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Inteligencia emocional

Ponerle nombre a lo que sientes, para calmarlo

Por Elena Personaramic4 min de lectura
Ilustración minimalista de una forma ondulada que se calma progresivamente hacia una línea recta

Nota de responsabilidad: Este artículo describe una técnica divulgativa del psiquiatra Daniel Siegel y tiene una finalidad exclusivamente informativa. No sustituye la evaluación, el diagnóstico ni la intervención de un profesional de la salud mental.

El psiquiatra Daniel J. Siegel y la psicoterapeuta Tina Payne Bryson, en El cerebro del niño (2011), describen una técnica sencilla para gestionar un momento de emoción intensa: ponle un nombre para domarlo, es decir, contar con palabras, de forma ordenada, lo que ha pasado y lo que se ha sentido.

Un ejemplo del libro: el miedo a tirar de la cadena

Los autores narran el caso de una niña de nueve años que, tras ver cómo se desbordaba un váter, dejó de querer (y casi de poder) volver a tirar de la cadena. Su padre, conocedor de esta técnica, se sentó con ella y volvió a describir el episodio completo: qué pasó primero, qué sintió ella en ese momento, cómo terminó todo. Dejó que su hija añadiera los detalles que recordaba, incluido el miedo que le había quedado. Tras contar la historia varias veces, ese miedo fue disminuyendo hasta desaparecer.

Según explican Siegel y Bryson, lo que hizo el padre fue ayudar a unir dos formas de procesar la experiencia que, en un primer momento, habían quedado desconectadas: el registro emocional y sensorial de lo ocurrido, y la capacidad de ponerlo en palabras y en orden. Contar la historia obliga a hacer ambas cosas a la vez, dar sentido con lógica a algo que, hasta ese momento, solo existía como una sensación intensa y difusa.

Por qué nombrar reduce la intensidad

Los autores citan un hallazgo llamativo: poner un nombre o una etiqueta a lo que se siente reduce la actividad del circuito emocional asociado a esa sensación. No es lo mismo sentir miedo sin saber ponerle palabras que poder decir «tengo miedo de que esto vuelva a pasar»: nombrarlo con precisión parece bajar, literalmente, la intensidad de la reacción, en lugar de solo describirla desde fuera.

Esto explica también por qué evitar hablar de algo que ha dolido rara vez ayuda a superarlo. Es tentador pensar que no mencionar una experiencia difícil evita reabrir la herida, pero muchas veces ocurre justo lo contrario: lo que hace falta es precisamente contar la historia, tanto para darle sentido como para avanzar hacia sentirse mejor con lo ocurrido. El propio impulso de entender por qué ha pasado algo es, según describen los autores, tan fuerte que la mente sigue intentando dar sentido a una experiencia hasta que lo consigue, con o sin ayuda.

Otro ejemplo: el niño que ya no quería montar en bicicleta

Los autores narran otro caso que ilustra bien cómo se aplica esta técnica paso a paso. Un niño de diez años sufrió una caída de bicicleta al no ver una rejilla de alcantarilla en plena calle, y desde entonces se ponía muy nervioso cada vez que pensaba en volver a montar. Su madre lo ayudó a reconstruir el episodio con preguntas sencillas y abiertas: ¿Te acuerdas de lo que ocurrió cuando te caíste? ¿Y entonces qué pasó? Contar cada paso, con calma y sin prisa, permitió que el niño pusiera en palabras algo que hasta entonces solo existía como una reacción física de alerta: tensión, tal vez tampoco muy claro por qué. Poner nombre a cada parte de la secuencia (el susto, el golpe, el miedo posterior) fue, otra vez, lo que permitió que esa reacción perdiera fuerza.

No forzar la conversación

Siegel y Bryson son claros en un matiz importante: esta técnica no consiste en obligar a nadie a hablar de algo que no quiere compartir en ese momento, algo que suele ser contraproducente. Proponen en cambio elegir bien el momento (muchas de las mejores conversaciones ocurren mientras se hace otra cosa a la vez, no cara a cara y bajo presión) y, si la palabra no fluye, ofrecer alternativas como dibujar lo sucedido o escribirlo. Lo importante no es el formato exacto, es dar a la experiencia una estructura con la que la mente pueda, por fin, terminar de procesarla.

Una técnica que no caduca con la infancia

Siegel y Bryson desarrollan esta idea sobre todo con ejemplos de crianza, pero el mecanismo de fondo no tiene fecha de caducidad. Escribir un diario después de un mal día, contarle a alguien de confianza con detalle lo que ha pasado en vez de solo decir «estoy mal», o incluso hablarlo con uno mismo poniendo palabras concretas a lo que se siente, son formas adultas de la misma técnica. Conecta directamente con lo que en otros artículos de este sitio llamamos autoconciencia emocional: identificar con precisión qué se siente es, casi siempre, el primer paso necesario antes de poder gestionarlo, el terreno que ocupa la autorregulación emocional.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la técnica 'ponle un nombre para domarlo'?

Un término del psiquiatra Daniel Siegel: contar con palabras, de forma ordenada, una experiencia que ha causado dolor, miedo o malestar. Según describe, poner nombre a lo que se siente reduce la intensidad de la reacción emocional asociada.

¿Por qué funciona contar la historia de lo que pasó?

Porque obliga a usar el hemisferio más ligado al lenguaje y la lógica para dar orden y sentido a una experiencia que, sin ese paso, queda solo como una sensación difusa e intensa, sin estructura ni palabras.

¿Esta técnica es solo para niños?

Siegel la desarrolla sobre todo con ejemplos de crianza, pero el mecanismo que describe (que nombrar una emoción reduce su intensidad) no es exclusivo de la infancia: la misma idea de poner en palabras lo que se siente, en vez de evitarlo, aparece en enfoques de regulación emocional para adultos.

¿Sustituye la ayuda de un profesional?

No. Ante un malestar intenso, persistente o un trauma real, la orientación de un psicólogo colegiado ofrece un acompañamiento que esta técnica, por sí sola, no puede reemplazar.

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