¿Qué reveló el experimento del cerebro dividido de Roger Sperry?
A mediados de la década de 1950, el neurocientífico Roger Sperry, entonces en la Universidad de Chicago, hizo un descubrimiento que cambiaría para siempre la forma de entender el cerebro. Trabajando con gatos, seccionó tanto el cuerpo calloso (el puente de fibras que conecta los dos hemisferios) como el quiasma óptico, de modo que la información visual de cada ojo llegara solo al hemisferio de su mismo lado. El resultado fue sorprendente: cada hemisferio funcionaba de forma completamente independiente, como si fuera un cerebro entero por sí mismo. Un gato podía aprender a resolver un problema con un ojo, pero si después se le tapaba ese ojo y se le presentaba el mismo problema con el otro, no lo reconocía: tenía que aprenderlo de cero. Cada mitad del cerebro ignoraba por completo lo que la otra había aprendido.
De los gatos a los pacientes humanos
En la década de 1960, un pequeño grupo de personas con epilepsia grave, que no respondía a otros tratamientos, fue sometido a la sección quirúrgica del cuerpo calloso para reducir la frecuencia y la intensidad de sus crisis. Sperry y su equipo diseñaron entonces una serie de tests psicológicos para estudiar a estos pacientes, y una de las primeras observaciones fue, en sí misma, notable: la operación no producía ningún cambio perceptible en el temperamento, la personalidad o la inteligencia general de quienes la habían recibido. En la vida cotidiana, todo parecía normal.
Las diferencias solo salieron a la luz con tests de laboratorio muy específicos. Se proyectaban palabras a un ojo, de manera que la información llegara únicamente al hemisferio opuesto. Cuando la palabra se dirigía al hemisferio izquierdo, el paciente podía leerla y decirla en voz alta sin ningún problema. Cuando la misma palabra se dirigía al hemisferio derecho, el paciente era incapaz de nombrarla en voz alta, aunque en muchos casos sí podía señalar el objeto correcto con la mano izquierda (controlada, precisamente, por el hemisferio derecho). Literalmente, una mitad de su cerebro sabía algo que la otra mitad no podía poner en palabras.
Dos cerebros bajo el mismo cráneo
Los hallazgos de Sperry, que le valieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1981, confirmaron algo que hasta entonces era solo una hipótesis: en la mayoría de las personas, el hemisferio izquierdo controla mecanismos ligados al habla, el lenguaje y la capacidad de nombrar las cosas, mientras que el derecho, más «mudo» en ese sentido, resulta especialmente hábil procesando información visuoespacial, facultades musicales y pensamiento abstracto. Con los años, la idea original de un hemisferio «dominante» sobre el otro ha dado paso a un concepto más matizado, el de especialización hemisférica: cada hemisferio puede procesar y almacenar información por sí mismo, sin necesitar al otro para hacerlo, casi como si tuviéramos dos cerebros distintos conviviendo bajo el mismo cráneo.
Un detalle que se notaba incluso fuera del laboratorio
Aunque la operación no cambiaba de forma evidente el comportamiento diario de los pacientes, las observaciones más minuciosas sí detectaron algo llamativo: al moverse o responder a estímulos sensoriales, favorecían el lado derecho de su cuerpo, controlado por el hemisferio dominante en la mayoría de las personas, el izquierdo. Era una pista más de que, aunque los dos hemisferios funcionaran ahora de forma independiente, seguían conservando sus especializaciones de siempre, solo que ya no podían compartirlas entre sí.
Antes de Sperry, ya se sabía que seccionar el cuerpo calloso no producía cambios evidentes en la conducta, un dato que en los años treinta llevó al neurocientífico Karl Lashley a bromear, medio en serio, con que quizá la única función de esa estructura fuera «impedir que los dos hemisferios flotaran por separado en el líquido cefalorraquídeo». El mérito de Sperry fue diseñar los tests de laboratorio precisos que demostraron que sí tenía una función real, y muy concreta: mantener a los dos hemisferios trabajando como un equipo coordinado, no como dos cerebros que simplemente comparten cráneo sin comunicarse.
Por qué este hallazgo cambió la forma de estudiar el cerebro
Antes de estos experimentos, buena parte de la neurociencia trataba el cerebro como una unidad relativamente homogénea. El trabajo de Sperry abrió la puerta a estudiar cada hemisferio por separado y a preguntarse, de forma mucho más precisa, qué función depende de cuál. Esa pregunta sigue siendo el punto de partida de buena parte de lo que hoy sabemos sobre cómo aprendemos: qué canal de entrada (visual, auditivo, verbal) tiende a apoyarse más en un lado del cerebro que en el otro, y por qué integrar ambos lados, en vez de dejar que uno domine, suele producir un aprendizaje más completo que confiar solo en uno de los dos.
Esta base biológica es la que años después inspiraría al consultor Ned Herrmann a diseñar su modelo de dominancia cerebral, cruzando la especialización hemisférica de Sperry con el llamado «cerebro triuno» para describir distintos estilos de pensar y aprender. Y explica también por qué un canal sensorial concreto, como el visual o el auditivo, puede apoyarse con más fuerza en un hemisferio que en otro: no son preferencias arbitrarias, son formas distintas de aprovechar una arquitectura cerebral que, en condiciones normales, funciona integrada, no partida en dos.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es el cuerpo calloso?
El haz de fibras nerviosas que conecta los dos hemisferios del cerebro y permite que se comuniquen entre sí. En la década de 1930 ya se sabía que seccionarlo no producía cambios evidentes en el comportamiento, lo que llevó al neurocientífico Karl Lashley a bromear con que tal vez su única función fuera impedir que los dos hemisferios «flotaran por separado».
¿Por qué se seccionaba el cuerpo calloso en algunos pacientes?
Como tratamiento quirúrgico para reducir la frecuencia y gravedad de las crisis en un pequeño grupo de personas con epilepsia grave que no respondía a otros tratamientos, ya en la década de 1960.
¿Los pacientes de Sperry notaban algo distinto tras la operación?
En la vida diaria, prácticamente nada: ni su temperamento, ni su personalidad ni su inteligencia general cambiaban de forma perceptible. Las diferencias solo aparecían en tests de laboratorio muy específicos, diseñados para enviar información a un único hemisferio cada vez.
¿Qué es la especialización hemisférica?
La idea, hoy más aceptada que la antigua noción de un hemisferio 'dominante', de que los dos lados del cerebro tienen funciones relativamente especializadas (el izquierdo más ligado al lenguaje y la secuencia, el derecho a lo visuoespacial y el pensamiento abstracto) pero trabajan de forma coordinada, no aislada, en el cerebro sano.