Cuatro años esperando a que ella se separara: el caso que explica el autoengaño en el amor
Un hombre de cuarenta y un años lleva más de cuatro años esperando a que la mujer casada de la que está enamorado cumpla su promesa de separarse. Walter Riso, su psicólogo, ha ido anotando, uno a uno, todos los motivos que ella ha dado para no hacerlo todavía.
En ¿Amar o depender? (2003), el psicólogo Walter Riso dedica un capítulo entero a lo que llama realismo afectivo: ver una relación tal como es, no como uno querría que fuera. Para explicar cuánto puede llegar a resistir la mente humana antes de aceptar una evidencia incómoda, recurre al caso de un paciente al que identifica solo con las iniciales P. R.
Un hombre recién separado que busca estabilidad
P. R. llevaba ocho meses separado cuando llegó a consulta. Su mujer lo había dejado por otro hombre, y él, dolido y con prisa por recomponer su vida, empezó a salir con distintas candidatas hasta fijarse en una compañera de oficina: casada, confidente habitual suya y, según la describe Riso, “terapeuta aficionada” de sus propios problemas.
En muy poco tiempo, ambos empezaron a hacer planes de futuro. Ella se separaría, él ocuparía el lugar de nuevo marido y padre de sus hijas. Se veían hasta cuatro veces por semana. Según cuenta Riso, la compatibilidad entre ambos (humor, valores, intereses, vida sexual) parecía casi perfecta.
La lista de motivos que nunca se agotaba
Riso, como su psicólogo, empezó pronto a sugerirle prudencia. Su experiencia clínica le indicaba algo incómodo: cuando una de las dos personas de una relación está casada y la otra completamente disponible, suele ser la disponible quien termina saliendo peor parada.
Pero cada vez que parecía que la separación por fin iba a producirse, aparecía un motivo nuevo para posponerla. Riso reconstruye, casi como una letanía, la sucesión de explicaciones que fue recibiendo a lo largo de los meses:
- “El marido entró en depresión.”
- “Los negocios andan mal.”
- “El suegro está agonizando.”
- “A ella la educaron las monjas.”
- “Es la hija menor de ocho hermanos.”
- “El marido no la deja separarse.”
- “Es muy apegada a sus hijos.”
Riso hace una observación que resume bien el problema de fondo: ninguna de esas explicaciones contemplaba la posibilidad más sencilla y más dolorosa de todas, que ella, simplemente, no lo quisiera lo suficiente como para dar el paso.
Cuando por fin ocurre… y dura dos semanas
Al cabo de año y medio, la mujer finalmente se separó. Para sorpresa de todos, incluido su propio marido, la decisión duró apenas dos semanas. La culpa, las hijas, la madre (sobre todo la madre, según subraya Riso), la suegra y hasta el psiquiatra de ella la hicieron volver atrás. Hubo más intentos después, todos con el mismo desenlace.
Riso escribe que, en el momento de contar el caso, P. R. y su pareja llevaban ya cuatro años de relación en las mismas condiciones, celebrando el aniversario en un restaurante discreto y alejado de miradas conocidas. La última novedad que P. R. llevó a consulta fue, en palabras del propio Riso, “difícil de creer”: “Esta vez sí se va a separar”.
Lo que el autoengaño hace con la evidencia
Riso no cuenta este caso para juzgar a P. R., sino para mostrar cómo funciona el autoengaño cuando hay un apego afectivo de por medio. Según su planteamiento, la mente encuentra formas muy variadas de sostener una esperanza, aunque los hechos disponibles apunten en la dirección contraria:
- Justificar lo poco que se recibe, atribuyéndolo a causas externas en vez de a la falta de decisión real de la otra persona.
- Aceptar cualquier excusa nueva sin notar que la lista de excusas nunca deja de crecer.
- Medir el paso del tiempo en esperanza, no en resultados: cada mes que pasa se interpreta como “estamos más cerca”, en lugar de como una señal de que quizá no se va a producir el cambio esperado.
Riso resume el fondo del problema con una frase que podría haberle ahorrado a P. R. buena parte del sufrimiento: “Creo que te amo, pero no soy capaz de seguir adelante”. Esa frase, señala, sería mucho más honesta y útil que cualquiera de las excusas recogidas durante cuatro años, aunque también mucho más dolorosa de escuchar.
Por qué cuesta tanto aceptar lo evidente
El realismo afectivo, tal como lo plantea Riso, no consiste en desconfiar sistemáticamente de las promesas de otra persona. Consiste en algo más simple y más incómodo: prestar la misma atención a lo que ocurre que a lo que se promete. Cuando ambas cosas llevan años sin coincidir, según su planteamiento, la explicación más probable ya no está en las circunstancias externas (el marido, la familia, el momento), sino en la propia decisión, tomada o no tomada, de la persona de la que se espera un cambio.
El caso de P. R. no tiene, al menos hasta donde lo cuenta Riso, un final resuelto. Y es precisamente esa falta de cierre, cuatro años después de la primera promesa, lo que convierte su historia en un ejemplo tan claro de cómo el apego afectivo puede sostener, casi indefinidamente, una espera que los propios hechos ya han respondido.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es el 'realismo afectivo' según Walter Riso?
La capacidad de observar una relación de pareja tal como es en realidad, sin las distorsiones que suelen acompañar al deseo de que las cosas sean de otra manera, según lo describe en su libro ¿Amar o depender?
¿Este caso terminó resolviéndose?
Riso relata que, cuando escribió sobre el caso, la relación llevaba ya cuatro años y el paciente seguía a la espera, pese a que se produjeron intentos fallidos previos de separación por parte de la otra persona.
¿Riso sugiere que las relaciones con personas casadas nunca funcionan?
Presenta este caso como un ejemplo de un patrón que, según su experiencia clínica, tiende a no resolverse en la dirección que la persona en espera desea, no como una regla absoluta sobre cualquier situación similar.
¿Qué distingue una excusa real de una racionalización, según este planteamiento?
Riso sugiere fijarse en si la explicación cambia con el tiempo pero la conducta no: cuando el motivo aducido varía constantemente (el trabajo, la familia, la salud de un tercero) y el resultado final siempre es el mismo, es más probable que se trate de una racionalización que de un obstáculo real.