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Relaciones y vida social

El ejercicio de veinte minutos que Erich Fromm proponía antes de intentar amar mejor

Por Rafa Personaramic4 min de lectura
Ilustración minimalista de una figura sentada frente a una pantalla en blanco geométrica

Erich Fromm no creía que el amor fuera un talento con el que se nace o no se nace. Lo consideraba un arte, y como cualquier arte, sostenía que exige entrenamiento previo, no solo buena intención.

En el último capítulo de El arte de amar (1956), el psicoanalista Erich Fromm cambia de registro. Después de dedicar casi todo el libro a la teoría, se pregunta algo más incómodo: ¿qué se puede practicar, en la vida diaria, para acercarse a un amor más maduro? Su respuesta empieza lejos del amor en sí mismo.

Tres condiciones que, según Fromm, comparten todas las artes

Fromm argumenta que cualquier arte (la carpintería, la medicina, la música, el amor) exige tres condiciones antes incluso de empezar a practicarlo:

  • Disciplina. No la disciplina impuesta de fuera, sino la que se convierte en parte de la propia rutina diaria, sin depender de estar “de humor”.
  • Concentración. La capacidad de dedicar la atención completa a una sola cosa a la vez, en una cultura que Fromm describe como especialmente dispersa: se lee, se escucha, se habla y se come al mismo tiempo.
  • Paciencia. Aceptar que dominar algo lleva tiempo, en un mundo que, según Fromm, valora la rapidez por encima de casi todo lo demás.

Ninguna de las tres, señala, tiene que ver directamente con el amor. Son condiciones generales, previas, comunes a cualquier disciplina que se quiera dominar de verdad.

Aprender a estar a solas, antes que a acompañar a alguien

El paso que más detalla Fromm, y el que más puede sorprender en un libro sobre el amor, es este: aprender a estar a solas con uno mismo, sin hacer nada más. Sin leer, sin escuchar la radio, sin fumar, sin ninguna distracción con la que llenar el silencio.

Fromm defiende que esa capacidad es, de forma paradójica, una condición para amar bien. Si alguien no puede sostenerse a solas, argumenta, tenderá a aferrarse a otra persona como quien se aferra a un salvavidas, y eso, según su definición, no es amor: es dependencia disfrazada de amor.

El ejercicio concreto que describe en el libro

Fromm no se queda en la teoría. Describe un ejercicio de concentración muy específico, inspirado en técnicas de meditación oriental, que recomienda practicar unos veinte minutos por la mañana y otros veinte por la noche:

  • Sentarse en una posición relajada, ni completamente rígida ni completamente floja.
  • Cerrar los ojos e imaginar una pantalla en blanco frente a la vista, alejando cualquier imagen o pensamiento que interrumpa.
  • Seguir la propia respiración sin forzarla ni pensar activamente en ella, solo percibiéndola.
  • Intentar sentir el propio “yo” como centro de las propias fuerzas y como creador del propio mundo, no como un espectador pasivo de lo que ocurre alrededor.

Fromm avisa de que el ejercicio, al principio, resulta incómodo. Es habitual, escribe, sentir inquietud, aburrimiento o la tentación de abandonarlo por parecer inútil. Lo compara con la paciencia de un niño que aprende a caminar: se cae una y otra vez, y sigue intentándolo sin dramatizar la caída, hasta que un día camina sin pensarlo.

Escuchar de verdad, y evitar la compañía de “zombis”

La concentración, para Fromm, no termina en el ejercicio de la mañana. Se extiende a cómo se habla con los demás. Distingue entre dos tipos de conversación:

  • La conversación genuina, en la que dos personas hablan de algo (importante o cotidiano) sintiendo realmente lo que dicen.
  • La conversación trivial, en la que se repiten tópicos y clichés, aunque el tema tratado sea, en apariencia, serio o trascendente.

Fromm llega a recomendar evitar lo que llama, con una expresión llamativa para 1956, la compañía de “zombis”: personas cuya alma parece apagada aunque el cuerpo siga activo, que hablan por hablar en lugar de pensar lo que dicen. Y señala algo interesante sobre escuchar: la mayoría de la gente oye a los demás sin escuchar de verdad, y por eso las conversaciones les resultan agotadoras. Escuchar con atención completa, sostiene, cansa menos a largo plazo que fingir que se escucha.

El arquero zen que empieza respirando, no disparando

Para explicar por qué hay que entrenar algo que parece no tener relación directa con el arte final, Fromm recurre a un ejemplo que toma del libro Zen en el arte del tiro con arco, del alemán Eugen Herrigel. Un aprendiz de esa disciplina no empieza disparando flechas: empieza con ejercicios de respiración, mucho antes de tocar un arco.

De la misma manera, argumenta Fromm, quien quiera acercarse al arte de amar no debería empezar buscando directamente a la persona “adecuada”. Debería empezar por algo más básico y menos vistoso: entrenar la capacidad de estar presente, con atención completa, en cualquier cosa que haga, incluido estar a solas consigo mismo.

Una base, no un atajo

Fromm es claro en que este ejercicio no enseña a amar por sí solo, del mismo modo que respirar de cierta forma no convierte a nadie en arquero. Lo describe como una base: la disciplina, la concentración y la paciencia entrenadas en la vida diaria, según su teoría, terminan notándose después en cómo alguien escucha, cómo acompaña y cómo sostiene un vínculo, del mismo modo en que se nota en la historia de Jonás que amar y ocuparse activamente de algo son, para Fromm, la misma cosa.

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Preguntas frecuentes

¿Fromm era un maestro de meditación?

No. Era psicoanalista y filósofo. Se apoyó en prácticas orientales de concentración, y en particular en el libro Zen en el arte del tiro con arco de Eugen Herrigel, como referencia para ilustrar su propia teoría sobre la disciplina y la concentración.

¿Este ejercicio sustituye a la meditación con base científica actual?

No. Es una propuesta formulada en 1956, dentro de un ensayo filosófico y psicoanalítico, no un protocolo clínico. Quien busque una práctica de meditación con respaldo de investigación actual encontrará enfoques distintos y más estudiados, como el mindfulness clínico.

¿Por qué Fromm relaciona la concentración con la capacidad de amar?

Porque, según su teoría, la capacidad de estar a solas con uno mismo sin ansiedad es, paradójicamente, una condición previa para poder acompañar a otra persona sin depender de ella como si fuera un salvavidas.

¿Fromm decía que hablar de temas cotidianos es siempre una conversación trivial?

No. Distinguía la trivialidad no por el tema, sino por si la conversación se vive de verdad o se repite de forma mecánica y en tópicos, aunque el tema tratado sea, en apariencia, profundo.

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