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Confiar en un desconocido: por qué antes era la norma y hoy es la excepción

Por la redacción de Personaramic9 min de lectura
Ilustración minimalista de dos manos geométricas acercándose sin llegar a tocarse

Confiar en un desconocido, sostenía el filósofo danés Knud Løgstrup, es la conducta natural del ser humano; desconfiar es la excepción que necesita explicación. Zygmunt Bauman, en ‘Amor líquido’ (2003), retoma esa idea para preguntarse cuánto de ella sobrevive en una cultura de reality shows y vínculos cada vez más revocables. Su respuesta es más matizada de lo que parece, y los datos de las encuestas sobre confianza, que repasamos aquí, la matizan todavía más.

Es característico de la vida humana que las personas suelan encontrarse entre sí con natural confianza.

Knud Løgstrup, The Ethical Demand (1956)

“Solo a causa de una circunstancia especial desconfiamos de antemano de un desconocido […] en circunstancias normales aceptamos la palabra de un desconocido y no desconfiamos de él mientras no tengamos algún motivo particular para hacerlo. Nunca sospechamos que una persona es falsa mientras no lo pesquemos en una mentira.”

Bauman cita este pasaje en Amor líquido como punto de partida para explorar una pregunta incómoda: ¿sigue siendo cierto?

Un pastor rural que se convirtió en filósofo de la resistencia

Løgstrup concibió buena parte de estas ideas durante los años que pasó como pastor en una pequeña parroquia de la isla danesa de Funen, antes de mudarse a Aarhus para enseñar teología y ética en la universidad. Bauman señala, no sin cierta ironía, que dudaba de que esas mismas ideas hubieran podido gestarse una vez que Løgstrup se instaló en la ciudad y debió enfrentarse, como miembro activo de la resistencia danesa durante la ocupación nazi, a las realidades de un mundo en guerra.

El propio recorrido biográfico de Løgstrup contiene ya una tensión que su obra nunca resolvió del todo: la confianza como impulso natural, puesta a prueba por circunstancias extraordinarias.

El programa de televisión que invirtió su veredicto

Bauman contrapone la tesis de Løgstrup con un fenómeno cultural muy concreto: el éxito masivo de programas como Gran Hermano, Survivor o The Weakest Link. En la lectura de Bauman, el mensaje de fondo de Survivor es la desconfianza hacia todos los demás.

Bauman sugiere que los seguidores de ese tipo de telerrealidad invertirían el veredicto original de Løgstrup, hasta dejarlo prácticamente al revés: es característico de la vida humana que las personas se encuentren entre sí con natural suspicacia.

Por qué la confianza no sobrevive dentro del juego

El motivo, según el análisis de Bauman, no es casual. Dentro de la lógica de un juego de supervivencia televisado, la confianza, la compasión y la clemencia se convierten en una desventaja estratégica.

El razonamiento se puede seguir paso a paso:

  1. El juego premia a quien calcula, no a quien confía. Cada decisión se evalúa por su efecto sobre la propia supervivencia dentro del juego, no por su valor moral.
  2. Confiar en otro jugador expone a una traición con recompensa. Si alguien confía y el otro no, quien confió pierde; el sistema de incentivos favorece sistemáticamente a quien traiciona primero.
  3. El resultado es una espiral de desconfianza que se retroalimenta. Cuantos más jugadores adoptan la estrategia de no confiar, más racional se vuelve, para el resto, hacer lo mismo.

Quien no es más duro y más calculador que el resto corre el riesgo de ser eliminado, con o sin remordimiento por parte de quienes toman esa decisión. El programa reproduce, en formato de entretenimiento, una lógica darwiniana en la que sobrevive quien mejor sabe no confiar.

Es la misma estructura que la teoría de juegos estudia en el dilema del prisionero: cuando el juego dura una sola ronda y traicionar se premia, la desconfianza parece la opción racional.

Un ejemplo de cómo se traslada esto a la vida cotidiana

Pensemos en una situación habitual, no un caso real sino una ilustración del patrón: alguien empieza un nuevo trabajo y, en la primera semana, un compañero le ofrece ayuda sin pedir nada a cambio.

La reacción instintiva de muchas personas hoy no es aceptar sin más, como describía Løgstrup como lo “normal”, sino preguntarse qué busca esa persona, qué interés oculto puede haber detrás del gesto.

Esa sospecha no nace de una mala experiencia concreta con ese compañero, sino de un hábito mental general, entrenado por años de advertencias difusas sobre no fiarse de nadie. Løgstrup diría que esa sospecha por defecto es la verdadera anomalía, no la confianza inicial.

Lo que dicen los datos: ¿de verdad confiamos menos?

Bauman escribe como sociólogo ensayista, no con encuestas. Pero la pregunta de si la confianza en los desconocidos ha caído sí se ha medido, con una pregunta clásica que se repite desde hace décadas: “En general, ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que nunca se es lo bastante prudente en el trato con los demás?”.

En Estados Unidos, la respuesta muestra un descenso claro. Jean Twenge, Keith Campbell y Nathan Carter (2014) analizaron la General Social Survey y encontraron que el porcentaje de adultos que respondía que se puede confiar en la mayoría bajó del 46 % a principios de los años setenta al 33 % en 2010-2012. Es el dato que mejor encaja con el título de este artículo.

Pero no es una tendencia universal. Las comparaciones internacionales, desde la Encuesta Mundial de Valores hasta la Encuesta Social Europea, sitúan de forma sistemática a los países nórdicos en cabeza, con Dinamarca entre los primeros puestos, y muy lejos de muchos países de América Latina. En un análisis de 60 países, Jan Delhey y Kenneth Newton (2005) hablaron de “excepcionalismo nórdico”: los países con más confianza combinaban homogeneidad étnica, tradición protestante, buen gobierno, riqueza e igualdad de ingresos.

Y en Dinamarca la tendencia ha ido al revés que en Estados Unidos: según Kim Mannemar Sønderskov y Peter Thisted Dinesen (2014), la confianza social danesa aumentó de forma notable entre 1979 y 2009.

La ironía es notable: el país de Løgstrup no solo sigue siendo uno de los lugares del mundo donde más personas responden que se puede confiar en la mayoría, sino que lo responde más gente que a finales de los años setenta, poco antes de su muerte. La lectura de la redacción es que la “anomalía” que describe Bauman existe, pero no es un destino de la época: depende mucho de dónde se viva y de cuánto se puede confiar en las instituciones que rodean a los desconocidos.

Un matiz que Bauman no deja pasar

Aun así, Bauman no da por invalidada la tesis de Løgstrup. Señala un punto clave: Løgstrup nunca sostuvo que los impulsos morales surgieran de la reflexión o del cálculo de riesgos.

Al contrario, su argumento era que la esperanza de la moralidad estaba precisamente en su espontaneidad prerreflexiva, en el hecho de que la confianza, cuando es genuina, no se detiene a preguntarse “¿qué gano yo con esto?” antes de manifestarse.

Bajo esa lógica, que hoy existan cada vez menos garantías de que la confianza será correspondida no demuestra que el impulso espontáneo haya desaparecido: demuestra, como mucho, que encuentra cada vez menos terreno fértil donde sostenerse.

Dos tipos de desconfianza que conviene no confundir

La lectura que hace Bauman de Løgstrup ofrece una distinción útil para pensar la propia experiencia, resumible en dos categorías bien distintas:

  • Desconfianza puntual y justificada, dirigida a una persona concreta por un motivo concreto: alguien mintió antes, incumplió algo, dio señales reales de no ser fiable.
  • Sospecha generalizada, sostenida de antemano hacia cualquier desconocido, sin ninguna evidencia particular que la respalde en ese caso concreto.

Løgstrup situaba la primera como parte normal de la vida social; la segunda, como la anomalía que de verdad merecería explicación, aunque el propio Bauman reconoce que el mundo contemporáneo parece, cada vez con más frecuencia, invertir esa jerarquía.

La confianza como “expresión soberana de la vida”

Løgstrup describía la confianza, junto con la compasión y la clemencia, como manifestaciones de lo que llamaba la “soberana expresión de la vida”: actos que no responden a un cálculo de beneficio propio ni a una obligación impuesta desde fuera, sino que surgen, según su planteamiento, sin necesidad de motivo ulterior.

Bauman conecta esta idea con la noción de “responsabilidad hacia el otro” del filósofo Emmanuel Levinas: ambos coinciden en que depender de alguien, o hacer que alguien dependa de uno, no es una debilidad que haya que erradicar, sino la base misma sobre la que se construye cualquier vínculo moral genuino.

Leído así, el mundo que describe Bauman en el resto de ‘Amor líquido’, empeñado en reducir toda dependencia a un riesgo que conviene evitar, no estaría simplemente actualizando la tesis de Løgstrup: estaría, en muchos sentidos, trabajando en su contra.

Confianza y vínculo cercano

Esta tensión entre confianza espontánea y sospecha aprendida no se limita a los desconocidos: también atraviesa los vínculos más cercanos.

La investigación sobre apego describe cómo la experiencia temprana con figuras de cuidado disponibles y consistentes se asocia con una mayor facilidad para confiar en los demás en la vida adulta, un patrón que el perfil de apego seguro desarrolla con más detalle.

Si te interesa cómo se manifiesta esa disposición en tus vínculos cercanos, nuestro test de apego explora los cuatro estilos que describe esa investigación.

Conclusión: la anomalía cambió de lugar

Lo que Løgstrup describía como la norma, la confianza espontánea hacia un desconocido, funciona en buena parte de la cultura contemporánea como la excepción que hay que justificar, y las encuestas estadounidenses lo confirman. Las danesas, en cambio, recuerdan que esa inversión no es inevitable.

Bauman no dictamina cuál de las dos posturas es la correcta. Ofrece una distinción para notar el cambio: si una sospecha automática hacia alguien nuevo responde a un motivo real y concreto, o al hábito de una época que aprendió a esperar lo peor antes de tener ninguna prueba.

Fuentes

  • Løgstrup, K. E. (1956). Den etiske fordring. Gyldendal.
  • Bauman, Z. (2003). Liquid Love: On the Frailty of Human Bonds. Polity Press.
  • Delhey, J. y Newton, K. (2005). Predicting cross-national levels of social trust: Global pattern or Nordic exceptionalism? European Sociological Review, 21(4), 311-327. doi:10.1093/esr/jci022
  • Sønderskov, K. M. y Dinesen, P. T. (2014). Danish exceptionalism: Explaining the unique increase in social trust over the past 30 years. European Sociological Review, 30(6), 782-795. doi:10.1093/esr/jcu073
  • Twenge, J. M., Campbell, W. K. y Carter, N. T. (2014). Declines in trust in others and confidence in institutions among American adults and late adolescents, 1972-2012. Psychological Science, 25(10), 1914-1923. doi:10.1177/0956797614545133

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Preguntas frecuentes

¿Quién fue Knud Løgstrup?

Un teólogo y filósofo ético danés (1905-1981), formado como pastor en una parroquia rural antes de enseñar filosofía en la Universidad de Aarhus. Fue miembro activo de la resistencia danesa durante la ocupación nazi. Su obra más citada es 'The Ethical Demand' (1956).

¿Qué decía Løgstrup sobre la confianza?

Que confiar en un desconocido es la conducta natural y espontánea del ser humano, y que solo circunstancias particulares llevan a desconfiar por adelantado. Consideraba que sospechar de alguien sin motivo, y no confiar, era la excepción que requería explicación.

¿Bauman está de acuerdo con la tesis de Løgstrup?

La retoma con matices. Señala que buena parte de la cultura contemporánea (desde ciertos programas de telerrealidad hasta la fragilidad de muchos vínculos actuales) parece invertir el veredicto de Løgstrup, aunque también recuerda que Løgstrup nunca basó su tesis en la observación empírica de cuánta gente confía, sino en la espontaneidad como rasgo estructural de la vida humana.

¿Desconfiar por sistema tiene algún coste?

Løgstrup no lo planteaba en términos de coste, sino de normalidad: consideraba que desconfiar de alguien sin motivo era la excepción que requería explicación, aunque reconocía que ciertos contextos concretos pueden justificar, con motivo real, la cautela hacia una persona en particular.

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