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Relaciones y vida social

Conectar no es lo mismo que relacionarse: la trampa de confundir redes con vínculos

Por Rafa Personaramic6 min de lectura
Ilustración minimalista de una red de nodos con un vínculo doble más grueso entre dos de ellos

“Conectarse” y “relacionarse” suenan casi como sinónimos, pero Zygmunt Bauman sostiene que no lo son: una relación obliga, una conexión no. En ‘Amor líquido’ (2003) explica por qué ese cambio de vocabulario, que parece un detalle menor, revela y a la vez refuerza una forma completamente distinta de vincularse con los demás.

Bauman observa que la gente habla cada vez más, ayudada e inducida por consejeros y divulgadores, de “conexiones”, de “conectarse” y “estar conectado”, en lugar de hablar de “relacionarse” y de “relaciones”. En vez de parejas, prefieren hablar de “redes”. La pregunta que se hace directamente es esta: ¿qué ventaja conlleva hablar de conexiones en vez de relaciones?

La diferencia, explicada paso a paso

A diferencia de palabras como “relación”, “pareja” o “parentesco”, que resaltan el compromiso mutuo y dejan fuera, o al menos incomodan, a su opuesto (el descompromiso), la “red” representa algo distinto por diseño. El razonamiento de Bauman se puede seguir en tres pasos:

  1. Una relación excluye su opuesto. Estar “en una relación” implica, casi por definición, no poder estar simultáneamente “fuera” de ella sin romperla. Compromiso y descompromiso no tienen el mismo estatus: uno es la norma, el otro la excepción que hay que explicar.
  2. Una red incluye ambos estados por igual. Conectar y desconectar son, dentro de una red, dos actividades igual de legítimas y con el mismo peso. No tiene sentido, señala Bauman, preguntarse cuál de las dos constituye “la esencia” de una red, porque ninguna lo es más que la otra.
  3. Esa simetría cambia lo que se puede exigir. Si conectar y desconectar valen lo mismo, nadie puede reclamarle a otro que “debería” seguir conectado, de la misma forma en que sí se puede reclamar fidelidad dentro de una relación comprometida.

Por qué una “conexión indeseable” no existe

Bauman llega a una distinción que vale la pena detenerse a mirar de cerca. Una relación “indeseable pero indisoluble” es precisamente lo que la vuelve arriesgada: uno puede quedar atrapado en un vínculo que ya no quiere, sin una salida fácil. Una “conexión indeseable”, en cambio, es directamente un oxímoron según su planteamiento: las conexiones, por su propia naturaleza, se disuelven mucho antes de llegar a ser detestables. El diseño mismo de una red incluye la salida como parte del sistema, no como una excepción incómoda que hay que negociar.

Un ejemplo de cómo se nota esto en la vida real

Pensemos en dos formas distintas de responder a la misma pregunta: “¿qué tienen ustedes dos?”. Una persona que está “en una relación” tiene que dar una respuesta que implica compromiso, aunque sea informal: “estamos juntos”, “estamos saliendo en serio”. Una persona que prefiere describir el mismo vínculo como “estamos conectados” o “tenemos algo” deja la puerta abierta a que mañana esa conexión se corte sin que nadie tenga que anunciar una ruptura formal. No es solo una cuestión de vocabulario tímido: es una forma de mantener, con el lenguaje, la misma salida de emergencia que Bauman describe en el resto de su análisis sobre el amor líquido.

El modelo que termina imponiéndose a todos los demás

Bauman recurre a una imagen tomada de la economía para explicar algo más inquietante todavía: compara lo que ocurre con las relaciones virtuales, rebautizadas como “conexiones”, con la ley de Gresham, según la cual la moneda de peor calidad tiende a desplazar de la circulación a la de mejor calidad. Su planteamiento es que ese modelo más liviano, más fácil de establecer y de cortar, termina convirtiéndose en la referencia que también empieza a regir a las relaciones que, en teoría, aspiraban a algo más duradero y comprometido. No es casualidad, añade, que las conexiones estén, en sus propias palabras, “hechas a la medida” de un entorno de empleos cambiantes y mudanzas frecuentes: exigen mucha menos estabilidad de fondo que una relación tradicional.

Algo se gana, algo se pierde

Bauman resume el resultado de este cambio sin caer en un diagnóstico simplista: no sostiene que la gente que adopta el lenguaje de las conexiones sea más infeliz que antes, cuando ese lenguaje no existía todavía, ni tampoco que sea más feliz. “Algo se gana, algo se pierde”, escribe. Para verlo con claridad, conviene separar ambas columnas:

  • Lo que se gana: menor riesgo, menor exposición, mayor sensación de control sobre cuándo empezar y cuándo terminar un vínculo, y la posibilidad de sostener muchas conexiones simultáneas sin la sobrecarga emocional de varias relaciones comprometidas a la vez.
  • Lo que se pierde: es más difícil de nombrar, precisamente porque el vocabulario disponible para describirlo (el de “relación” y “compromiso”) es justo el que se está dejando de usar. Incluye, entre otras cosas, la certeza de que alguien va a seguir ahí incluso cuando la conexión deje de ser cómoda.

Una cuestión de vocabulario con consecuencias reales

La manera en que alguien nombra un vínculo (como “algo”, como “estar conectados”, como “salir”, como “estar juntos”) no es un detalle menor, sino una señal de qué nivel de compromiso está dispuesta a reconocer en voz alta. El estilo de comunicación asertiva parte precisamente de nombrar las cosas con precisión, incluyendo el propio nivel de implicación en un vínculo, en lugar de dejar esa pregunta permanentemente abierta bajo la ambigüedad cómoda de “estar conectados”.

Redes de amigos, no solo de pareja

El análisis de Bauman no se limita al terreno romántico. La misma lógica de red aplica a la amistad: tener decenas o cientos de contactos disponibles para “conectar” en cualquier momento no equivale automáticamente a sostener los vínculos densos y comprometidos que durante siglos definieron la amistad. Distinguir entre ambas cosas, sin necesidad de renunciar a ninguna, es parte de lo que explora el perfil de amigo confidente, centrado justamente en ese tipo de vínculo denso y sostenido en el tiempo.

Conclusión: nombrar el vínculo es también decidir qué se espera de él

La distinción de Bauman entre relacionarse y conectarse no es un ejercicio semántico sin consecuencias. El lenguaje que una persona elige para describir un vínculo (con su pareja, con sus amigos, con su red de contactos) revela cuánto compromiso está dispuesta a asumir y cuánto espera del otro lado. Ninguna de las dos palabras es, en sí misma, mejor: una red bien sostenida puede dar compañía real, y una relación mal sostenida puede ser una jaula. Lo que Bauman pide, en el fondo, es prestar atención a la palabra que se usa, porque casi siempre delata, mejor que cualquier declaración explícita, qué tan dispuesta está una persona a que ese vínculo dependa de algo más que la conveniencia del momento.

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Preguntas frecuentes

¿Por qué Bauman distingue entre 'relacionarse' y 'conectarse'?

Porque considera que no son sinónimos neutros: una relación implica compromiso mutuo y excluye el descompromiso, mientras que una red permite conectar y desconectar con el mismo estatus, sin que ninguna de las dos actividades se considere más central que la otra.

¿Bauman dice que las redes sociales son negativas?

No las describe en términos de bueno o malo. Señala que ofrecen una sensación de seguridad distinta a la de una relación tradicional, precisamente porque una conexión puede cortarse antes de volverse incómoda, algo que una relación comprometida no permite con la misma facilidad.

¿Qué quiere decir Bauman con que las 'relaciones virtuales' funcionan como la ley de Gresham?

La ley de Gresham describe cómo la moneda de peor calidad tiende a desplazar de la circulación a la de mejor calidad. Bauman usa esa imagen para señalar que el modelo de vínculo más liviano y fácil de cortar (la 'conexión') tiende a convertirse en el estándar que condiciona también a las relaciones más comprometidas.

¿Es mejor hablar de 'relaciones' que de 'conexiones'?

Bauman no lo plantea como una recomendación de vocabulario, sino como una observación: el lenguaje que usamos para describir un vínculo revela, y a la vez refuerza, qué esperamos de él y qué grado de compromiso damos por hecho.

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