El test que predijo quién moriría joven, también en carretera, mejor que su historial médico
Un estudio con exsoldados australianos puso a competir decenas de variables para predecir quién moriría joven. El historial médico, los antecedentes de conducta y el nivel educativo quedaron por detrás de una puntuación en un test de aptitud mental, tomada años antes de cualquier accidente.
La explicación deja de parecer misteriosa cuando se mira de qué morían aquellos hombres: sobre todo, en la carretera.
Un estudio a una escala poco habitual
El psicólogo Arthur Jensen recoge en The g Factor (1998) los trabajos del investigador australiano Brian I. O’Toole, publicados en 1990 y en 1992 (este último con Lazar Stankov).
- La cohorte de partida eran los exreclutas del servicio militar obligatorio australiano de la época de la guerra de Vietnam.
- Los estudios se centraron en quienes habían muerto por causas ajenas al combate antes de cumplir los cuarenta años.
- Para todos ellos existía una puntuación en el Army General Classification test (AGC), un test con alta carga del factor g, además de otras pruebas de velocidad, precisión y comprensión mecánica.
Junto a esas puntuaciones, los investigadores reunieron decenas de variables más, agrupadas en grandes bloques: nivel educativo, conducta personal (consumo de alcohol, arrestos, ausencias no autorizadas del servicio militar) e historial de salud (número de días de hospitalización, entre otros datos médicos). Según la reseña de Linda Gottfredson e Ian Deary (2004), el análisis de 1992 comparó a los fallecidos con una muestra de supervivientes, unos 2.300 hombres en total, y usó 56 variables además del CI.
Decenas de variables en la misma carrera
El análisis estadístico, una regresión con todas las variables a la vez, buscaba responder a una pregunta muy concreta: ¿cuáles predicen de forma independiente quién seguiría vivo años después?
El resultado, según lo describe Jensen, fue tajante: el AGC, el test con mayor carga de g de todos los administrados, fue la variable que hizo la contribución independiente más clara a la predicción de la mortalidad. Una desviación típica más en la puntuación se asoció con una reducción del 16 % en la tasa de mortalidad, lo que Gottfredson y Deary resumen como cerca de un 1 % menos de riesgo por cada punto de CI.
El historial de salud, con toda su información médica real, no resultó tan buen predictor como ese test mental tomado años antes. Conviene leerlo bien: no significa que la salud no importe, sino que en hombres jóvenes y casi todos sanos la información médica apenas distinguía entre unos y otros.
De qué morían aquellos hombres
La razón de este resultado, aparentemente extraño, se aclara al mirar la causa de las muertes. En ese grupo de edad, la mayoría de los fallecimientos se debieron a causas externas, sobre todo accidentes de tráfico, no a enfermedades. Y el CI fue también el mejor predictor de esa causa concreta.
El análisis específico sobre la mortalidad en accidentes de vehículo a motor (O’Toole, 1990) mostró esta tabla, organizada por nivel de CI:
| Nivel de CI | Tasa de muerte por cada 10.000 |
|---|---|
| Superior a 115 | 51,3 |
| Entre 100 y 115 | 51,5 |
| Entre 85 y 100 | 92,2 |
| Entre 80 y 85 | 146,7 |
La tasa de muerte en accidente de tráfico casi se triplica entre el grupo con CI más alto y el grupo con CI más bajo. La tabla tiene un detalle que suele pasarse por alto: por encima de 100 la curva es casi plana, y la diferencia se concentra en la parte baja de la distribución.
No es una enfermedad lo que explica la diferencia, sino algo relacionado con el comportamiento en situaciones de riesgo rápidas y cambiantes, como conducir.
Lo que vino después: el CI y la esperanza de vida
El estudio australiano fue de los primeros, pero no el único. En las dos décadas siguientes, la llamada epidemiología cognitiva, con Ian Deary y David Batty entre sus principales impulsores, siguió a grandes cohortes desde la infancia o el reclutamiento militar hasta la vejez.
- En Escocia, el seguimiento de los niños de Aberdeen evaluados en el Scottish Mental Survey de 1932 halló que quienes habían puntuado más alto a los 11 años tenían más probabilidades de seguir vivos a los 76 (Whalley y Deary, 2001).
- En 2011, el metaanálisis de Catherine Calvin y colaboradores reunió 16 estudios de cohortes con seguimientos de 17 a 69 años: una desviación típica más de inteligencia en la juventud se asociaba con un 24 % menos de riesgo de muerte por cualquier causa.
El efecto, por tanto, no se limita a la carretera ni a los hombres jóvenes. Lo que cambia con la edad es la causa de muerte que más pesa en cada etapa.
Por qué un test mental predice mejor que un informe médico
No hay una explicación única, y los propios investigadores las tratan como hipótesis que se suman:
- Educación y nivel socioeconómico. Una puntuación alta abre la puerta a más estudios, trabajos menos peligrosos y mejores condiciones de vida. Cuánto del efecto pasa por este camino es una de las preguntas abiertas del campo.
- Conductas de salud. Fumar, la actividad física, la dieta o seguir bien un tratamiento se relacionan con el CI. Gottfredson describe el cuidado de la propia salud como una tarea cognitiva más, con información nueva, riesgos que sopesar y decisiones que mantener en el tiempo.
- Manejo del riesgo inmediato. Evaluar una situación de tráfico en fracciones de segundo, anticipar lo que hará otro vehículo o reaccionar ante un imprevisto dependen en parte de procesos que el factor g capta bien y que un informe médico, centrado en enfermedades y hospitalizaciones, no capta en absoluto.
- Integridad del organismo. Deary ha planteado que un mismo buen funcionamiento general del cuerpo podría favorecer a la vez el rendimiento cognitivo y la salud, de modo que el test funcionaría en parte como un marcador de ese estado.
Jensen extiende la misma lógica a otros resultados sociales (abandono escolar, pobreza, delincuencia), que en los datos que revisa muestran una relación inversa con el CI. Esa parte de su libro es mucho más discutida, porque es difícil separar el CI del origen social y de las oportunidades de cada persona.
La forma de leer una situación de riesgo rápida y cambiante es justo lo que explora, de forma mucho más ligera, el test de cómo me tomo el riesgo.
Los límites de un dato así de contundente
Este estudio permite decir unas cosas y no otras:
- Es una diferencia de tasas entre grupos de miles de personas, no una predicción individual.
- La inmensa mayoría de las personas, en cualquier nivel de CI, no sufre ningún accidente grave.
- La muestra eran hombres jóvenes australianos que pasaron por el ejército: no representa a mujeres ni a otras edades, y el tráfico de la época era muy distinto del actual.
- El riesgo real de una persona concreta depende de muchísimos factores (experiencia al volante, estado de ánimo, condiciones de la vía, suerte) que un estudio de población no puede capturar.
Lo que sí deja este dato es una idea que rara vez se piensa así: parte de lo que nos mantiene a salvo tiene menos que ver con el cuerpo que llevamos al médico y más con la rapidez y precisión con la que procesamos lo que ocurre a nuestro alrededor.
Si te interesa cómo se entrena esa capacidad de procesar patrones rápido en situaciones complejas, en los grandes maestros de ajedrez no tienen mejor memoria que tú se explica qué marca de verdad la diferencia entre un experto y un principiante.
Fuentes
- Calvin, C. M., Deary, I. J., Fenton, C., Roberts, B. A., Der, G., Leckenby, N. y Batty, G. D. (2011). Intelligence in youth and all-cause-mortality: systematic review with meta-analysis. International Journal of Epidemiology, 40(3), 626-644.
- Gottfredson, L. S. y Deary, I. J. (2004). Intelligence predicts health and longevity, but why? Current Directions in Psychological Science, 13(1), 1-4.
- Jensen, A. R. (1998). The g Factor: The Science of Mental Ability. Praeger.
- O’Toole, B. I. (1990). Intelligence and behaviour and motor vehicle accident mortality. Accident Analysis and Prevention, 22(3), 211-221.
- O’Toole, B. I. y Stankov, L. (1992). Ultimate validity of psychological tests. Personality and Individual Differences, 13(6), 699-716.
- Whalley, L. J. y Deary, I. J. (2001). Longitudinal cohort study of childhood IQ and survival up to age 76. BMJ, 322(7290), 819-822.
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Preguntas frecuentes
¿Qué estudio es exactamente el que compara CI y mortalidad?
Son dos trabajos de Brian I. O'Toole sobre exsoldados australianos que Arthur Jensen recoge en The g Factor (1998): uno de 1990 sobre la mortalidad en accidentes de tráfico y otro de 1992, firmado con Lazar Stankov, que comparó la puntuación del test con 56 variables más. Partían de los exreclutas del servicio militar australiano de la época de Vietnam y se centraron en quienes habían muerto por causas ajenas al combate.
¿Qué otras variables se compararon frente al test mental?
Variables psicológicas, de conducta, de salud y demográficas: nivel educativo, consumo de alcohol, arrestos, ausencias no autorizadas del servicio y días de hospitalización, entre otras. Según el resumen de Jensen, el test con más carga de inteligencia general (el Army General Classification test) fue el que hizo la contribución independiente más clara a la predicción de la mortalidad.
¿Cuánto aumenta el riesgo real, en números?
Según los datos de O'Toole (1990) que cita Jensen, la tasa de muerte por accidente de tráfico fue de 51,3 por cada 10.000 en el grupo con CI superior a 115, frente a 146,7 por cada 10.000 en el grupo con CI entre 80 y 85: casi el triple. En un metaanálisis de 16 estudios, Calvin y colaboradores (2011) estimaron que una desviación típica más de inteligencia en la juventud se asocia con un 24 % menos de riesgo de muerte por cualquier causa.
¿Esto significa que una puntuación de CI baja condena a tener un accidente?
No. Es una diferencia de tasas entre grupos muy amplios de población, no una predicción sobre ninguna persona concreta. La inmensa mayoría de las personas en cualquier nivel de CI no sufre ningún accidente grave, y el riesgo real de cada individuo depende de muchos factores que este estudio no puede capturar.
¿Por qué la inteligencia se asocia con vivir más?
No hay una única respuesta. Las explicaciones que se discuten son el nivel educativo y socioeconómico al que da acceso, las conductas de salud, la capacidad de manejar riesgos y situaciones nuevas, y la posibilidad de que un mismo buen funcionamiento general del organismo favorezca a la vez la cognición y la salud. Probablemente todas aportan una parte.