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Relaciones y vida social

La mujer que no podía dormir sin un abrazo: a qué nos aferramos de verdad en una mala relación

Por Rafa Personaramic4 min de lectura
Ilustración minimalista de dos figuras geométricas entrelazadas sobre una línea que representa una cama

Walter Riso cuenta el caso de una mujer que no podía separarse de su marido (adicto a la cocaína y bisexual declarado) pese a no tener ya amor, hijos ni motivos económicos para seguir con él. El motivo real tardó semanas en aparecer, y era mucho más pequeño de lo que cualquiera hubiera imaginado.

En ¿Amar o depender? (2003), el psicólogo colombo-argentino Walter Riso plantea una pregunta incómoda sobre las relaciones que hacen daño y, aun así, no se rompen: ¿qué es exactamente lo que la persona no está dispuesta a perder? Casi nunca es la relación entera. Suele ser un detalle muy concreto.

Una paciente sin motivos aparentes para quedarse

Riso describe a una mujer de treinta y dos años que llevaba tiempo intentando decidir si darle a su matrimonio una última oportunidad (la novena o la décima, según sus propias cuentas) o marcharse de una vez. No había hijos de por medio. Tenía una buena posición económica propia. No existían impedimentos religiosos ni morales.

El marido, además, presentaba dos problemas serios y documentados: consumía cocaína y era bisexual, algo que él mismo reconocía abiertamente. Durante varias semanas de consulta, Riso intentó localizar qué placer o qué seguridad podía estar obteniendo esa mujer de una relación con un coste tan alto. Nada encajaba.

El detalle que apareció casi sin querer

La respuesta llegó de forma casual, en mitad de una sesión, cuando la paciente comentó que llevaba días sin poder dormir bien por las noches. Explicó que no era miedo a ladrones ni a nada parecido: necesitaba que alguien la abrazara por detrás mientras dormía. Se rodeaba de almohadas para simular esa sensación cuando estaba sola, como quien construye un refugio improvisado.

Ese detalle, en apariencia menor, resultó ser la clave de toda la relación. El contacto físico nocturno, aunque llegara de una persona con la que apenas compartía ya nada más, le producía la tranquilidad suficiente para conciliar el sueño. Una pizca de bienestar bastaba para compensar, en su cabeza, una vida entera de malestar.

Por qué un solo gesto puede sostener toda una relación

Riso explica este mecanismo con una comparación tomada de la literatura, no de la psicología: la célebre frase de Ricardo III, de Shakespeare, “mi reino por un caballo”. Fuera de contexto, cambiar un reino entero por un simple caballo parece un disparate. Pero en el campo de batalla, a pie, rodeado y sin escapatoria, ese caballo es lo único que separa a un rey de la muerte. El trueque, entonces, deja de ser absurdo.

Con el apego afectivo, según Riso, ocurre algo parecido:

  • La persona no evalúa la relación en su conjunto, sino el vacío concreto que dejaría su ausencia.
  • Ese vacío puede ser tan específico como no tener quién te abrace para dormir, no tener con quién no sentirte sola en casa, o no tener a alguien que valide una necesidad muy puntual.
  • Cuanto más desesperada es la situación de fondo (soledad, miedo, baja autoeficacia), más pequeño puede ser el beneficio que basta para justificar quedarse.

El “déficit” detrás de este tipo de apego

Riso encuadra este caso dentro de lo que llama apego a la seguridad y la protección, y lo resume con una fórmula muy directa:

  • Déficit: baja autoeficacia, es decir, la creencia de “no soy capaz de hacerme cargo de mí mismo”.
  • Miedo: al desamparo y a la desprotección, más que al desamor en sí.
  • Apego: no a la persona en concreto, sino a cualquier fuente disponible de esa sensación de seguridad.

Según su planteamiento, este tipo de apego no busca entusiasmo ni pasión, busca calma. No es una cuestión de excitación, sino de alivio. Por eso puede sostenerse incluso en relaciones frías, distantes o dañinas: basta con que la otra persona esté físicamente presente y accesible para que la necesidad quede, al menos parcialmente, cubierta.

Una pista, no un diagnóstico

Riso no propone este caso como una regla general ni como una forma de juzgar a quien decide quedarse en una relación complicada. Lo presenta como una pista útil para hacerse una pregunta distinta a la habitual. En lugar de preguntar “¿por qué no me voy?”, sugiere preguntar algo más concreto: “¿qué es, exactamente, lo que no estoy dispuesto o dispuesta a perder?”

A veces la respuesta es efectivamente el amor. Pero, según describe Riso a partir de su experiencia clínica, muchas otras veces la respuesta resulta ser mucho más pequeña, más concreta y más fácil de conseguir por otro camino de lo que parecía al principio, algo cercano a lo que Erich Fromm describe, desde otra tradición teórica, en su distinción entre cuidar a alguien y transmitirle alegría de vivir: no toda forma de bienestar recibido dentro de una relación equivale, en realidad, a estar bien acompañado.

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Preguntas frecuentes

¿El 'apego' del que habla Walter Riso es lo mismo que la teoría del apego de Bowlby?

No, aunque comparten nombre. Bowlby y Ainsworth estudian el vínculo biológico entre criaturas y cuidadores. Riso usa 'apego afectivo' para referirse a la dependencia psicológica hacia una pareja adulta, una distinción que el propio autor señala explícitamente en el libro.

¿Necesitar contacto físico para dormir es siempre un signo de apego problemático?

Según el planteamiento de Riso, no por sí solo. Lo que describe como problemático es cuando ese único beneficio concreto es lo único que sostiene una relación con un coste mucho mayor, no la necesidad de contacto en sí misma.

¿De dónde saca Riso este caso?

De su práctica clínica de más de veinte años como psicólogo cognitivo-conductual. Como es habitual en este tipo de literatura, los casos se presentan de forma anonimizada.

¿Qué relación tiene esto con la frase de Shakespeare sobre un caballo?

Riso la usa como comparación: la frase 'mi reino por un caballo', de Ricardo III, solo tiene sentido si se entiende el contexto (un rey a punto de morir en batalla). Fuera de esa desesperación, cambiar tanto por tan poco parecería un mal trato, igual que ocurre con ciertos apegos afectivos.

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