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El consejo de hace 2.000 años que la psicología tardó un siglo en tomarse en serio

Por Rafa Personaramic5 min de lectura
Ilustración minimalista orgánica de varios círculos concéntricos superpuestos, como capas de tiempo acumuladas

En el siglo I después de Cristo, un profesor romano ya le decía a otros profesores que observaran con atención las diferencias de talento entre sus alumnos. Casi dos mil años después, en 1890, el libro de psicología más importante de su tiempo apenas mencionaba la palabra “inteligencia”.

Entre un dato y el otro hay casi veinte siglos.

Y ese hueco, según el psicólogo Arthur Jensen, no fue un despiste. Fue el síntoma de algo mucho más profundo sobre cómo entendía la mente humana casi toda la historia de la civilización occidental.

El consejo de un maestro de retórica romano

En The g Factor (1998), Jensen rastrea la primera mención explícita que ha podido encontrar en la literatura filosófica sobre las diferencias individuales de capacidad mental. Y no viene de un científico, sino de un orador.

Marco Fabio Quintiliano (35-95 d.C.), maestro de retórica en la Roma imperial, escribió un consejo que, según señala Jensen, no desentonaría en un manual de psicología educativa actual:

“Se considera, en general, y no sin razón, una excelente cualidad en un maestro observar con precisión las diferencias de capacidad en aquellos a quienes se ha propuesto instruir, y averiguar hacia dónde se inclina particularmente la naturaleza de cada uno; pues hay en el talento una variedad increíble, y las formas de la mente no son menos variadas que…”

Quintiliano ya daba por hecho, hace veinte siglos, algo que a la psicología académica le costaría siglos aceptar como objeto de estudio serio: que las personas difieren, de forma notable, en su capacidad mental, y que un buen maestro debería saber reconocerlo.

Un libro de 1890 que casi no usa la palabra “inteligencia”

El contraste que Jensen ofrece a continuación es, si cabe, más llamativo todavía.

William James, uno de los padres de la psicología moderna, publicó en 1890 su obra Principles of Psychology, uno de los textos más influyentes y completos de la disciplina en su época.

  • La palabra “inteligencia” aparece en ese libro una sola vez, y solo como sinónimo de “intelecto” y “razón”, en el contexto de definir las propiedades generales de la mente.
  • No hay, en ningún punto del libro, ninguna mención a las diferencias individuales en esa capacidad.
  • Lo mismo ocurre, según Jensen, con Talks to Teachers (1899), del propio James, el primer manual influyente de psicología educativa en Estados Unidos, y con el Handbook of Psychology (1890) de James Mark Baldwin, otro texto de referencia de la época.

Es decir: los libros más importantes de psicología de finales del siglo XIX, escritos con la intención explícita de cubrir el campo entero, apenas dedican una línea a algo que hoy resulta uno de los temas centrales de la disciplina.

Por qué algo tan evidente tardó tanto en volverse ciencia

Jensen ofrece dos explicaciones principales para este vacío de siglos, y ninguna tiene que ver con que nadie se hubiera dado cuenta antes.

La primera es filosófica. Desde Platón, la tradición occidental (reforzada después por la teología cristiana) sostenía una separación tajante entre cuerpo y alma. El alma, en esta visión, era una cualidad universal, perfecta e inmaterial, la misma en esencia para toda la humanidad. Esa idea era, sencillamente, incompatible con la noción de que unas personas tuvieran más o menos capacidad mental que otras: el alma no admitía grados.

La segunda es social. Antes de la industrialización, el acceso a la educación formal era un privilegio de una pequeña élite. El estatus social de nacimiento determinaba, casi por completo, las oportunidades educativas y laborales de cada persona. En un mundo así, las diferencias individuales de capacidad mental quedaban ocultas detrás de una desigualdad de oportunidades mucho más visible y determinante.

No fue hasta la llegada de la industrialización, con la proliferación de ocupaciones especializadas y el acceso más amplio a la escolarización formal, cuando esas diferencias individuales empezaron a hacerse visibles a gran escala, y con ellas, a convertirse en un tema digno de estudio científico.

De Darwin a Spearman: el giro que lo cambió todo

El punto de inflexión, según Jensen, llegó con la teoría de la evolución de Darwin a mediados del siglo XIX. Por primera vez, la capacidad mental de humanos y animales se entendió como el producto de un proceso evolutivo, sujeto a variación individual, igual que cualquier otro rasgo físico.

De ahí surgieron Herbert Spencer y Francis Galton, quienes plantearon que la inteligencia humana era, en gran parte, un atributo general y hereditario. Sus conclusiones, señala Jensen, se apoyaban más en convicción que en pruebas sólidas, pero sentaron las preguntas que dominarían la investigación del siglo siguiente.

Y fue Charles Spearman, ya en 1904, quien encontró por fin una forma rigurosa de poner a prueba esa idea: un método estadístico, el análisis factorial, capaz de demostrar que el rendimiento en tareas mentales muy distintas entre sí tendía a estar correlacionado, como si existiera un factor común detrás de todas ellas. A ese factor lo llamó, simplemente, g.

Lo que dos milenios de retraso enseñan sobre la ciencia

Lo interesante de este recorrido no es solo la anécdota, es lo que revela sobre cómo avanza (o no avanza) el conocimiento científico.

  • Una observación puede ser evidente para cualquier persona con sentido común, como lo era para Quintiliano, y aun así tardar siglos en convertirse en objeto de estudio riguroso.
  • El obstáculo, muchas veces, no es la falta de datos, es un marco de ideas previo (filosófico, religioso o social) que hace que esa observación resulte, literalmente, impensable dentro de ese marco.
  • Cuando ese marco cambia (en este caso, con la teoría de la evolución), lo que llevaba siglos siendo invisible se convierte, de repente, en el centro de toda una disciplina.

Lo que Quintiliano observó con sentido común en el siglo I, la ciencia tardó casi dos mil años en empezar a medir con rigor. Y todavía hoy, como reconoce el propio Jensen, sigue sin haber pleno acuerdo sobre cómo llamar a aquello que ese maestro romano ya sabía reconocer en sus alumnos.

Sobre esa falta de acuerdo, precisamente, trata ¿Qué es la inteligencia? Ni los expertos se ponen de acuerdo.

Fuentes

  • Jensen, A. R. (1998). The g Factor: The Science of Mental Ability. Praeger.
  • James, W. (1890). The Principles of Psychology. Henry Holt and Company.

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Preguntas frecuentes

¿Quién fue Quintiliano y qué dijo exactamente sobre el talento?

Marco Fabio Quintiliano fue un orador y pedagogo romano del siglo I d.C. Según recoge Arthur Jensen en The g Factor (1998), aconsejaba a los maestros observar con precisión las diferencias de capacidad entre sus alumnos, describiendo el talento humano como algo con una variedad casi increíble, no como una cualidad uniforme.

¿Es verdad que un libro tan importante como el de William James casi no habla de inteligencia?

Según Jensen, sí: Principles of Psychology (1890), de William James, uno de los textos fundacionales de la psicología moderna, menciona la palabra 'inteligencia' una sola vez, como sinónimo de 'intelecto', sin referirse en ningún momento a las diferencias individuales en esa capacidad.

¿Por qué tardó tanto la psicología en estudiar las diferencias de inteligencia entre personas?

Jensen apunta a dos causas principales: una tradición filosófica, heredada de Platón, que separaba el alma (universal e inmaterial) del cuerpo, incompatible con la idea de diferencias individuales; y un sistema social, hasta la industrialización, que limitaba tanto el acceso a la educación que esas diferencias apenas resultaban visibles.

¿Este artículo defiende alguna de las teorías más controvertidas sobre la inteligencia?

No. Se limita a la historia de cómo y cuándo la psicología empezó a estudiar las diferencias individuales en capacidad mental como objeto de investigación científica, no a ninguna hipótesis sobre sus causas concretas en un individuo o grupo.

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