¿Por qué leer palabras sobre la vejez te hace caminar más despacio?
Daniel Kahneman, psicólogo y premio Nobel de Economía, dedica una parte de su libro Pensar rápido, pensar despacio (2011) a describir uno de los experimentos más citados sobre cómo una idea puede influir en una acción sin que la persona lo perciba en absoluto. El experimento, obra del psicólogo John Bargh y su equipo, se conoció después como el “efecto Florida”, y hoy se cuenta entre los ejemplos clásicos de lo que la psicología llama priming, o activación: el fenómeno por el cual exponerse a una idea predispone, sin que nos demos cuenta, a pensar o actuar de una forma coherente con ella.
El experimento: formar frases con palabras sueltas
Bargh pidió a estudiantes de la Universidad de Nueva York, la mayoría de entre dieciocho y veinte años, que formaran frases de cuatro palabras a partir de un conjunto de cinco términos que se les entregaba (por ejemplo: “amarillo, encuentra, lo, él, instantáneamente”). El ejercicio parecía una simple prueba de lenguaje. Lo que los estudiantes no sabían es que, para la mitad de ellos, buena parte de esos conjuntos de palabras incluía términos asociados culturalmente a la vejez: Florida, olvido, calvo, canas, arrugas. Ninguna de esas palabras significaba “viejo” de forma explícita; bastaba con que evocaran esa idea de forma indirecta.
Al terminar la tarea, se enviaba a cada estudiante a otro despacho situado algo más lejos, por un pasillo. Ese breve trayecto era, en realidad, el verdadero objeto del experimento: los investigadores cronometraron, sin que los participantes lo supieran, cuánto tardaba cada uno en recorrerlo.
El hallazgo: caminar más despacio sin saber por qué
Los estudiantes que habían formado frases con palabras relacionadas con la vejez caminaron más despacio hacia el segundo despacho que los demás. La diferencia no fue dramática, pero sí sistemática y medible. Bargh la había predicho de antemano, precisamente porque la vejez se asocia culturalmente con la lentitud física, y su hipótesis era que bastaría con activar la idea de “vejez” para que, indirectamente, se activara también la conducta de “caminar despacio”, sin pasar en ningún momento por un pensamiento consciente del tipo “ahora debo andar más lento”.
Cuando más tarde se preguntó a los participantes si habían notado algo en el ejercicio de las frases, ninguno identificó el tema común de las palabras, y todos insistieron en que nada de lo ocurrido después pudo haber sido influido por esa primera tarea. La idea de la vejez nunca llegó a su mente consciente, y sin embargo condicionó su comportamiento físico unos minutos después.
Dos etapas encadenadas
Kahneman describe este mecanismo como una secuencia de dos pasos:
- Primera etapa: el conjunto de palabras activa, en la memoria asociativa, la idea general de vejez, sin necesidad de que aparezca la palabra “viejo” en ningún momento.
- Segunda etapa: esa idea, ya activada, predispone a su vez a una conducta asociada culturalmente a ella (caminar despacio), de nuevo sin intervención consciente.
A este tipo de influencia de una idea sobre una acción física se le llama efecto ideomotor. Kahneman señala, con cierto tono divertido, que el propio lector de su libro puede haberse visto ligeramente predispuesto tras leer el párrafo sobre el experimento: si en ese momento sintió el impulso de levantarse a por un vaso de agua, es probable que lo hiciera un poco más despacio de lo habitual.
El vínculo funciona también al revés
Un estudio realizado en una universidad alemana replicó la idea, pero invirtiendo el orden de causa y efecto. En lugar de activar primero una idea para observar después una conducta, se pidió directamente a un grupo de estudiantes que caminara alrededor de una sala durante cinco minutos a un ritmo deliberadamente lento, un tercio de la velocidad normal. Al terminar ese breve ejercicio físico, esos mismos estudiantes reconocían con más rapidez palabras relacionadas con la vejez, como “olvido”, “mayor” o “solo”, que un grupo de control.
Esto confirma que el vínculo entre idea y conducta no es de sentido único: pensar en algo puede predisponer a actuar de manera coherente con ello, y actuar de una manera determinada puede, a su vez, reforzar las ideas asociadas culturalmente a esa forma de actuar. Kahneman llama a este tipo de conexiones recíprocas parte de la red asociativa, la misma red que permite que divertirnos tienda a hacernos sonreír, y que sonreír, incluso sin motivo real para ello, tienda a hacernos sentir de mejor humor.
El experimento del lápiz entre los dientes
El libro recoge otro experimento que ilustra el mismo principio de forma todavía más llamativa. A un grupo de estudiantes se les pidió sostener un lápiz con la boca de dos formas distintas: con la goma de borrar hacia la derecha (lo que fuerza los músculos faciales a una posición parecida a la de una sonrisa) o con la punta hacia delante (lo que fuerza, en cambio, una expresión más parecida al ceño fruncido). Sin que nadie les dijera nada sobre expresiones faciales, se les pidió valorar el nivel de humor de unas viñetas del dibujante Gary Larson.
Quienes sostenían el lápiz de la forma que forzaba una “sonrisa” involuntaria valoraron las viñetas como más divertidas que quienes lo sostenían de la otra manera. En un experimento relacionado, personas a las que se hizo adoptar un gesto de enfado (frunciendo el entrecejo) mostraron una reacción emocional más intensa ante imágenes de contenido duro, como escenas de niños desnutridos o accidentes.
Este tipo de hallazgos, aunque parezcan anecdóticos, ilustran algo que atraviesa buena parte del libro de Kahneman: buena parte de lo que consideramos decisiones y juicios “propios” está condicionado por asociaciones automáticas de las que no somos conscientes en absoluto, un tema que conecta directamente con cómo se forman muchas de las intuiciones rápidas que describe el perfil analítico frente a los juicios más deliberados del estilo más intuitivo.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es el 'efecto Florida'?
El nombre que se le dio a un experimento de John Bargh en el que formar frases con palabras asociadas a la vejez (como Florida, arrugas u olvido) hizo que estudiantes universitarios caminaran más despacio hacia la salida, sin ser conscientes de la relación.
¿Los participantes se dieron cuenta de que las palabras tenían un tema común?
No. Al preguntarles después, ninguno identificó el tema compartido de las palabras, y todos aseguraron que su forma de caminar no pudo haber sido influida por el ejercicio anterior.
¿Este tipo de efecto se puede usar para manipular a alguien de forma consciente?
El experimento describe una influencia inconsciente y de pequeña magnitud sobre una conducta motora concreta (la velocidad al caminar), no una técnica de persuasión deliberada ni una forma de control sobre decisiones complejas.
¿El efecto funciona también al revés, de la conducta a la idea?
Sí: en un estudio alemán, pedir a los participantes que caminaran deliberadamente despacio hizo que después reconocieran con más rapidez palabras relacionadas con la vejez, mostrando que el vínculo entre idea y conducta funciona en ambas direcciones.