¿Qué es la inteligencia? Ni los expertos se ponen de acuerdo
Llevan más de un siglo intentándolo. Tienen departamentos universitarios enteros dedicados a ello. Y aun así, los expertos en inteligencia no se ponen de acuerdo en algo tan básico como qué es exactamente lo que están estudiando.
El problema no es la falta de investigación ni de interés, sino la propia palabra: “inteligencia”, tal y como se usa en el lenguaje corriente, resulta resbaladiza en cuanto se intenta precisar en serio.
Casi tantas definiciones como expertos
El psicólogo Arthur Jensen lo resume en The g Factor (1998) con una frase que no deja mucho margen a la ambigüedad: “no hay ningún otro término en psicología que haya resultado más difícil de definir que ‘inteligencia’”.
Y añade algo todavía más contundente: hay casi tantas definiciones distintas de ‘inteligencia’ como expertos que la han intentado definir.
No es que cada experto proponga una definición ligeramente distinta de la misma idea. Es que ponen el foco en aspectos genuinamente diferentes:
- Unos la definen en torno a la capacidad de razonar y resolver problemas nuevos.
- Otros, en torno a la capacidad de adaptarse a situaciones cambiantes.
- Otros, en torno a la velocidad o eficacia del aprendizaje.
- Otros incluyen la capacidad de abstracción, o de manejar símbolos, o de planificar a largo plazo.
Cada una de estas propuestas es razonable por sí sola. El problema es que, juntas, no delimitan un mismo concepto, sino varios parcialmente solapados, sin un criterio compartido para decidir cuál es “la” definición correcta.
Dos encuestas a expertos con 65 años de distancia
La falta de acuerdo no es una impresión: se ha medido. En 1921, el Journal of Educational Psychology pidió a más de una docena de investigadores destacados que definieran la inteligencia. En 1986, Robert Sternberg y Douglas Detterman repitieron el ejercicio con una veintena de expertos y publicaron las respuestas en What Is Intelligence?
Al comparar ambas rondas encontraron cierta continuidad: en las dos aparecían con frecuencia el razonamiento abstracto, la resolución de problemas y la capacidad de aprender. Pero ninguna definición concreta reunía el acuerdo de la mayoría, y las respuestas eran tan variadas que hubo que clasificarlas en decenas de categorías. Jensen comentó entonces que había apenas más consenso que en 1921.
Dos décadas después, Shane Legg y Marcus Hutter (2007), dos investigadores de inteligencia artificial, reunieron unas setenta definiciones procedentes de la psicología, de la IA y de comités de expertos. Su intento de síntesis fue deliberadamente amplio: la inteligencia mide la capacidad de un agente para alcanzar objetivos en una gran variedad de entornos.
La definición de consenso que sí circula
La formulación más citada en psicología procede de un texto colectivo. En 1994, en plena polémica por el libro The Bell Curve, la psicóloga Linda Gottfredson redactó una declaración firmada por 52 investigadores, publicada después en la revista Intelligence (1997). Su definición dice, en esencia, que la inteligencia es una capacidad mental muy general que incluye razonar, planificar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y aprender de la experiencia.
Ese mismo contexto llevó a la Asociación Americana de Psicología a encargar un informe a un grupo de trabajo dirigido por Ulric Neisser (1996), Intelligence: Knowns and Unknowns. Su tono fue más prudente: las puntuaciones de los tests de inteligencia predicen bien el rendimiento escolar y en parte el laboral, pero quedan muchas preguntas abiertas sobre qué miden exactamente y cómo se desarrollan.
Ambas definiciones se parecen mucho a la lista de candidatas de arriba. La diferencia es que no eligen una, sino que las reúnen bajo una capacidad general. Y esa idea tiene un origen concreto.
La solución de Spearman: dejar de discutir la palabra y medir la correlación
A principios del siglo XX, el psicólogo británico Charles Spearman tomó una decisión metodológica que cambiaría el rumbo de todo el campo: en lugar de seguir discutiendo qué es “la inteligencia” en abstracto, se propuso observar algo mucho más concreto y medible.
Spearman partió de un hallazgo empírico que ya intuían pensadores anteriores como Herbert Spencer y Francis Galton: las puntuaciones en pruebas mentales muy distintas entre sí (vocabulario, razonamiento numérico, orientación espacial) tienden a estar positivamente correlacionadas.
Quien puntúa alto en una, tiende a puntuar alto en las demás, aunque no tengan, a simple vista, nada en común.
Para poner esto a prueba de forma rigurosa, Spearman inventó el análisis factorial, un método estadístico capaz de determinar en qué medida cada una de esas pruebas está relacionada con un factor común subyacente.
A ese factor común, presente de un modo u otro en cualquier tarea que exija esfuerzo mental, lo llamó, simplemente, g (de “general”).
Una anécdota que resume la idea mejor que cualquier definición técnica
Jensen recoge, para ilustrar esta misma intuición mucho antes de que existiera el análisis factorial, una anécdota protagonizada por el escritor Samuel Johnson (1709-1784).
Un historiador reconocido afirmó ante Johnson que había sido gracias a talentos muy distintos entre sí como César llegó a ser un gran comandante, Shakespeare un gran poeta y Newton un gran científico. La respuesta de Johnson fue tajante:
“No, es solo que un hombre tiene más mente que otro; puede dirigirla de forma distinta, o preferir este estudio a aquel. Señor, el hombre que tiene vigor puede caminar hacia el norte igual que hacia el sur, hacia el este igual que hacia el oeste.”
Más de un siglo antes de Spearman, Johnson ya intuía, en una frase, lo que el análisis factorial acabaría demostrando con números: que detrás de talentos aparentemente tan distintos como el liderazgo militar, la poesía y la ciencia podía haber algo común, una especie de “vigor” mental general, aplicable a cualquier dirección.
Del factor g a la jerarquía de capacidades
El modelo de Spearman no se quedó solo. Raymond Cattell y John Horn distinguieron entre inteligencia fluida (razonar ante problemas nuevos) e inteligencia cristalizada (conocimiento y vocabulario acumulados), y en 1993 John B. Carroll reanalizó más de 460 conjuntos de datos factoriales recogidos durante décadas.
Su conclusión, el modelo de tres estratos, sitúa a g en la cúspide, unas ocho capacidades amplias por debajo (fluida, cristalizada, memoria, procesamiento visual, auditivo, velocidad, entre otras) y decenas de capacidades específicas en la base. La fusión de ambas propuestas, conocida como modelo CHC (Cattell-Horn-Carroll), es hoy el marco de referencia de la mayoría de los tests de inteligencia, como las escalas de Wechsler o la batería Woodcock-Johnson.
Las teorías que discuten el marco
No todos aceptan que la inteligencia se reduzca a lo que miden estas pruebas:
- Howard Gardner (Frames of Mind, 1983) propuso inteligencias múltiples: lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal, interpersonal, intrapersonal y, después, naturalista. La idea ha tenido enorme influencia educativa, pero poco apoyo empírico como conjunto de capacidades independientes: cuando se miden, varias correlacionan entre sí y con g.
- Robert Sternberg (Beyond IQ, 1985) defendió una teoría triárquica, después llamada de la inteligencia exitosa, que añade a la capacidad analítica la creativa y la práctica. Sus críticos señalan que los datos que la apoyan son más débiles que los del modelo CHC.
Nuestra lectura en la redacción: el desacuerdo sobre la palabra sigue vivo, pero sobre la estructura de las capacidades que se pueden medir hay bastante más acuerdo del que sugiere el título.
Por qué esto no es solo un juego de palabras académico
Puede parecer que cambiar “inteligencia” por “factor g” es simplemente sustituir una palabra difícil de definir por otra igual de abstracta. No es así, y la diferencia importa:
- “Inteligencia” es una palabra del lenguaje cotidiano, cargada de connotaciones distintas según quién la use.
- “g” es un factor estadístico, definido de forma operativa a partir de patrones reales de correlación entre pruebas, no a partir de una intuición previa sobre lo que “debería” significar ser inteligente.
- Esto permite algo que la discusión filosófica sobre la palabra “inteligencia” nunca pudo ofrecer: medir cuánto de ese factor común refleja cada prueba concreta, comparar tests entre sí, y acumular evidencia empírica verificable sobre sus correlatos biológicos y su papel en resultados de la vida real.
Spearman no resolvió el debate sobre qué es “la inteligencia” en sentido filosófico. Lo esquivó, con buen criterio, y propuso en su lugar una pregunta que sí se podía responder con datos: ¿existe un factor común a todas las capacidades mentales, y cómo se puede medir?
Lo que queda cuando se deja de discutir la palabra
Más de un siglo después de Spearman, la palabra “inteligencia” sigue sin tener una definición única y aceptada por todos los expertos. Probablemente nunca la tenga, porque es ante todo una palabra de uso corriente, no un término técnico con fronteras precisas. Ya en 1923 el psicólogo Edwin Boring lo resolvió con una frase tan famosa como insatisfactoria: la inteligencia es lo que miden los tests.
Lo que sí existe, con un siglo de investigación acumulada detrás, es un factor estadístico bien caracterizado, con correlatos biológicos medibles (desde la eficiencia energética del cerebro hasta el tiempo de reacción en milisegundos) y con una capacidad de predicción demostrada en ámbitos tan distintos como el rendimiento académico o la seguridad vial.
Puede que nunca se llegue a un acuerdo sobre qué significa exactamente ser “inteligente”. Pero eso, como demostró Spearman hace más de un siglo, no era en realidad la pregunta que había que responder.
Si quieres ver ese mismo factor g en acción, medido en fracciones de segundo, en lo que tu cerebro decide en una quinta parte de segundo se explica el experimento que lleva más de un siglo poniéndolo a prueba.
Fuentes
- Jensen, A. R. (1998). The g Factor: The Science of Mental Ability. Praeger.
- Sternberg, R. J., y Detterman, D. K. (Eds.) (1986). What Is Intelligence? Contemporary Viewpoints on Its Nature and Definition. Ablex.
- Legg, S., y Hutter, M. (2007). A collection of definitions of intelligence. Frontiers in Artificial Intelligence and Applications, 157, 17-24. arXiv:0706.3639
- Gottfredson, L. S. (1997). Mainstream science on intelligence: An editorial with 52 signatories, history, and bibliography. Intelligence, 24(1), 13-23.
- Neisser, U., Boodoo, G., Bouchard, T. J., Boykin, A. W., Brody, N., Ceci, S. J., Halpern, D. F., Loehlin, J. C., Perloff, R., Sternberg, R. J., y Urbina, S. (1996). Intelligence: Knowns and unknowns. American Psychologist, 51(2), 77-101.
- Carroll, J. B. (1993). Human Cognitive Abilities: A Survey of Factor-Analytic Studies. Cambridge University Press.
- Gardner, H. (1983). Frames of Mind: The Theory of Multiple Intelligences. Basic Books.
- Sternberg, R. J. (1985). Beyond IQ: A Triarchic Theory of Human Intelligence. Cambridge University Press.
- Boring, E. G. (1923). Intelligence as the tests test it. New Republic, 36, 35-37.
- Spearman, C. (1904). “General intelligence”, objectively determined and measured. The American Journal of Psychology, 15(2), 201-292.
¿Quieres saber más sobre ti?
Descubre tu resultado con uno de nuestros tests relacionados.
Preguntas frecuentes
¿Por qué los psicólogos no se ponen de acuerdo en definir 'inteligencia'?
Según recoge Arthur Jensen en The g Factor (1998), llevan más de un siglo intentándolo y no han llegado a un consenso: hay casi tantas definiciones distintas como expertos que la han propuesto, cada una poniendo el énfasis en un aspecto distinto (razonamiento, adaptación, aprendizaje, resolución de problemas...).
Si no hay acuerdo sobre qué es la inteligencia, ¿qué es entonces el 'factor g'?
Es un concepto distinto y más preciso: el psicólogo Charles Spearman descubrió que el rendimiento en pruebas mentales muy diferentes entre sí (verbales, numéricas, espaciales) tiende a estar correlacionado. A ese factor estadístico común a todas ellas lo llamó g, sin necesidad de definir antes qué es 'la inteligencia' en abstracto.
¿Es lo mismo el factor g que un test de CI?
No exactamente. Un test de CI es un instrumento de medición concreto; g es el factor estadístico subyacente que ese instrumento intenta captar, en mayor o menor medida según el test. Distintos tests de CI tienen distinta 'carga' de g, es decir, la reflejan con más o menos pureza.
¿Este artículo pretende dar una definición cerrada de la inteligencia?
No. Resume, de forma divulgativa, por qué la psicología científica se movió de discutir sobre una palabra de uso cotidiano hacia medir una regularidad estadística concreta, no ofrece ni defiende una definición única y definitiva del término.