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Negocios y decisiones

Por qué hasta Isaac Newton perdió su fortuna en la primera gran burbuja bursátil

Por Ramón Personaramic6 min de lectura
Ilustración geométrica de bloques que ascienden en altura y terminan en un bloque inclinado y desprendido, como una caída

En el verano de 1720, la acción más cotizada de Inglaterra no representaba ningún negocio real: representaba deuda pública disfrazada de oportunidad, y durante unos meses convenció a un rey, a un genio y a media Europa de que el dinero fácil no tenía límite.

Lo cuenta el escritor Robert Greene en Las leyes de la naturaleza humana (2018), como el ejemplo central de lo que llama la ley de la cortedad de miras: la tendencia humana a perder de vista las consecuencias de un acto en cuanto el presente se vuelve suficientemente dramático.

Una mala noticia que llegaba desde París

En 1719, el inglés John Blunt, director de la South Sea Company, seguía con creciente inquietud las noticias que llegaban de Francia.

Un escocés expatriado llamado John Law había fundado la Mississippi Company para explotar las riquezas de Luisiana, y el precio de sus acciones no dejaba de subir. Franceses de todas las clases sociales se hacían ricos de la noche a la mañana.

De ese auge nació, según recoge Greene, la propia palabra “millonario”.

Blunt, hijo de un zapatero, llevaba toda su vida queriendo ascender en la sociedad inglesa. Ver a Francia convertirse en la nueva capital financiera de Europa le resultaba insoportable. Necesitaba idear algo mejor, y a mayor escala.

Un plan para convertir deuda en riqueza

La South Sea Company se había fundado en 1710 para administrar parte de la deuda del gobierno británico, a cambio de un monopolio comercial con América del Sur que, en la práctica, nunca llegó a ejercer.

El plan de Blunt, presentado en 1720, era así de simple:

  • La compañía pagaría al gobierno una enorme suma para absorber toda su deuda, valuada en 31 millones de libras.
  • Después convertiría esa deuda en acciones propias, vendidas al público a 100 libras cada una.
  • Si el precio de la acción subía, como Blunt aseguraba que ocurriría, todos (gobierno, acreedores y compradores) ganarían al mismo tiempo.

El rey Jorge I, obsesionado con librar a la corona de sus deudas, respaldó el plan sin entender del todo la jerga financiera que lo sostenía. En abril de 1720 el Parlamento lo aprobó, y el propio rey acudió a depositar 100.000 libras en acciones de la compañía.

La fiebre de Exchange Alley

Lo que siguió, cuenta Greene, fue una fiebre especulativa que no distinguió clases sociales. Las callejuelas de Exchange Alley, en Londres, se congestionaban de carruajes cada día.

Entre los compradores estaban los escritores Jonathan Swift, Alexander Pope y John Gay. También Isaac Newton, que invirtió 7.000 libras de sus ahorros.

El precio de la acción, que había arrancado en 100 libras, superó las 300, después las 400, y para junio alcanzaba ya las 1.000 libras, con condiciones de pago tan generosas que resultaban casi imposibles de rechazar. Ese mismo mes, el rey nombró caballero a Blunt.

El contagio social llegó a escenas concretas que Greene recoge con detalle:

  • Una aristócrata se sorprendió una noche en la ópera al ver que su antigua criada ocupaba un palco más caro que el suyo.
  • Mozos y lacayos abandonaban su empleo, compraban carruajes propios y contrataban a su vez a otros mozos.
  • Una joven actriz hizo tal fortuna que decidió retirarse y rentó un teatro entero para despedirse de sus admiradores.

Jonathan Swift resumió el ambiente en una carta a un amigo: preguntado por la religión, la política y el comercio de Inglaterra, la respuesta a las tres preguntas era la misma, “South Sea”.

Cuando hasta el genio se deja atrapar

Newton, cauteloso, vendió sus acciones semanas después de comprarlas y duplicó su dinero. Debería haber sido el final de la historia para él.

Pero el precio siguió subiendo sin él, y en agosto, al ver que otros ganaban sumas muy superiores a las suyas, volvió a invertir, justo antes del colapso.

Cuando la burbuja estalló, Newton perdió unas 20.000 libras (varias veces lo que había ganado la primera vez) y, según cuenta Greene, a partir de entonces la sola mención de las finanzas lo incomodaba profundamente. Suya es la frase que resume el episodio mejor que cualquier análisis posterior: “Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de las personas.”

El colapso y la huida

Para frenar la especulación paralela que había surgido en otras compañías, algunas tan absurdas como una rueda de movimiento perpetuo, Blunt impulsó la Bubble Act de 1720, que prohibía las sociedades anónimas no autorizadas por la corona.

La medida tuvo el efecto contrario al buscado. Miles de personas, incapaces de recuperar el dinero invertido en esas empresas ahora ilegales, se volcaron a vender sus acciones de South Sea para cubrir sus pérdidas. El precio se desplomó.

En agosto de 1720 se formaban multitudes desesperadas por vender frente a la sede de la compañía. Hubo una ola de suicidios, entre ellos el del propio sobrino de Blunt. Blunt tuvo que huir de Londres perseguido por un asesino y pasó el resto de su vida con los modestos recursos que le quedaron tras la confiscación parlamentaria de casi todas sus ganancias.

Por qué ni Blunt ni Newton lo vieron venir

La pregunta que se hace Greene es incómoda: ¿cómo pudo un hombre pragmático como Blunt, y una mente tan racional como la de Newton, no anticipar algo tan evidente? Todo el esquema dependía de que el precio de la acción subiera para siempre, algo matemáticamente imposible sin ningún negocio real detrás.

Su explicación es que el marco temporal de ambos se fue reduciendo, poco a poco, hasta encogerse a apenas unos días. Blunt dejó de poder pensar en meses y empezó a pensar solo en la semana siguiente. Newton, epítome de la racionalidad, dejó de pensar más allá del día en que vivía.

Greene conecta directamente este mecanismo con la crisis financiera de 2008: la misma pérdida de perspectiva de largo plazo, multiplicada por instrumentos financieros mucho más complejos que las acciones de una compañía del siglo XVIII.

Dos burbujas que se alimentaron entre sí

La burbuja de Blunt no fue un fenómeno aislado. La Mississippi Company de John Law, la que había desatado la envidia de Blunt en primer lugar, colapsó en Francia ese mismo año, apenas unos meses antes que la South Sea Company.

Los dos esquemas compartían la misma lógica de fondo: convertir deuda pública en acciones negociables y confiar en que la sola expectativa de riqueza futura sostuviera un precio cada vez más alto. Cuando el dinero en circulación en Francia empezó a escasear y los inversionistas franceses perdieron la fe en Law, esa noticia llegó a Londres y aceleró la desconfianza hacia el propio Blunt, que ya luchaba por mantener su plan a flote.

Greene señala este detalle como parte del problema: Blunt había construido su plan imitando el de Law, “solo que a mayor escala”, sin prever que ambos esquemas colapsarían casi al mismo tiempo, por las mismas razones estructurales.

Un patrón que no necesita cómplices nuevos

Lo llamativo del caso, tres siglos después, no es que la gente corriente se dejara llevar por la promesa de dinero fácil. Es que ni la posición social ni la inteligencia funcionaron como protección: un rey, un banquero holandés que describió la escena como si “todos los locos hubieran escapado del manicomio al mismo tiempo”, y el científico más riguroso de su época compraron la misma ilusión, cada uno convencido de que su caso era distinto.

Fuentes

  • Greene, R. (2018). Las leyes de la naturaleza humana (E. Mercado, trad.). Editorial Océano de México.

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Preguntas frecuentes

¿Qué fue la burbuja de la South Sea Company?

Un plan financiero de 1720 en el que la South Sea Company absorbió la deuda pública británica a cambio de un monopolio comercial que apenas llegó a ejercer, y vendió esa deuda convertida en acciones propias. El precio de la acción subió de 100 a 1.000 libras en meses, antes de desplomarse por completo.

¿Isaac Newton realmente perdió dinero en esa burbuja?

Según recoge Robert Greene en Las leyes de la naturaleza humana, Newton vendió sus primeras acciones con ganancia, pero volvió a comprar cerca del punto más alto del precio y perdió alrededor de 20.000 libras cuando la burbuja estalló.

¿De dónde viene la palabra 'millonario'?

Greene sitúa su origen en el auge de la Mississippi Company, la sociedad fundada por el escocés John Law en París en esos mismos años, cuyo éxito bursátil hizo fabulosamente ricos a franceses de toda clase social y motivó, por rivalidad, el plan de la South Sea Company en Inglaterra.

¿Qué relación establece Robert Greene entre esta burbuja y la crisis financiera de 2008?

Greene describe el mismo mecanismo psicológico en ambos casos: una contracción progresiva del marco temporal de quienes toman las decisiones, que deja de pensar en meses o años y termina reaccionando solo al presente inmediato.

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