Los grandes maestros de ajedrez no tienen mejor memoria que tú
Si a un gran maestro de ajedrez se le pasa un test de memoria cualquiera, sin piezas ni tableros de por medio, rinde más o menos como cualquier otra persona. Y sin embargo es capaz de reconstruir una posición entera del tablero después de mirarla unos segundos.
No tiene memoria fotográfica ni un don general de retención que otras personas no tengan. Tiene otra cosa, mucho más concreta y, según la investigación, mucho más entrenable de lo que parece.
Aficionados, jugadores excelentes y grandes maestros: tres formas distintas de jugar
El psicólogo Arthur Jensen recoge en The g Factor (1998) la investigación sobre cómo piensan los expertos en ajedrez, y empieza desmontando la explicación más obvia.
- Un jugador mediocre (un duffer, en la jerga inglesa) suele pensar, como mucho, una jugada por delante.
- Un jugador excelente piensa varias jugadas por delante.
- Un gran maestro trabaja de una forma cualitativamente distinta a las dos anteriores.
La diferencia no está en cuántas jugadas calculan por adelantado. Está en algo más rápido y automático: la capacidad de percibir de un vistazo un patrón entero en el tablero.
Esa idea no nace con Jensen. Viene de la tesis del psicólogo y maestro de ajedrez neerlandés Adriaan de Groot, publicada en 1946 y traducida al inglés como Thought and Choice in Chess (1965). De Groot pidió a jugadores de distintos niveles que pensaran en voz alta ante una posición y observó que los grandes maestros no exploraban más jugadas que los buenos aficionados. Lo que hacían era fijarse antes en las jugadas buenas.
El experimento del tablero aleatorio
La prueba decisiva llegó en 1973. William Chase y Herbert Simon (este último, premio Nobel de Economía en 1978) enseñaron durante cinco segundos posiciones de ajedrez a tres jugadores: un maestro, un jugador de primera categoría y un principiante. Después les pidieron reconstruirlas en un tablero vacío.
- Con posiciones tomadas de partidas reales, el maestro recolocaba muchas más piezas que los otros dos, y lo hacía por grupos: piezas que se defienden entre sí, un enroque con sus peones, una cadena típica.
- Con las mismas piezas colocadas al azar, la ventaja del maestro prácticamente desaparecía: los tres recordaban solo unas pocas piezas.
La conclusión de Chase y Simon fue que el maestro no tiene más memoria de trabajo que nadie. Percibe el tablero en bloques (chunks) más grandes: cada configuración familiar ocupa en su memoria lo mismo que una sola pieza en la de un principiante. Simon estimó que un maestro guarda del orden de 50.000 bloques de este tipo, una cifra que Gobet y Simon volvieron a respaldar en 1996 con simulaciones por ordenador.
El matiz llegó después. Al reunir trece estudios, Fernand Gobet y Herbert Simon (1996) comprobaron que en las posiciones aleatorias queda una ventaja pequeña a favor de los expertos. No contradice la idea de los bloques: incluso un tablero desordenado contiene, por casualidad, algunos patrones que un experto reconoce.
Memoria excepcional solo dentro de su especialidad
Este es el hallazgo que rompe la intuición del “genio con memoria prodigiosa”:
- Los grandes maestros memorizan posiciones enteras de un vistazo, como quien recuerda una frase recién leída sin atender a cada letra.
- En tests de memoria generales, sin relación con el ajedrez, Jensen recoge que no muestran una ventaja apreciable sobre otras personas.
- Lo que sí tienen es una memoria de largo plazo muy bien surtida de posiciones, planes y combinaciones, que se activan solos en cuanto aparece una configuración conocida.
Jensen lo compara con la lectura en el propio idioma: nadie descifra letra a letra una palabra familiar, el cerebro la reconoce entera. Un gran maestro hace lo mismo con el tablero tras miles de horas de exposición a ese lenguaje concreto.
Mucha práctica, y de una clase particular
Si la ventaja no es una memoria general superior, ¿de dónde sale?
Según la investigación que recoge Jensen sobre el desempeño excepcional en cualquier campo, la diferencia crítica entre un experto y una persona media no es tanto el factor g en bruto como el grado de automatización de los conocimientos propios de ese campo. Esa automatización se caracteriza por la simultaneidad de procesos y por un “pensamiento en patrones” que no existe en quien todavía procesa la información paso a paso.
El camino hacia ella es la práctica, mucha y con un esfuerzo consciente por mejorar. El psicólogo K. Anders Ericsson la llamó práctica deliberada y defendió durante décadas que era el factor principal de la pericia.
Los datos posteriores matizan esa tesis. David Hambrick y sus colegas (2014) reanalizaron seis estudios con más de mil ajedrecistas y concluyeron que la práctica deliberada explica, de media, en torno a un 34 % de las diferencias de nivel. Es una proporción enorme para un solo factor, pero deja la mayor parte sin explicar. En uno de esos estudios, los grandes maestros habían acumulado entre unas 800 y más de 24.000 horas de práctica: unos llegan mucho antes que otros.
¿Y la inteligencia? Lo que dice el metaanálisis de 2016
Si la memoria general no distingue al maestro, cabe preguntarse si lo hace la inteligencia. El estudio más completo hasta la fecha es el metaanálisis de Alexander Burgoyne y colaboradores (2016), que reunió decenas de muestras de ajedrecistas.
- La habilidad en ajedrez se asocia de forma positiva pero modesta con la capacidad cognitiva: en torno a r = 0,24 con el razonamiento fluido y valores parecidos con la memoria a corto plazo.
- La relación es más fuerte en jugadores jóvenes y sin clasificación (r ≈ 0,32) que en adultos y jugadores con ranking (entre 0,11 y 0,14).
- Una corrección publicada en 2018 rebajó ligeramente la media global (0,22) y dejó sin significación algunas asociaciones, pero mantuvo la del razonamiento fluido.
La lectura que proponen los autores encaja con la de Jensen: la inteligencia ayuda sobre todo al principio, cuando todavía hay que calcularlo casi todo. A medida que el jugador acumula patrones, ese conocimiento específico pasa a pesar más que la capacidad general.
El talento aislado que casi nunca despega
Jensen conecta esta idea con un dato casi incómodo: el del síndrome del savant (lo que la literatura antigua llamaba idiots savants), personas con un talento asombroso en un área muy concreta (cálculo, música, dibujo) junto a un CI general muy por debajo de la media.
Según recoge el libro, casi ninguno de estos casos llega a ser un matemático, músico o artista de primer nivel reconocido, y muy pocos llegan a ganarse la vida con ese talento. La conclusión de Jensen es que un nivel de g medio o superior parece una condición casi necesaria para que un talento especial se exprese en su versión más influyente dentro de su campo.
Es una interpretación apoyada en casos, no en un experimento, pero coincide con lo que muestra el metaanálisis de Burgoyne: la capacidad general no sustituye al patrón aprendido, y el patrón aprendido tampoco florece del todo sin ella.
Lo que este hallazgo cambia sobre la idea de “talento”
Juntando las piezas, la imagen que queda es más matizada que el mito del genio nato:
- La pericia experta depende en gran medida de un repertorio de patrones construido con mucha práctica, no de un don general de memoria.
- La práctica explica mucho, pero no todo: la capacidad cognitiva y otros factores también cuentan, sobre todo en las primeras etapas.
- Un talento aislado, sin una base general que lo sostenga, rara vez llega al máximo nivel de su disciplina.
Lo que enseña un gran maestro no es que algunas personas nazcan viendo el tablero de otra forma. Es que ver un tablero “de otra forma” se construye, jugada a jugada, durante miles de horas, sobre una base que ya estaba ahí.
La idea de una “base necesaria” aparece también en la propia historia del estudio de la inteligencia: en el consejo de hace 2.000 años sobre las diferencias de aptitud se cuenta por qué algo tan evidente tardó tanto en convertirse en objeto de estudio científico.
Fuentes
- Burgoyne, A. P., Sala, G., Gobet, F., Macnamara, B. N., Campitelli, G. y Hambrick, D. Z. (2016). The relationship between cognitive ability and chess skill: A comprehensive meta-analysis. Intelligence, 59, 72-83. doi:10.1016/j.intell.2016.08.002
- Chase, W. G. y Simon, H. A. (1973). Perception in chess. Cognitive Psychology, 4(1), 55-81.
- De Groot, A. D. (1965). Thought and Choice in Chess. Mouton. (Original neerlandés de 1946.)
- Gobet, F. y Simon, H. A. (1996). Recall of rapidly presented random chess positions is a function of skill. Psychonomic Bulletin & Review, 3(2), 159-163.
- Gobet, F. y Simon, H. A. (1996). Recall of random and distorted chess positions: Implications for the theory of expertise. Memory & Cognition, 24(4), 493-503.
- Hambrick, D. Z., Oswald, F. L., Altmann, E. M., Meinz, E. J., Gobet, F. y Campitelli, G. (2014). Deliberate practice: Is that all it takes to become an expert? Intelligence, 45, 34-45.
- Jensen, A. R. (1998). The g Factor: The Science of Mental Ability. Praeger.
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Preguntas frecuentes
¿Es cierto que los grandes maestros de ajedrez no tienen mejor memoria que cualquiera?
En tests de memoria generales, sin relación con el ajedrez, sí: según recoge Arthur Jensen en The g Factor (1998), no muestran una ventaja apreciable sobre otras personas. Su memoria excepcional aparece solo dentro de su campo, para posiciones y patrones de ajedrez concretos.
Entonces, ¿qué es lo que de verdad distingue a un maestro de un aficionado?
Desde los trabajos de Adriaan de Groot y de Chase y Simon (1973), no es cuántas jugadas planean por adelantado, sino la capacidad de reconocer de un vistazo patrones completos en el tablero: configuraciones de piezas que su memoria de largo plazo, entrenada durante miles de horas, reconoce de forma casi automática.
¿Se puede llegar a ese nivel solo con práctica, sin ninguna capacidad especial de base?
La práctica intensa es el único camino conocido hacia ese tipo de automatización experta, pero no lo explica todo: un reanálisis de Hambrick et al. (2014) estima que la práctica deliberada explica en torno a un tercio de las diferencias de nivel en ajedrez. Jensen añade que un nivel de g medio o superior parece una condición casi necesaria para que un talento especial se exprese al máximo, algo que ilustra con el síndrome del savant.
¿Recuerdan los maestros mejor las posiciones colocadas al azar?
Mucho menos de lo que recuerdan las posiciones de partidas reales. En el experimento clásico de Chase y Simon (1973) la ventaja casi desaparecía con piezas colocadas al azar. Una revisión posterior de trece estudios (Gobet y Simon, 1996) encontró que queda una ventaja pequeña, porque incluso en un tablero aleatorio aparecen por casualidad algunos patrones familiares.
¿Este artículo sugiere que cualquiera puede ser un gran maestro de ajedrez con suficiente práctica?
No exactamente. Resume investigación sobre pericia experta y su relación con la inteligencia general, no ofrece ninguna fórmula garantizada ni sustituye el asesoramiento de un entrenador o psicólogo del deporte para el desarrollo de una habilidad concreta.