¿Por qué el cerebro adulto sigue creando neuronas nuevas?
Hasta finales del siglo XX, la neurociencia daba por hecho algo que hoy sabemos que era incorrecto: que el cerebro humano adulto nacía con todas las neuronas que tendría durante toda su vida, y que a partir de ahí solo podía perderlas, nunca generar otras nuevas. En noviembre de 1998, el investigador Peter Eriksson y su equipo publicaron un hallazgo que desmontó esa idea: el cerebro humano maduro sigue generando neuronas nuevas, al menos en una región muy concreta y especialmente relevante para el aprendizaje, el hipocampo.
Un hallazgo que llegó tarde, y por una buena razón
Confirmar la neurogénesis en humanos costó más que en animales por una cuestión puramente metodológica: identificar una neurona recién formada exige marcar las células que se están dividiendo en el momento exacto en que ocurre la división, algo relativamente sencillo de hacer en ratas o primates de laboratorio, pero mucho más difícil de comprobar de forma ética en cerebros humanos vivos. Eriksson lo consiguió analizando tejido cerebral de pacientes con cáncer terminal que, como parte de otro estudio clínico, habían recibido un marcador que permitía identificar células en división poco antes de morir. Fue ese diseño, tan poco habitual, el que finalmente permitió confirmar en humanos lo que antes solo se había demostrado en otras especies.
Dónde nacen las neuronas nuevas
La neurogénesis hipocampal ocurre en una región basal llamada giro dentado. Allí existen células precursoras o troncales que se dividen y dan lugar a células que migran hacia el hipocampo, donde se diferencian en neuronas y establecen conexiones con las neuronas ya existentes. El proceso no se detiene nunca del todo: cada día se producen algunos miles de neuronas nuevas, aunque una buena parte de ellas no sobrevive más allá de las primeras semanas.
Que sea precisamente el hipocampo, una de las regiones más implicadas en el aprendizaje y la memoria, la que conserva esta capacidad no es casualidad para los investigadores del campo: sigue sin saberse con precisión cómo se almacenan los recuerdos, pero la coincidencia entre «área clave para la memoria» y «área con capacidad de generar neuronas nuevas» abrió una línea de investigación que continúa hoy.
Lo que ayuda y lo que frena este proceso
La investigación posterior a Eriksson identificó, en animales de laboratorio, dos factores con efectos opuestos sobre la neurogénesis. Por un lado, un comportamiento inquisitivo y la exploración de entornos ricos en estímulos aumentan tanto la formación de neuronas nuevas como su probabilidad de supervivencia. Por el otro, el estrés sostenido y la ausencia de estímulos actúan justo al revés: reducen ambas cosas. Es un hallazgo que conecta directamente con por qué el estrés bloquea la memoria: no es solo que el estrés dificulte recuperar lo ya aprendido, es que puede llegar a frenar la propia formación de las neuronas que sustentan el aprendizaje futuro.
Un círculo que se retroalimenta
Un dato hace este hallazgo todavía más interesante: la investigación de Elizabeth Gould y su equipo (1999) mostró que la relación funciona también en sentido inverso, que el propio hecho de aprender aumenta la neurogénesis en el hipocampo. No es solo que un entorno estimulante favorezca la aparición de neuronas nuevas: el acto mismo de adquirir información nueva parece retroalimentar el proceso, generando más de las células que, a su vez, sustentan la capacidad de seguir aprendiendo. Es un círculo virtuoso con una implicación práctica directa: mantenerse en actividad intelectual, en vez de evitar el esfuerzo cognitivo, podría estar ayudando literalmente a que el cerebro conserve mejor su capacidad de generar neuronas nuevas.
Por qué durante tanto tiempo se creyó lo contrario
Que esta idea tardara tanto en confirmarse no fue casualidad. Durante décadas, buena parte de la neurociencia asumió que el sistema nervioso adulto era una estructura ya cerrada, incapaz de producir células nuevas más allá del desarrollo inicial. El hallazgo de Eriksson obligó a revisar ese supuesto con datos concretos, no solo con intuición, y abrió una línea de investigación (con implicaciones que van desde el envejecimiento cognitivo hasta la depresión, en la que se han observado alteraciones de la neurogénesis hipocampal) que treinta años después sigue activa.
Una idea con más de un siglo de antigüedad, confirmada
El anatomista español Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel en 1906, ya había intuido algo parecido cuando comparó el cerebro con un jardín lleno de árboles que, «en respuesta al cultivo inteligente, pueden aumentar el número de ramas, extender raíces sobre mayor superficie y producir flores y frutos más variados y exquisitos». Cajal se refería sobre todo a nuevas conexiones entre neuronas ya existentes, no a neuronas completamente nuevas, pero la idea de fondo (que el cerebro adulto conserva capacidad de cambio, no es una estructura fija y acabada) es la misma que casi un siglo después confirmó Eriksson desde un ángulo distinto. Lo que a comienzos del siglo XX era una intuición poética resultó, con las herramientas adecuadas, ser también un hecho biológico literal: el cerebro adulto sigue creciendo, célula a célula, mientras sigue aprendiendo.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la neurogénesis?
La formación de neuronas nuevas a partir de células precursoras o troncales. Durante buena parte del siglo XX se creyó que el cerebro adulto de los mamíferos no podía generar neuronas nuevas; el hallazgo de Peter Eriksson en 1998 demostró que sí ocurre, al menos en el hipocampo.
¿En qué parte del cerebro ocurre?
En una región concreta del hipocampo llamada giro dentado, donde células precursoras se dividen y migran hacia el hipocampo, diferenciándose en neuronas nuevas que establecen conexiones con las ya existentes.
¿Qué favorece la neurogénesis?
Según la investigación en este campo, un comportamiento inquisitivo y la exploración de entornos ricos en estímulos aumentan tanto la formación de neuronas nuevas como su supervivencia.
¿Y qué la reduce?
El estrés sostenido y la falta de estímulos, que actúan en la dirección contraria: disminuyen tanto la neurogénesis como la probabilidad de que las neuronas nuevas sobrevivan.