca del todo con nadie.

¿Es verdad que Alcibíades sedujo a la esposa de un rey espartano?

Es un episodio recogido por el historiador Plutarco en su biografía de Alcibíades: mientras vivía como huésped del rey Agis II de Esparta, tuvo una relación con su esposa Timea, que dio a luz a un hijo, Leotíquidas, cuya paternidad se atribuyó a Alcibíades.

¿Cómo murió Alcibíades?

Según las fuentes antiguas, fue asesinado hacia el año 404 a.C. en Frigia, en la actual Turquía, por hombres enviados por el gobernador persa de la región, quien habría actuado presionado por Esparta. Los detalles exactos varían entre las fuentes clásicas.

¿Este artículo recomienda no comprometerse con nadie como estrategia de vida?

No. Es una lectura crítica de una figura histórica y de cómo la presenta un libro concreto, no una guía sobre cómo manejar la lealtad o las relaciones personales.

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