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Lo que tu cerebro decide en una quinta parte de segundo

Por la redacción de Personaramic6 min de lectura
Ilustración minimalista orgánica de un círculo grande con un pequeño sector marcado, como una porción mínima de tiempo señalada aparte

Antes de que termines de leer esta frase, tu cerebro habrá completado varias veces un proceso que la ciencia lleva más de siglo y medio cronometrando en milisegundos: percibir algo y responder.

Basta con reaccionar a una luz que se enciende. Ese acto, tan simple que apenas parece “mental”, es uno de los objetos de estudio más antiguos de la psicología experimental, y uno de los que mejor conecta la mente con el reloj.

Un botón, una luz y un cronómetro de 1868

El psicólogo Arthur Jensen dedica buena parte de The g Factor (1998) a un tipo de experimento que parece demasiado sencillo para importar: el tiempo de reacción.

El método se lo debemos al fisiólogo neerlandés Franciscus Donders, que en 1868 diseñó una forma ingeniosa de medir procesos mentales que no se pueden observar directamente:

  • En el tiempo de reacción simple, la persona mantiene pulsada una tecla y la suelta en cuanto aparece un estímulo (una luz, un sonido). No hay que elegir nada, solo reaccionar.
  • En el tiempo de reacción por discriminación, aparece uno de dos estímulos posibles (una luz amarilla o una azul, por ejemplo) y solo hay que responder a uno de ellos.
  • En el tiempo de reacción por elección, cada estímulo tiene asociada una respuesta distinta: luz amarilla, botón izquierdo; luz azul, botón derecho.

La idea de Donders, el método de sustracción, era sencilla: si al tiempo de la tarea compleja se le resta el de la simple, lo que queda es lo que el cerebro necesitó para el paso adicional (discriminar, elegir). Por primera vez, una operación mental tenía una duración medible.

Una quinta parte de segundo, y lo que se añade después

En adultos jóvenes, el tiempo de reacción simple ronda de media los 200 milisegundos: una quinta parte de segundo.

A partir de ahí, cada capa de procesamiento añade algo. Según los datos que recoge Jensen, discriminar entre dos estímulos suma entre 30 y 100 milisegundos, según lo difícil que sea distinguirlos, y elegir entre respuestas distintas añade más tiempo sobre eso.

La ley de Hick: cada duplicación cuesta lo mismo

En 1952, el psicólogo británico William Hick describió con precisión cómo crece ese tiempo extra. Al aumentar el número de alternativas posibles, el tiempo de elección no crece en línea recta, sino de forma aproximadamente logarítmica: pasar de dos a cuatro opciones añade más o menos lo mismo que pasar de cuatro a ocho.

Hick lo interpretó con la teoría de la información de Claude Shannon, que acababa de nacer: cada duplicación de las alternativas equivale a un “bit” más de información que procesar, y el cerebro parece tardar un tiempo bastante constante por cada bit. Ray Hyman confirmó la regularidad en 1953, y hoy se conoce como ley de Hick-Hyman. Se usa incluso en diseño de interfaces, para explicar por qué los menús con demasiadas opciones ralentizan las decisiones.

Jensen construyó sobre esa ley el aparato que lleva su nombre, la “caja de Jensen”: una consola con un botón central y ocho luces alrededor, de las que se encendían 1, 2, 4 u 8. Así podía medir a la vez la velocidad de reacción de cada persona y cuánto se ralentizaba al añadir bits de información.

Lo que el tiempo de reacción dice sobre la inteligencia

Aquí aparece el dato que conecta todo esto con el factor g: ese tiempo, tan pequeño que se mide en milisegundos, se correlaciona con el CI, y la correlación tiende a crecer con la complejidad de la tarea. En los datos que resume Jensen, va de alrededor de -0,10 en la reacción simple a -0,30 en la de elección (negativa porque menos tiempo se asocia con más CI).

El problema de muchos de esos estudios era la muestra: estudiantes universitarios, con un rango de capacidades estrecho que tiende a reducir las correlaciones. Por eso es importante el trabajo que Ian Deary, Geoff Der y Graeme Ford publicaron en 2001. Midieron a 900 personas de 56 años, representativas de la población escocesa, con un test de inteligencia y un aparato de tiempo de reacción simple y de elección entre cuatro opciones:

  • La correlación con el tiempo de reacción simple fue de -0,31.
  • Con el tiempo de elección entre cuatro opciones subió a -0,49.
  • Las correlaciones fueron parecidas al separar por sexo, clase social y nivel educativo.

Son cifras bastante mayores que las de los estudios clásicos con universitarios. En una revisión de 172 estudios publicados a lo largo de cinco décadas, Sheppard y Vernon (2008) concluyeron que la relación entre velocidad de procesamiento e inteligencia es modesta pero muy consistente: aparece con tareas, edades y poblaciones muy distintas.

Por qué la tarea más simple es la que menos dice

Hay un matiz que suele pasar desapercibido: cuanto más simple es la tarea, menos dice sobre las diferencias entre personas.

En el tiempo de reacción simple pesan mucho factores ajenos a la cognición, como la atención momentánea o la velocidad de los músculos. En la elección hay más pasos mentales de por medio (percibir, discriminar, decidir, ejecutar), y por tanto más margen para que se note la velocidad de procesamiento.

Jensen resume esta idea con una tesis que vertebra su libro: el “ingrediente activo” de estas correlaciones no es la velocidad muscular ni la agudeza sensorial, sino g, el factor general que interviene también en tareas mucho más complejas, como resolver un problema de razonamiento abstracto. Otros investigadores lo interpretan de forma más amplia, como un indicador de la eficiencia general del sistema nervioso; el propio grupo de Deary encontró después, en esa misma cohorte, que un tiempo de reacción más lento se asociaba también con mayor mortalidad (Deary y Der, 2005), lo que apunta a algo más que inteligencia en sentido estricto.

Lo que sí mide, y lo que no

Este hallazgo permite decir unas cosas y no otras:

  • Sí muestra que hasta las tareas cognitivas más elementales, medidas con precisión de milisegundos, guardan relación estadística con la inteligencia general.
  • No significa que una persona lenta reaccionando a una luz tenga menos capacidad intelectual: incluso una correlación de -0,49 deja muchísimas excepciones, y el tiempo de reacción varía con el cansancio, la edad, la atención o la práctica.
  • No es una prueba diagnóstica ni sustituye ninguna evaluación psicométrica seria.

Lo que este experimento centenario deja es una idea llamativa: no hace falta un problema complejo para que aparezcan diferencias entre unas personas y otras. Una luz, un botón y un cronómetro capaz de medir milisegundos ya registran algo de cómo procesa información cada cerebro.

Si te interesa cómo el propio cerebro reacciona, sin que medie ninguna respuesta consciente, a un estímulo igual de simple, en tu cerebro responde a un simple clic antes de que sepas qué es se explica el experimento equivalente con ondas cerebrales.

Fuentes

  • Deary, I. J., Der, G. y Ford, G. (2001). Reaction times and intelligence differences: A population-based cohort study. Intelligence, 29(5), 389-399. DOI
  • Deary, I. J. y Der, G. (2005). Reaction time explains IQ’s association with death. Psychological Science, 16(1), 64-69.
  • Donders, F. C. (1969). On the speed of mental processes (trad. W. G. Koster; original de 1868). Acta Psychologica, 30, 412-431.
  • Hick, W. E. (1952). On the rate of gain of information. Quarterly Journal of Experimental Psychology, 4(1), 11-26. DOI
  • Hyman, R. (1953). Stimulus information as a determinant of reaction time. Journal of Experimental Psychology, 45(3), 188-196.
  • Jensen, A. R. (1998). The g Factor: The Science of Mental Ability. Praeger.
  • Sheppard, L. D. y Vernon, P. A. (2008). Intelligence and speed of information-processing: A review of 50 years of research. Personality and Individual Differences, 44(3), 535-551. DOI

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Preguntas frecuentes

¿De verdad se puede medir la inteligencia con el tiempo de reacción?

No de forma aislada ni fiable en una sola persona. Lo que muestra la investigación, que Arthur Jensen recoge en The g Factor (1998) y que han confirmado estudios posteriores con muestras representativas, es una correlación estadística moderada entre el tiempo de reacción y el CI. Una sola medición individual no permite deducir nada sobre la inteligencia de esa persona.

¿Por qué reaccionar más rápido se relaciona con el CI si no hace falta 'pensar' para apretar un botón?

Porque incluso una tarea tan simple involucra un breve procesamiento cerebral entre percibir el estímulo y activar la respuesta muscular. Cuantas más decisiones exige la tarea (elegir entre cuatro botones en vez de pulsar uno solo, por ejemplo), más tiempo extra aparece, y la relación con el CI se hace más fuerte. En una muestra de 900 escoceses de 56 años, la correlación pasó de -0,31 con el tiempo simple a -0,49 con el de elección entre cuatro opciones.

¿Quién inventó este método y cuándo?

El fisiólogo neerlandés Franciscus Donders, en 1868, ideó el llamado método de sustracción: medir el tiempo de una tarea simple, luego el de una tarea algo más compleja, y restar ambos tiempos para aislar cuánto añade ese paso extra de procesamiento. Jensen retoma este método clásico en su libro para estudiar el factor g.

¿Qué es la ley de Hick?

Es la regularidad que describió el psicólogo británico William Hick en 1952: el tiempo de reacción de elección crece de forma aproximadamente logarítmica con el número de alternativas. Pasar de dos a cuatro opciones añade más o menos el mismo tiempo que pasar de cuatro a ocho. Jensen usó un aparato basado en esa ley para estudiar la relación entre velocidad de procesamiento e inteligencia.

¿Esto sirve para saber si soy más o menos inteligente que otra persona?

No. Es un resumen divulgativo de un hallazgo psicométrico sobre tendencias de grupo, no una prueba diagnóstica ni una forma válida de comparar la inteligencia de dos personas concretas.

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