Por qué nos emociona ganar un mundial, explicado desde la psicología
19 de julio de 2026, minuto 106 de la final del Mundial en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. Ferran Torres empuja un balón suelto dentro del área, España se adelanta 1-0 ante Argentina y ese gol, en la prórroga, le da su segundo título mundial.
Al día siguiente, unos dos millones de personas, según la Delegación del Gobierno, siguen el recorrido de la selección por Madrid. La inmensa mayoría no se conoce entre sí, y aun así se abrazan como si fueran familia; algunas lloran.
Cuando el capitán Rodri levanta la copa en la plaza de Cibeles, ante unas 120.000 personas, la escena se repite, multiplicada, en plazas, bares y salones de toda España.
¿Por qué algo tan simple como un balón cruzando una línea desata semejante intensidad emocional en tanta gente a la vez?
La psicología social lleva más de un siglo dando vueltas a esa pregunta, no sobre el fútbol sino sobre algo más amplio: qué le pasa a una persona cuando deja de estar sola y pasa a formar parte de una multitud. Tres autores clásicos, Gustave Le Bon, Sigmund Freud y Émile Durkheim, aportaron cada uno una pieza de la respuesta. La investigación de las últimas décadas corrige a los tres en un punto importante, y lo contamos al final.
1. Le Bon: en la multitud, dejas de ser del todo tú
Gustave Le Bon publicó en 1895 Psicología de las masas, uno de los libros de ciencias sociales más leídos de su época. Su idea central es incómoda: una persona, dentro de una multitud, no piensa como pensaría sola.
Le Bon lo explica con tres mecanismos:
- Anonimato. En una masa nadie te señala con el dedo, y si nadie puede señalarte, el sentido de la responsabilidad personal se debilita.
- Contagio mental. Las ideas y los sentimientos, escribe Le Bon, se contagian con una fuerza “tan intensa como la de los microbios”. La alegría del vecino de grada se convierte en segundos en la tuya.
- Sugestibilidad. La multitud entra en un estado que Le Bon compara con la hipnosis: la voluntad individual se apaga y el grupo empieza a sentir con una sola cabeza.
El resultado, en sus palabras, es que el individuo “ya no es él mismo, sino un autómata que ha dejado de guiarse por su voluntad”.
Conviene saber desde dónde escribía. Le Bon desconfiaba de las masas obreras y revolucionarias de su tiempo: para él, la multitud es “siempre intelectualmente inferior” al individuo aislado, aunque admite que en lo moral puede ser mejor o peor, capaz tanto del crimen como del heroísmo. Esa mirada recelosa marcó el estudio de las multitudes durante décadas.
Su descripción, con todo, encaja con lo que se vive en una celebración: por eso gritas un gol como nunca lo gritarías a solas delante de la televisión, y por eso en Madrid dos millones de desconocidos pudieron abrazarse sin que a nadie le pareciera extraño.
2. Freud: por qué sientes que ese equipo es “tuyo”
Sigmund Freud leyó a Le Bon y echó en falta una pieza: ¿por qué el contagio y la sugestión unen precisamente a esas personas y no a cualquiera? Su respuesta está en Psicología de las masas y análisis del yo (1921):
“Una tal masa primaria es una reunión de individuos, que han reemplazado su ideal del Yo por un mismo objeto, a consecuencia de lo cual se ha establecido entre ellos una general y recíproca identificación del Yo.”
Dicho de otro modo, no te une el balón: te une compartir con miles de desconocidos el mismo símbolo con el que te identificas, sea la selección, el escudo o el jugador que admiras. Durante el partido, ese objeto compartido ocupa el lugar que normalmente ocupa tu propio ideal de quién quieres ser.
Lo más llamativo del argumento es que Freud compara ese vínculo con el enamoramiento y con la hipnosis:
- En el enamoramiento, sometemos nuestro juicio al objeto amado.
- En la hipnosis, el hipnotizado obedece sin cuestionar.
- En la masa, el líder o el símbolo ocupa ese mismo lugar de autoridad.
Para Freud no es una metáfora, sino el mismo mecanismo psicológico. Por eso no sientes que haya ganado “un equipo cualquiera”: sientes que has ganado tú, a través de él.
Según esta lectura, cuando Rodri levanta la copa en Cibeles deja de ser solo un jugador: es el punto físico donde se concentra el objeto con el que millones de personas se identificaron a la vez. Conocer tu propio rol dentro de un equipo ayuda a entender por qué una identificación así puede sentirse tan intensa sin haber pisado nunca el campo.
La psicología experimental dio a este fenómeno un nombre más prosaico. Robert Cialdini y su equipo (1976) observaron en siete universidades estadounidenses que los estudiantes llevaban más prendas con el emblema de su universidad el lunes siguiente a una victoria de su equipo de fútbol americano, y que usaban más el “nosotros” al contar una victoria (“hemos ganado”) que una derrota. Lo llamaron disfrutar de la gloria reflejada (basking in reflected glory): asociarse a un éxito ajeno con el que uno se identifica mejora la imagen que tiene de sí mismo.
3. Durkheim: la alegría que se vuelve casi sagrada
La tercera pieza viene de un sociólogo, Émile Durkheim, que se fijó en algo que Le Bon y Freud no explicaban del todo: por qué esos momentos de euforia colectiva dejan una marca que dura mucho más que el partido. Lo llamó efervescencia colectiva y lo describió en Las formas elementales de la vida religiosa (1912):
“Se vive más intensamente y de forma distinta que en tiempos normales. […] Las pasiones que lo agitan son de tal intensidad que solo pueden satisfacerse mediante actos violentos, desmesurados: actos de heroísmo sobrehumano o de barbarie sanguinaria.”
La frase completa importa: Durkheim pensaba en las Cruzadas y en la Revolución francesa, y sabía que la misma energía puede acabar en lo sublime o en lo salvaje. En otro pasaje describe la reunión como una descarga: la concentración de personas forma “una especie de electricidad” que las lleva “rápidamente a un grado extraordinario de exaltación”, y en ese estado sienten la necesidad de situarse fuera y por encima de su moral ordinaria. El sociólogo Pablo Nocera (2007) analiza a fondo este concepto.
Por eso, durante los festejos de un título, la gente canta a gritos en la calle, abraza a extraños o llora en público. No se vuelve irresponsable: durante ese rato opera con otras reglas.
Un mundo aparte de la vida corriente
Durkheim fue más lejos. Sostuvo que estos episodios crean, por encima de la vida cotidiana, un mundo de ideales: una realidad simbólica a la que la gente atribuye una dignidad especial. Es el mismo mecanismo que él situaba en el origen de los ritos religiosos.
Desde esta lectura, ganar un Mundial se parece mucho a un rito colectivo. Los dos millones de personas que llenaron Madrid el 20 de julio de 2026 participaron en algo con estructura de liturgia: la recepción en la Zarzuela, el homenaje en la Moncloa y un recorrido en autobús descubierto que culmina en el punto de máxima densidad humana, Cibeles. Esa secuencia de paradas simbólicas con un clímax final es la que Durkheim describe para el rito.
Los tres mecanismos, juntos
- Le Bon: la multitud te disuelve. Bajas la guardia, se diluye la responsabilidad individual, te contagias del sentimiento de al lado.
- Freud: no te disuelves en cualquiera, sino en quienes comparten el mismo símbolo, porque ese símbolo ocupa el lugar de tu propio ideal.
- Durkheim: esa disolución compartida, en su punto álgido, se vive como algo sagrado, y por eso deja huella.
Ninguno pensaba en el fútbol. Le Bon pensaba en revoluciones y multitudes políticas; Freud, en ejércitos e iglesias; Durkheim, en rituales religiosos australianos. Aun así, los tres describieron una escena que se repite cada cuatro años en una plaza pública, con banderas, bocinas y miles de personas que un día antes eran desconocidas.
Lo que la investigación moderna corrige
La psicología social actual conserva buena parte de esta intuición, pero discute su punto de partida. Para Le Bon, en la multitud la persona pierde su identidad. Para el psicólogo británico Stephen Reicher, que analizó en 1984 los disturbios de 1980 en el barrio de St Pauls, en Bristol, ocurre otra cosa: la persona cambia de identidad, de la personal a la social que comparte con el grupo. La conducta de la multitud no es ciega; sigue las normas de esa identidad compartida. En St Pauls, los ataques se concentraron en la policía y en símbolos de autoridad, como un banco, y apenas salieron de los límites del barrio.
Aplicado a una celebración, el matiz es importante. Lo que se contagia no es cualquier cosa, sino lo que encaja con “cómo celebramos los nuestros”: cánticos, abrazos, banderas. Fergus Neville y Reicher (2011) lo estudiaron con entrevistas a aficionados al fútbol y a estudiantes que participaban en protestas, y con cuestionarios en un festival de música: sentirse parte de una identidad compartida mejoraba la relación con los desconocidos de alrededor e intensificaba las emociones de la experiencia. Es la versión moderna de lo que Durkheim llamó efervescencia: no una pérdida del yo, sino un “nosotros” que se vuelve, por unas horas, más real que de costumbre.
Por qué no hace falta ganar la final
El gol de Ferran Torres y la marea de Madrid son el ejemplo más nítido de estos mecanismos, pero nada de esto exige ganar el trofeo. La identificación de Freud se activa en cualquier partido en el que “el equipo” sea tu objeto compartido; el contagio de Le Bon funciona igual en unos octavos que en una final; y la efervescencia de Durkheim depende de la intensidad de la interacción acumulada, no del marcador.
Por eso un gol agónico en cuartos puede desatar una euforia colectiva con la misma mecánica que levantar la copa. Lo de Cibeles fue la versión más grande y visible del fenómeno, no la única: lo que cambia no es el mecanismo, sino la escala.
Fuentes
- Le Bon, G. (1895). Psychologie des foules. Félix Alcan (trad. española Psicología de las masas). Traducción inglesa en Project Gutenberg.
- Freud, S. (1921). Massenpsychologie und Ich-Analyse (trad. española Psicología de las masas y análisis del yo).
- Durkheim, É. (1912). Les formes élémentaires de la vie religieuse. Félix Alcan (trad. española Las formas elementales de la vida religiosa). Traducción inglesa en Project Gutenberg.
- Nocera, P. (2007). El concepto de efervescencia en la sociología durkheimiana: Repensando la dinámica de las representaciones colectivas. Cuestiones de Sociología.
- Cialdini, R. B., Borden, R. J., Thorne, A., Walker, M. R., Freeman, S., y Sloan, L. R. (1976). Basking in reflected glory: Three (football) field studies. Journal of Personality and Social Psychology, 34(3), 366-375. doi:10.1037/0022-3514.34.3.366
- Reicher, S. D. (1984). The St. Pauls’ riot: An explanation of the limits of crowd action in terms of a social identity model. European Journal of Social Psychology, 14(1), 1-21. doi:10.1002/ejsp.2420140102
- Drury, J., y Reicher, S. (2009). Collective psychological empowerment as a model of social change: Researching crowds and power. Journal of Social Issues, 65(4), 707-725. doi:10.1111/j.1540-4560.2009.01622.x
- Neville, F., y Reicher, S. (2011). The experience of collective participation: Shared identity, relatedness and emotionality. Contemporary Social Science, 6(3), 377-396. doi:10.1080/21582041.2012.627277
- FIFA. Final de la Copa Mundial de la FIFA 2026: España 1-0 Argentina (prórroga), 19 de julio de 2026, MetLife Stadium.
- Cifra de asistencia a la celebración en Madrid (en torno a dos millones de personas, según la Delegación del Gobierno) recogida por medios como Telecinco y EFE en Menorca.info.
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Preguntas frecuentes
¿Qué pasó exactamente el 19 de julio de 2026?
España ganó su segundo Mundial de la historia al vencer a Argentina por 1-0 en la prórroga, con un gol de Ferran Torres en el minuto 106, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. Al día siguiente, unos dos millones de personas, según la Delegación del Gobierno, siguieron el recorrido de la selección por Madrid, que terminó en la plaza de Cibeles con el capitán Rodri levantando la copa.
¿Por qué se llora al ganar una final, aunque sea solo un juego?
Porque durante ese instante, según la psicología de masas, el objeto de identificación (el equipo, la selección) ocupa el lugar del propio ideal del yo (Freud, 1921). No se llora solo por un balón entrando en una portería: se llora por sentirse, un momento, indistinguible de algo más grande.
¿Es lo mismo la euforia de un estadio que la de ver el partido en un bar con amigos?
El mecanismo psicológico es el mismo (identificación compartida, contagio emocional), pero su intensidad depende del número y la proximidad física. Le Bon (1895) y Durkheim (1912) coinciden en que la aglomeración física intensifica el fenómeno: por eso un estadio entero se siente distinto a un salón con cuatro personas, aunque ambos sean, en esencia, la misma dinámica de masas.
¿Esta euforia colectiva tiene algún lado oscuro?
Los clásicos así lo creían. Le Bon (1895) sostenía que la multitud es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado, aunque en lo moral puede ser mejor o peor según la sugestión que reciba, y Durkheim (1912) escribió que la efervescencia puede desembocar en heroísmo o en barbarie. La investigación posterior matiza ese pesimismo: Reicher (1984) y Drury y Reicher (2009) muestran que la conducta de una multitud sigue las normas de la identidad que comparte, de modo que una celebración deportiva suele regirse por las normas festivas de su afición.
¿Por qué decimos "hemos ganado" si no hemos jugado?
Robert Cialdini y su equipo lo llamaron "disfrutar de la gloria reflejada" (basking in reflected glory). En sus estudios de campo de 1976 en universidades estadounidenses, los estudiantes llevaban más ropa de su universidad el lunes siguiente a una victoria de su equipo de fútbol americano y usaban más el "nosotros" para contar una victoria que una derrota. Asociarse a un éxito ajeno con el que uno se identifica realza la imagen que tiene de sí mismo.
¿Por qué un gol en el último minuto se siente más intenso que uno en el minuto 5?
En una lectura inspirada en Durkheim (1912), la intensidad de la efervescencia colectiva depende también de la tensión compartida que se acumula antes, no solo del hecho en sí. Más de cien minutos de incertidumbre compartida funcionan como el rito que prepara la descarga final.