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El consejo de hace 2.000 años que la psicología tardó siglos en tomarse en serio

Por la redacción de Personaramic7 min de lectura
Ilustración minimalista orgánica de varios círculos concéntricos superpuestos, como capas de tiempo acumuladas

En el siglo I después de Cristo, un profesor romano ya le decía a otros profesores que observaran con atención las diferencias de talento entre sus alumnos. Casi dos mil años después, en 1890, el libro de psicología más importante de su tiempo apenas mencionaba la palabra “inteligencia”.

Entre un dato y el otro hay casi veinte siglos, y para el psicólogo Arthur Jensen ese hueco no fue un despiste, sino el síntoma de cómo entendió la mente humana buena parte de la tradición occidental. Este artículo sigue su relato y le añade dos piezas que él no menciona: un médico español del siglo XVI y una fecha que conviene ordenar.

El consejo de un maestro de retórica romano

En The g Factor (1998), Jensen rastrea la primera mención explícita que ha podido encontrar en la literatura filosófica sobre las diferencias individuales de capacidad mental. No viene de un científico, sino de un orador.

Marco Fabio Quintiliano (nacido hacia el año 35 d.C.), maestro de retórica en la Roma imperial, escribió un consejo que, según señala Jensen, no desentonaría en un manual de psicología educativa actual:

“Se considera, en general, y no sin razón, una excelente cualidad en un maestro observar con precisión las diferencias de capacidad en aquellos a quienes se ha propuesto instruir, y averiguar hacia dónde se inclina particularmente la naturaleza de cada uno; pues hay en el talento una variedad increíble, y las formas de la mente son casi tan variadas como las de los cuerpos.”

Quintiliano, Institutio oratoria, II, 8, 1

Quintiliano ya daba por hecho, hace veinte siglos, algo que a la psicología académica le costaría siglos aceptar como objeto de estudio serio: que las personas difieren, de forma notable, en su capacidad mental, y que un buen maestro debería saber reconocerlo.

Un médico de Baeza, quince siglos después

Jensen escribe desde la tradición anglosajona y salta de Roma al siglo XIX. En medio queda un libro que en España se estudia como hito de la psicología diferencial: el Examen de ingenios para las ciencias, del médico navarro Juan Huarte de San Juan, impreso en Baeza en 1575.

Huarte retomaba la intuición de Quintiliano y la llevaba más lejos. Sostenía que cada persona tiene un “ingenio” distinto, que esas diferencias tienen una base natural (él la explicaba con la medicina de los humores de su época, hoy superada) y que la sociedad ganaría si cada cual se dedicara a la ciencia o al oficio para el que su ingenio está mejor dotado. Por eso se le cita como precursor de la orientación escolar y profesional.

El libro tuvo un éxito enorme, con traducciones a varias lenguas, y también problemas: la Inquisición lo censuró, y la versión revisada se publicó en 1594, tras la muerte de su autor. Es un matiz interesante para la tesis de Jensen: la idea de las diferencias de capacidad no era impensable antes del siglo XIX, pero sí incómoda para el marco religioso dominante, y no tenía todavía un método para ponerla a prueba.

Un libro de 1890 que casi no usa la palabra “inteligencia”

El contraste que Jensen ofrece a continuación es, si cabe, más llamativo. William James, uno de los padres de la psicología moderna, publicó en 1890 su obra Principles of Psychology, uno de los textos más influyentes y completos de la disciplina en su época.

  • La palabra “inteligencia” aparece en ese libro una sola vez, y solo como sinónimo de “intelecto” y “razón”, en el contexto de definir las propiedades generales de la mente.
  • No hay, en ningún punto del libro, ninguna mención a las diferencias individuales en esa capacidad.
  • Lo mismo ocurre, según Jensen, con Talks to Teachers (1899), del propio James, el primer manual influyente de psicología educativa en Estados Unidos, y con el Handbook of Psychology (1890) de James Mark Baldwin, otro texto de referencia de la época.

Los libros más importantes de psicología de finales del siglo XIX, escritos con la intención explícita de cubrir el campo entero, apenas dedican una línea a algo que hoy resulta uno de los temas centrales de la disciplina.

Por qué algo tan evidente tardó tanto en volverse ciencia

Jensen ofrece dos explicaciones principales para este vacío de siglos, y ninguna tiene que ver con que nadie se hubiera dado cuenta antes.

La primera es filosófica. Desde Platón, la tradición occidental (reforzada después por la teología cristiana) sostenía una separación tajante entre cuerpo y alma. El alma, en esta visión, era una cualidad universal, perfecta e inmaterial, la misma en esencia para toda la humanidad. Esa idea era, sencillamente, incompatible con la noción de que unas personas tuvieran más o menos capacidad mental que otras: el alma no admitía grados.

La segunda es social. Antes de la industrialización, el acceso a la educación formal era un privilegio de una pequeña élite. El estatus social de nacimiento determinaba, casi por completo, las oportunidades educativas y laborales de cada persona. En un mundo así, las diferencias individuales de capacidad mental quedaban ocultas detrás de una desigualdad de oportunidades mucho más visible y determinante.

No fue hasta la llegada de la industrialización, con la proliferación de ocupaciones especializadas y el acceso más amplio a la escolarización formal, cuando esas diferencias individuales empezaron a hacerse visibles a gran escala, y con ellas, a convertirse en un tema digno de estudio científico.

De Spencer a Spearman: el giro que lo cambió todo

El punto de inflexión, según Jensen, llegó con el pensamiento evolucionista de mediados del siglo XIX. La capacidad mental de humanos y animales empezó a entenderse como producto de un proceso evolutivo, sujeto a variación individual, igual que cualquier otro rasgo físico.

Conviene ordenar las fechas. Herbert Spencer publicó sus Principles of Psychology en 1855, cuatro años antes de El origen de las especies de Darwin (1859): su evolucionismo no derivaba de Darwin, sino que corría en paralelo. Francis Galton, primo de Darwin, sí partió de su obra para escribir Hereditary Genius (1869). Ambos plantearon que la inteligencia humana era, en gran parte, un atributo general y hereditario. Sus conclusiones, señala Jensen, se apoyaban más en convicción que en pruebas sólidas, pero sentaron las preguntas que dominarían la investigación del siglo siguiente.

Y fue Charles Spearman, ya en 1904, quien encontró por fin una forma rigurosa de poner a prueba esa idea: un método estadístico, el análisis factorial, capaz de demostrar que el rendimiento en tareas mentales muy distintas entre sí tendía a estar correlacionado, como si existiera un factor común detrás de todas ellas.

A ese factor lo llamó, simplemente, g. Un año después, en 1905, Alfred Binet y Théodore Simon publicaban en Francia la primera escala práctica de inteligencia, pensada precisamente para lo que pedía Quintiliano: detectar qué alumnos necesitaban otro tipo de enseñanza.

Lo que dos milenios de retraso enseñan sobre la ciencia

Lo interesante de este recorrido no es solo la anécdota, es lo que revela sobre cómo avanza (o no avanza) el conocimiento científico.

  • Una observación puede ser evidente para cualquier persona con sentido común, como lo era para Quintiliano, y aun así tardar siglos en convertirse en objeto de estudio riguroso.
  • El obstáculo, muchas veces, no es la falta de datos, es un marco de ideas previo (filosófico, religioso o social) que hace que esa observación resulte, literalmente, impensable dentro de ese marco.
  • Cuando ese marco cambia (en este caso, con la teoría de la evolución), lo que llevaba siglos siendo invisible se convierte, de repente, en el centro de toda una disciplina.

Lo que Quintiliano observó con sentido común en el siglo I, y Huarte intentó explicar en el XVI, la ciencia tardó casi dos mil años en empezar a medir con rigor. Y todavía hoy, como reconoce el propio Jensen, sigue sin haber pleno acuerdo sobre cómo llamar a aquello que ese maestro romano ya sabía reconocer en sus alumnos.

Sobre esa falta de acuerdo, precisamente, trata ¿Qué es la inteligencia? Ni los expertos se ponen de acuerdo.

Fuentes

  • Jensen, A. R. (1998). The g Factor: The Science of Mental Ability. Praeger.
  • Huarte de San Juan, J. (1575). Examen de ingenios para las ciencias. Juan Bautista de Montoya.
  • James, W. (1890). The Principles of Psychology. Henry Holt and Company.
  • Quintiliano, M. F. (c. 95). Institutio oratoria, II, 8, 1. Trad. inglesa de H. E. Butler (1920). Loeb Classical Library, Harvard University Press.
  • Spearman, C. (1904). “General intelligence”, objectively determined and measured. American Journal of Psychology, 15(2), 201-292. doi:10.2307/1412107

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Preguntas frecuentes

¿Quién fue Quintiliano y qué dijo exactamente sobre el talento?

Marco Fabio Quintiliano fue un orador y pedagogo romano del siglo I d.C. En su Institutio oratoria (libro II, capítulo 8), que Arthur Jensen cita en The g Factor (1998), consideraba una virtud del maestro observar con precisión las diferencias de capacidad entre sus alumnos, porque las formas de la mente son casi tan variadas como las de los cuerpos.

¿Es verdad que un libro tan importante como el de William James casi no habla de inteligencia?

Según Jensen, sí: Principles of Psychology (1890), de William James, uno de los textos fundacionales de la psicología moderna, menciona la palabra 'inteligencia' una sola vez, como sinónimo de 'intelecto', sin referirse en ningún momento a las diferencias individuales en esa capacidad.

¿Por qué tardó tanto la psicología en estudiar las diferencias de inteligencia entre personas?

Jensen apunta a dos causas principales: una tradición filosófica, heredada de Platón, que separaba el alma (universal e inmaterial) del cuerpo, incompatible con la idea de diferencias individuales; y un sistema social, hasta la industrialización, que limitaba tanto el acceso a la educación que esas diferencias apenas resultaban visibles.

¿Este artículo defiende alguna de las teorías más controvertidas sobre la inteligencia?

No. Se limita a la historia de cómo y cuándo la psicología empezó a estudiar las diferencias individuales en capacidad mental como objeto de investigación científica, no a ninguna hipótesis sobre sus causas concretas en un individuo o grupo.

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