¿Qué es la plasticidad neuronal?
Durante buena parte del siglo XX, la ciencia describía el sistema nervioso como una estructura prácticamente fija una vez terminada la maduración del cerebro: rígida, inalterable, con una arquitectura estable para toda la vida. Si eso fuera del todo cierto, sería muy difícil explicar algo tan cotidiano como que una persona pueda aprender a tocar un instrumento a los cuarenta años o recuperarse, aunque sea parcialmente, tras una lesión cerebral. La evidencia acumulada desde entonces apunta a una realidad bastante distinta, resumida en un concepto: la plasticidad neuronal, la capacidad del sistema nervioso de modificarse a sí mismo en respuesta a la experiencia.
Aprender es, literalmente, cambiar el cerebro
El biólogo James Zull lo plantea de forma directa: el aprendizaje tiene que ver con el cambio y, al mismo tiempo, es cambio. Si se entiende aprender como una modificación duradera del comportamiento, tiene sentido que vaya acompañado de cambios funcionales y estructurales reales en el cerebro. La neurociencia distingue tres tipos:
- Cambios morfológicos: crecimiento de nuevos terminales, de botones sinápticos y de espinas dendríticas, además de un estrechamiento del espacio entre neuronas que facilita la comunicación entre ellas.
- Cambios moleculares: modificaciones en las proteínas de las membranas neuronales, que alteran cómo responde cada neurona a la actividad de las demás.
- Cambios neuroquímicos: ajustes en la síntesis y liberación de neurotransmisores, que pueden aumentar o reducir la eficacia de una conexión concreta según cuánto se haya usado.
La regla de Hebb
En 1949, el psicólogo canadiense Donald Hebb propuso una idea que se convertiría en uno de los principios más citados de la neurociencia: la memoria debe asentarse en un cambio estructural permanente del cerebro, logrado modificando la eficacia de sinapsis que ya existían, no creando necesariamente conexiones desde cero. Cuanto más se usa una conexión concreta entre dos neuronas, más eficiente se vuelve esa comunicación, lo que otros autores resumirían después con una frase que ha quedado como sinónimo de la plasticidad neuronal: las neuronas que se activan juntas, se conectan entre sí.
Investigaciones posteriores en animales de laboratorio confirmaron directamente esta idea, mostrando la formación de nuevas sinapsis excitatorias asociadas al propio proceso de aprendizaje. La plasticidad neuronal no es, por tanto, una metáfora: es un cambio físico verificable, el mismo tipo de cambio que hace posible que el cerebro adulto siga generando neuronas nuevas en el hipocampo.
Por qué algunos recuerdos se fijan y otros se pierden
La plasticidad neuronal también explica por qué no todo lo que aprendes se queda grabado con la misma firmeza. La memoria a corto plazo se apoya en circuitos de neuronas que se mantienen activos solo durante segundos; si esa información no se transfiere a un almacenamiento más duradero, se pierde sin dejar huella permanente. La memoria a largo plazo, en cambio, requiere cambios mucho más profundos: síntesis de nuevas proteínas y modificaciones estructurales permanentes en las conexiones sinápticas. Ese proceso de consolidación no es instantáneo, necesita desde segundos hasta minutos, un intervalo en el que puede interrumpirse por sucesos como un traumatismo, una descarga eléctrica o el alcohol, lo que explica por qué a veces se pierde el recuerdo de los minutos justo antes de un golpe o un susto intenso, mientras que recuerdos más antiguos, ya consolidados, permanecen intactos.
Un cambio que no depende de crear neuronas nuevas
Conviene aclarar algo: la plasticidad neuronal no consiste, la mayoría de las veces, en fabricar neuronas nuevas desde cero, sino en modificar las conexiones entre las que ya existen. Es un matiz importante porque separa dos fenómenos relacionados pero distintos: la neurogénesis (la aparición de neuronas nuevas, limitada a regiones muy concretas como el hipocampo) y la plasticidad sináptica (el fortalecimiento o debilitamiento de las conexiones entre neuronas ya existentes, que ocurre en todo el cerebro y durante toda la vida). Casi todo lo que aprendes día a día, desde una palabra nueva hasta una habilidad manual, se apoya sobre todo en el segundo mecanismo, mucho más extendido que el primero.
Por qué esto importa más allá de la biología
Esta base biológica tiene una implicación práctica que va mucho más allá del laboratorio: si el cerebro cambia físicamente con la práctica, una habilidad que hoy te cuesta no está necesariamente fuera de tu alcance, solo necesita el tipo de repetición que fortalece esas conexiones. Es la misma idea, vista desde la neurociencia en lugar de desde la psicología, que la investigadora Carol Dweck documentó al estudiar la mentalidad de crecimiento: las personas que entienden que una habilidad puede desarrollarse tienden a practicar más y a rendirse menos, precisamente porque, a nivel biológico, tienen razón. Es también la explicación de fondo de por qué el estilo kinestésico aprende tanto practicando: cada repetición física es, en sentido literal, una oportunidad para que el cerebro se reorganice a sí mismo.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la plasticidad neuronal?
La capacidad del sistema nervioso de modificarse a sí mismo en respuesta a la experiencia. Es el fundamento biológico de la capacidad de aprender y de formar recuerdos duraderos.
¿Qué tipos de cambios provoca?
Tres, según la neurociencia: cambios morfológicos (crecimiento de nuevas conexiones y terminales entre neuronas), cambios moleculares (en las proteínas de las membranas neuronales) y cambios neuroquímicos (en la síntesis y liberación de neurotransmisores).
¿Quién fue Donald Hebb?
Un psicólogo canadiense que en 1949 propuso que la memoria debía asentarse en un cambio estructural permanente del cerebro, logrado modificando la eficacia de las conexiones (sinapsis) ya existentes entre neuronas, una idea resumida después por otros autores como 'las neuronas que se activan juntas, se conectan entre sí'.
¿La plasticidad neuronal tiene un límite de edad?
Es más intensa en la infancia, pero no desaparece en la edad adulta: la investigación sobre neurogénesis y sobre el efecto del ejercicio, el sueño y el aprendizaje activo en la estructura cerebral confirma que el cerebro adulto conserva capacidad real de cambio.