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Relaciones y vida social

Miedo al compromiso: por qué toda relación moderna trae una salida de emergencia incorporada

Por Rafa Personaramic6 min de lectura
Ilustración minimalista de dos figuras geométricas unidas por un lazo con un cierre abierto

Toda relación moderna, aunque nadie lo diga en voz alta, viene con una salida de emergencia incorporada. El sociólogo Anthony Giddens llamó a esto la “relación pura”: un vínculo que dura solo mientras ambas partes sientan que les compensa seguir en él. Zygmunt Bauman explica, en ‘Amor líquido’ (2003), qué se gana y qué se pierde con ese diseño.

Durante siglos, el matrimonio se entendió en Occidente como una “condición natural”: algo cuya durabilidad se daba por hecho, salvo en circunstancias extremas. Bauman recuerda que la fórmula “hasta que la muerte nos separe” fue, durante generaciones, la definición romántica por defecto del amor. Hoy, escribe, esa fórmula está “decididamente pasada de moda”: ha quedado desconectada de las estructuras de parentesco y de vida material de las que dependía su vigencia. Lo que ha ocupado su lugar es un modelo distinto, con sus propias reglas no escritas.

Qué es exactamente la “relación pura”

El término pertenece al sociólogo británico Anthony Giddens, citado extensamente por Bauman. Según su descripción, la relación pura es hoy “la forma predominante de unión humana”, una relación que se establece “por lo que cada persona puede obtener” de ella y que se mantiene “solo mientras ambas partes piensen que produce satisfacción suficiente para que cada individuo permanezca en ella”. La diferencia con el matrimonio tradicional se puede resumir en tres puntos:

  • Origen. El matrimonio tradicional se asumía como algo dado por la comunidad, la familia o la religión. La relación pura se elige activamente, y esa elección debe renovarse, aunque sea de forma tácita, cada cierto tiempo.
  • Duración esperada. El matrimonio tradicional se presumía permanente salvo prueba en contrario. La relación pura se presume revisable en cualquier momento, sin necesidad de una “prueba” que justifique terminarla.
  • Quién decide seguir. El matrimonio tradicional dependía de instituciones externas (la Iglesia, la ley, la presión social) para sostenerse. La relación pura depende exclusivamente de que ambas personas, por separado, sigan considerando que les conviene.

La metáfora del accionista

Bauman lleva la idea a un terreno deliberadamente incómodo: compara comprometerse en una relación pura con comprar acciones en bolsa. A nadie se le ocurriría exigirle a un accionista un juramento de lealtad hacia las acciones que acaba de adquirir, ni esperar que las conserve “en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe”. Un buen tenedor de acciones vigila constantemente si conviene conservarlas o venderlas apenas aparece una oportunidad mejor. Bauman sugiere que buena parte de las relaciones actuales, sin decirlo abiertamente, empiezan a regirse por una lógica parecida: se revisa, se compara, se decide si “sigue siendo rentable” quedarse.

Un ejemplo de cómo se nota en la vida diaria

Pensemos en una pareja que lleva un tiempo conviviendo, no un caso real sino una ilustración del patrón que describe Bauman. Ninguno de los dos ha hablado nunca del futuro a largo plazo: ni de si se casarán, ni de si tendrán hijos, ni de qué pasaría si a uno le ofrecieran un trabajo en otra ciudad. No es que eviten el tema por miedo a discutir. Es que, sin decirlo, ambos entienden que nombrar un compromiso a largo plazo cambiaría las reglas del juego: dejaría de ser una relación que “funciona mientras funciona” para convertirse en una que exige explicaciones si deja de hacerlo. Mantener esa ambigüedad, paradójicamente, se siente más seguro que resolverla.

Una idea que a una generación le resulta obvia

Bauman observa algo revelador sobre cómo cambió la percepción de este modelo en poco tiempo: mientras que para generaciones anteriores la “relación pura” de Giddens podía sonar a novedad sociológica, a la gente que nació, creció o llegó a la adultez con el cambio de siglo la descripción le resulta, en sus propias palabras, “familiar, e incluso obvia”. Lo que una generación describía como una transformación en marcha, la siguiente ya lo vive simplemente como el funcionamiento normal de cualquier vínculo.

Por qué tantos vínculos llevan hoy una cláusula de “hasta nuevo aviso”

Esta lógica no se limita a la pareja. Bauman señala que incluso el vínculo con la propia familia extensa se ha vuelto, para muchas personas, una cuestión de elección revocable “hasta nuevo aviso”, más que un hecho dado por sentado: la pertenencia a un linaje concreto, escribe, se ha vuelto uno de los “indefinibles” de la vida líquida moderna. Hay, sin embargo, una excepción notable en su análisis: tener hijos implica un compromiso irrevocable y de final abierto, sin cláusula de salida, algo que Bauman describe como una obligación que va directamente en contra de la lógica dominante en el resto de los vínculos modernos, y que por eso mismo puede resultar una experiencia especialmente desestabilizadora para quien la asume.

Bauman usa una imagen para describir lo que queda del viejo significado de tener hijos: un “puente” hacia algo más duradero que la propia vida, tendido sobre una orilla que hoy queda cubierta por una bruma que nadie espera que se disipe del todo. La pregunta que deja flotando es incómoda: si esa bruma se despejara, ¿qué clase de costa quedaría al descubierto, y sería lo bastante firme como para sostener algo permanente?

El precio de eliminar el riesgo

Invertir sentimientos profundos en una relación y comprometerse implica, según señala Bauman, volverse dependiente de otra persona, con todo lo que eso conlleva si la relación termina. La relación pura promete reducir ese riesgo: mientras nadie jure nada “hasta que la muerte los separe”, nadie queda expuesto a una ruptura que sienta como una traición a un pacto incumplido. Pero Bauman apunta un desequilibrio que suele pasar desapercibido: dentro de una relación pensada para ser revocable en cualquier momento, la dependencia emocional de una persona hacia otra no siempre es correspondida en la misma medida, y esa asimetría no está garantizada por ningún acuerdo, precisamente porque el acuerdo evita comprometerse con nada a largo plazo.

¿Es la dependencia el problema, o la falta de garantías?

Bauman recuerda, citando al filósofo Knud Løgstrup, que la dependencia hacia otra persona no tiene por qué entenderse como algo negativo: para Løgstrup, y también para Emmanuel Levinas, esa misma dependencia es la base de la responsabilidad moral hacia el otro. El miedo al compromiso que describe Bauman no sería entonces miedo a depender de alguien, sino miedo a depender de alguien sin ninguna garantía de que esa dependencia vaya a ser sostenida desde el otro lado. Es una distinción que conecta con lo que la investigación sobre apego describe en el apego evitativo: no tanto la ausencia de necesidad de vínculo, sino la prioridad puesta en protegerse de una posible decepción.

Conclusión: la tensión no se resuelve, se administra

Nada en el planteamiento de Bauman sugiere que exista una fórmula para eliminar la tensión entre el deseo de compromiso y el miedo a las consecuencias de comprometerse sin garantías. La describe, más bien, como una de las condiciones estructurales de la vida afectiva contemporánea: no un problema personal a resolver, sino un rasgo del entorno con el que cada persona negocia a su manera. Esa negociación depende, en buena medida, de la propia historia y del propio estilo de apego de cada quien: de cuánto pesa, en la balanza personal de cada uno, el impulso a construir algo duradero frente a la prudencia de no invertir más de lo que se está dispuesto a perder.

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Preguntas frecuentes

¿Qué es la 'relación pura' de Anthony Giddens?

Un concepto que describe la forma predominante de vínculo en la sociedad contemporánea: una relación que se sostiene 'por lo que cada persona puede obtener' de ella y que continúa solo mientras ambas partes sientan que produce suficiente satisfacción.

¿Bauman está de acuerdo con el planteamiento de Giddens?

Lo retoma para señalar un coste que Giddens no enfatiza tanto: si la relación solo se sostiene mientras compensa, invertir sentimientos profundos y depender emocionalmente de otra persona se convierte en un riesgo que no todo el mundo está dispuesto a asumir.

¿El miedo al compromiso es un rasgo de personalidad o algo del contexto social?

Bauman lo describe principalmente como una respuesta racional a un entorno donde pocos vínculos ofrecen garantías de continuidad, aunque la investigación sobre apego señala que la historia personal también influye en cuánto riesgo tolera cada quien al comprometerse.

¿Comprometerse siempre implica renunciar a la propia libertad?

Según el planteamiento que recoge Bauman, el compromiso implica aceptar una dependencia mutua, no necesariamente una pérdida de libertad; el propio Bauman señala que autores como Løgstrup consideran esa dependencia la base de la responsabilidad moral hacia otra persona, no su contrario.

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