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Relaciones y vida social

Por qué Dios le respondió a Moisés que no tenía nombre, según la lectura de Erich Fromm

Por Rafa Personaramic4 min de lectura
Ilustración minimalista de una llama geométrica sobre una rama, sin ningún texto ni símbolo escrito

Cuando Moisés le pregunta a Dios cómo debe llamarlo ante su pueblo, la respuesta que recibe, según Erich Fromm, marca uno de los giros más importantes en la historia de cómo el ser humano ha entendido el amor.

En El arte de amar (1956), el psicoanalista Erich Fromm dedica varias páginas a algo que puede sorprender en un libro de psicología: la evolución histórica del amor a Dios. No lo hace por fe religiosa (es explícito en que personalmente no piensa en términos teístas), sino porque, según su teoría, la forma en que una cultura imagina a su dios revela la forma en que sus miembros son capaces de amar.

De los ídolos de barro a los dioses con forma humana

Fromm traza una evolución en varias etapas. Al principio, escribe, el ser humano no se distingue del mundo natural que lo rodea: adora animales, usa máscaras de animales, convierte a un animal en tótem. Más adelante, cuando aprende a fabricar objetos con sus propias manos, empieza a adorar ídolos de arcilla, plata u oro, proyectando en ellos sus propias habilidades.

Solo en una etapa posterior, cuando el ser humano se percibe a sí mismo como lo más elevado del mundo conocido, empieza a dar a sus dioses forma humana. Y es ahí donde Fromm introduce una distinción que toma del antropólogo suizo Johann Jakob Bachofen: la diferencia entre religiones matriarcales y patriarcales.

De la diosa madre al padre que exige obediencia

Según los hallazgos de Bachofen, que Fromm reconoce como discutidos en su época, muchas culturas atravesaron primero una fase en la que la figura suprema era femenina: una diosa madre, tan incondicional como el amor materno descrito en la distinción de Fromm entre leche y miel. Se ama a todos los hijos por igual, simplemente por serlo.

La fase patriarcal que sustituyó a la anterior, y que Fromm sitúa en paralelo al desarrollo de la propiedad privada, cambia las reglas: el padre exige, establece principios y prefiere al hijo que mejor cumple sus expectativas. El amor deja de ser garantizado y pasa a merecerse.

Un Dios que empieza siendo, literalmente, un jefe de tribu

Fromm describe la primera etapa de la religión patriarcal de Occidente como la de un Dios despótico y celoso, dueño de lo que ha creado:

  • Expulsa al ser humano del paraíso por comer del árbol prohibido.
  • Decide destruir a la humanidad entera con un diluvio, salvando solo a Noé.
  • Pide a Abraham que sacrifique a su propio hijo, Isaac, como prueba de obediencia total.

Pero, señala Fromm, dentro del propio relato bíblico empieza a asomar un cambio: Dios hace un pacto con Noé y se compromete él mismo a cumplirlo. Más adelante, accede a la petición de Abraham de no destruir Sodoma si allí hay diez hombres justos. Dios empieza a estar sujeto a sus propios principios, no solo a su voluntad.

La zarza ardiente: “mi nombre es sin nombre”

El momento que Fromm señala como más revelador de todo ese proceso es la escena en la que Moisés pregunta cómo debe presentar a Dios ante los hebreos, que no le creerán sin un nombre concreto que decir. La respuesta que recibe es, en apariencia, un rodeo: “Yo soy el que soy.”

Fromm lo interpreta de forma muy literal: es como si Dios respondiera que su nombre es, precisamente, no tener nombre. Un nombre, razona Fromm, siempre señala algo limitado, algo que se puede definir y encerrar en una palabra. Un Dios que ya no es solo un padre todopoderoso y celoso, sino el símbolo de unos principios (justicia, verdad, amor), no puede tener nombre sin dejar de ser, precisamente, ese símbolo.

De esa idea nace, según Fromm, la costumbre judía de evitar pronunciar el nombre de Dios, y la tradición teológica posterior de describirlo solo por lo que no es (no es limitado, no es injusto, no es cruel) en vez de afirmar lo que sí es.

Por qué esto es, en realidad, una teoría sobre madurar

El paralelismo que traza Fromm es directo. Un creyente que sigue viendo a Dios como un padre que castiga, premia y necesita ser complacido, escribe, no ha superado del todo el deseo infantil de una figura que lo proteja y lo vigile todo. Es una etapa legítima y muy extendida, según su análisis, pero no la más madura.

La persona que, en su terminología, alcanza una relación más adulta con la idea de Dios deja de esperar recompensas o de temer castigos. No reza pidiendo cosas. Vive según unos principios (justicia, verdad, capacidad de amar) porque los sostiene desde dentro, no porque una figura externa se lo exija o se lo vaya a premiar.

Esa misma transición, entre depender de una figura protectora y sostenerse en los propios principios internalizados, es la que Fromm describe en otras partes del libro a propósito del amor entre padres e hijos. Para él, el amor a Dios y el amor a los demás seres humanos no son dos temas distintos: son la misma capacidad de amar, aplicada a dos objetos diferentes, y madurando exactamente al mismo ritmo.

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Preguntas frecuentes

¿Fromm hace una lectura religiosa o psicológica de este episodio bíblico?

Psicológica. Fromm era explícito en que, personalmente, no partía de un concepto teísta de Dios. Usa el relato como material simbólico para describir cómo evoluciona, en su teoría, la capacidad humana de amar.

¿Bachofen es una fuente aceptada por toda la antropología actual?

Sus hallazgos del siglo XIX sobre una fase matriarcal previa a la patriarcal fueron, como el propio Fromm reconoce en el libro, discutidos por buena parte del mundo académico de su época. Fromm los usa como marco interpretativo, no como hecho antropológico cerrado.

¿'Amor maduro a Dios' significa dejar de creer, según Fromm?

No necesariamente. Fromm describe una evolución dentro de la propia experiencia religiosa, desde una relación de dependencia infantil hacia una orientada a vivir según unos principios (verdad, justicia, amor), no hacia el abandono de toda creencia.

¿Esta idea se aplica solo a la religión?

Fromm la presenta como parte de una teoría más amplia sobre la maduración del amor en general, aplicable también a figuras de autoridad no religiosas: la evolución desde necesitar que alguien te proteja hasta sostenerte con tus propios principios.

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