El tercer hombre: la presencia invisible que acompaña a alpinistas y náufragos en situaciones límite
En mayo de 1916, tres hombres agotados cruzaron a pie las montañas heladas de una isla del Atlántico Sur para salvar a sus compañeros. Años después, uno de ellos escribió que durante aquella marcha “a menudo me pareció que éramos cuatro, no tres”.
Ese hombre era Ernest Shackleton, y su frase dio origen a uno de los fenómenos más llamativos de la psicología de las situaciones límite: la sensación de que alguien invisible camina a tu lado justo cuando más lo necesitas.
Hoy se conoce como el factor del tercer hombre, y la neurociencia ha empezado a entender de dónde podría venir.
La marcha de Shackleton
Tras perder su barco en el hielo antártico, Shackleton, Frank Worsley y Tom Crean cruzaron en unas 36 horas las montañas y glaciares sin cartografiar de la isla de San Pedro para llegar a una estación ballenera y pedir ayuda.
En su libro South, de 1919, Shackleton lo contó así:
“Sé que durante aquella larga y agotadora marcha de treinta y seis horas por las montañas y glaciares sin nombre de San Pedro, a menudo me pareció que éramos cuatro, no tres.”
Añadió dos detalles que convierten la anécdota en algo más que una impresión personal:
- No se lo dijo a sus compañeros durante la marcha.
- Después, Worsley le confesó: “Jefe, tuve la curiosa sensación de que había otra persona con nosotros”. Y según Shackleton, Crean reconoció lo mismo.
Tres hombres, sin hablarlo entre sí, habían sentido la misma compañía imposible.
Del cuarto hombre al “tercero”
Si Shackleton hablaba de un cuarto, ¿por qué se llama “el tercer hombre”? La culpa es de la poesía.
En 1922, T. S. Eliot publicó La tierra baldía, que incluye unos versos inolvidables:
“¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado? / Cuando cuento, solo estamos tú y yo juntos.”
En sus notas, Eliot explicó que se inspiró en el relato de “una de las expediciones antárticas”, y añadió: “lo olvido, pero creo que una de las de Shackleton”. Al pasarlo al poema, redujo el grupo a dos y convirtió al cuarto en el tercero.
El nombre se popularizó en 2009 con el libro The Third Man Factor, del periodista John Geiger, que reunió decenas de casos parecidos.
Un mismo fenómeno, en cumbres, océanos y rascacielos
Los relatos se repiten con una semejanza inquietante:
- Frank Smythe, en el Everest en 1933, subía solo sin oxígeno cuando sintió una presencia “fuerte y amistosa”. Al sacar un trozo de pastel de menta, lo partió en dos y se giró para ofrecer la mitad a su compañero invisible. El propio Smythe sugirió que podía deberse a la falta de oxígeno y al estrés.
- Reinhold Messner, en el descenso del Nanga Parbat en 1970, donde murió su hermano Günther, describió “un tercer escalador” que bajaba con ellos un poco a su derecha, fuera de su campo de visión.
- Joshua Slocum, que dio la vuelta al mundo navegando solo, contó que en 1895, enfermo y con fiebre cerca de las Azores, vio al timón a un hombre que decía ser el piloto de la Pinta de Colón. Él mismo lo atribuyó al delirio.
- Ron DiFrancesco, uno de los pocos supervivientes que salieron de las plantas altas de la Torre Sur el 11 de septiembre de 2001, contó a Geiger que, cuando se derrumbó entre el humo, una voz lo llamó por su nombre y lo guió escaleras abajo.
Los detalles cambian, pero el patrón se mantiene: soledad o casi soledad, agotamiento extremo, peligro y, a veces, una compañía que anima, orienta o protege.
Lo que ocurre en el cerebro
Durante décadas, estos relatos se movieron entre lo místico y lo anecdótico. En 2006, un hallazgo casual en un hospital de Ginebra les dio un anclaje neurológico.
El equipo de Shahar Arzy y Olaf Blanke estaba evaluando a una paciente de 22 años con epilepsia, sin antecedentes psiquiátricos. Al estimular eléctricamente una zona concreta de su cerebro, la unión temporoparietal izquierda, ella sintió que una persona estaba detrás de ella.
Lo más revelador fue el comportamiento de esa “sombra”:
- Copiaba su postura: si ella se sentaba, la figura se sentaba.
- Si abrazaba sus rodillas, sentía que la figura intentaba agarrarla.
- Ella no se dio cuenta de que la sombra reproducía sus propios movimientos.
La conclusión de los investigadores, publicada en Nature, fue que el cerebro estaba percibiendo su propio cuerpo como si fuera el de otra persona.
Un fantasma fabricado con un robot
En 2014, Blanke y su equipo dieron un paso más. Primero analizaron a 12 pacientes neurológicos que sentían presencias y encontraron que sus lesiones se concentraban en regiones que integran las señales del cuerpo: frontoparietales, temporoparietales e insulares.
Después diseñaron un experimento con voluntarios sanos:
- Con los ojos vendados, movían con la mano un robot situado delante de ellos.
- Otro robot, detrás, les tocaba la espalda siguiendo esos movimientos.
- Cuando el toque llegaba medio segundo tarde, algunos participantes sentían que había alguien más en la sala. Hubo quien contó hasta cuatro “fantasmas”, y dos pidieron parar el experimento.
La explicación, publicada en Current Biology, es tan sencilla como perturbadora: la sensación de presencia surgiría al atribuir mal el origen de las señales de nuestro propio cuerpo. Cuando el movimiento y el tacto no encajan en el tiempo, el cerebro resuelve la contradicción inventando a otro.
Es una lógica parecida a la del efecto ideomotor de la ouija: nuestros propios movimientos, atribuidos a una fuerza ajena.
Por qué aparece en situaciones límite
Si la sensación de presencia nace de un desajuste en el modelo del propio cuerpo, tiene sentido que aparezca cuando ese modelo está bajo presión:
- Falta de oxígeno, frío y agotamiento, como en las grandes altitudes.
- Privación de sueño, como la de Charles Lindbergh, que contó haber sentido “presencias fantasmales” en su cabina tras más de veinte horas de vuelo sin dormir, en 1927.
- Monotonía y aislamiento, como en la navegación solitaria o en experimentos de aislamiento como el de Michel Siffre, el científico que se metió en una cueva.
En 1987, los psicólogos Peter Suedfeld y J. S. P. Mocellin revisaron relatos de exploradores, náufragos y supervivientes y propusieron una idea sugerente: que la sensación de presencia, a menudo interpretada como un síntoma, podría ser en realidad una reacción adaptativa.
Conviene tomarlo como hipótesis. No hay estudios que prueben que la presencia ayude a sobrevivir, y los relatos tienen un sesgo evidente: solo cuentan su experiencia quienes vuelven.
La presencia de quienes ya no están
La sensación de presencia no pertenece solo a las cumbres. Aparece con frecuencia en un contexto mucho más cotidiano: el duelo.
En 1971, el médico Dewi Rees entrevistó a 293 personas viudas de una zona de Gales:
- Casi la mitad había tenido alguna experiencia relacionada con su cónyuge fallecido.
- La más común era sentir su presencia, en torno al 39%.
- Muchas no se lo habían contado a nadie.
- Rees las consideró experiencias normales y a menudo reconfortantes.
Revisiones posteriores sitúan estas vivencias entre el 30% y el 60% de las personas viudas, y las describen en su gran mayoría como benignas.
Aquí aparece una conexión tentadora con la teoría del apego: la idea de que, en la soledad extrema o en la pérdida, la mente conjura una base segura, como la que describe el apego seguro. Es una interpretación hermosa, pero hoy por hoy especulativa: la investigación sobre el duelo muestra una relación más compleja entre estas experiencias y la forma de elaborar la pérdida.
Lo que el tercer hombre sugiere sobre la mente
Quizá lo más interesante del tercer hombre no sea el misterio, sino lo que revela de algo que damos por sentado: la frontera entre “yo” y “otro” la construye el cerebro, y bajo ciertas condiciones esa frontera puede desplazarse.
Que esa construcción, al fallar, tienda a producir una compañía en lugar de un simple error sensorial dice algo sobre nosotros. Somos animales sociales hasta en nuestras ilusiones.
La resiliencia suele describirse como la capacidad de sostenerse ante la adversidad. Los relatos de Shackleton, Smythe o Messner sugieren que, a veces, una parte de esa capacidad podría consistir en no sentirse solo, aunque se esté. Si esa compañía es un error del cerebro o una estrategia de supervivencia es una pregunta que la ciencia todavía no ha cerrado, y quizá la respuesta sea que puede ser ambas cosas a la vez.
Fuentes
- Arzy, S., Seeck, M., Ortigue, S., Spinelli, L. y Blanke, O. (2006). Induction of an illusory shadow person. Nature, 443(7109), 287.
- Blanke, O., Pozeg, P., Hara, M., Heydrich, L., Serino, A., Yamamoto, A., Higuchi, T., Salomon, R., Seeck, M., Landis, T., Arzy, S., Herbelin, B., Bleuler, H. y Rognini, G. (2014). Neurological and robot-controlled induction of an apparition. Current Biology, 24(22), 2681-2686.
- Eliot, T. S. (1922). The Waste Land.
- Geiger, J. (2009). The Third Man Factor: Surviving the Impossible. Weinstein Books.
- Rees, W. D. (1971). The hallucinations of widowhood. British Medical Journal, 4(5778), 37-41.
- Shackleton, E. (1919). South. William Heinemann.
- Suedfeld, P. y Mocellin, J. S. P. (1987). The “sensed presence” in unusual environments. Environment and Behavior, 19(1), 33-52.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es el factor del tercer hombre?
Es el nombre popular, difundido por el periodista John Geiger en su libro de 2009, de la sensación de que una persona invisible acompaña a alguien en una situación extrema: alpinistas, navegantes solitarios, exploradores o supervivientes de accidentes. En la investigación se habla de 'sensación de presencia'. No es un diagnóstico médico.
¿Qué contó Shackleton sobre la presencia invisible?
En su libro South, de 1919, Ernest Shackleton escribió que durante la travesía de 36 horas por las montañas de la isla de San Pedro, en 1916, a menudo le pareció que eran cuatro y no tres. Frank Worsley le dijo después que había tenido la curiosa sensación de que otra persona iba con ellos, y según Shackleton, Tom Crean confesó lo mismo.
¿Qué explica la neurociencia sobre la sensación de presencia?
Varios estudios del equipo de Olaf Blanke en Suiza apuntan a un error en cómo el cerebro atribuye las señales de nuestro propio cuerpo. En 2006, la estimulación eléctrica de la unión temporoparietal izquierda de una paciente le hizo sentir a una persona detrás de ella que copiaba su postura. En 2014, un robot que tocaba la espalda de voluntarios con un pequeño retraso bastó para que algunos sintieran una presencia en la sala.
¿Es normal sentir la presencia de alguien que ha muerto?
Es una experiencia frecuente en el duelo. En un estudio clásico de 1971 con 293 personas viudas en Gales, casi la mitad había tenido alguna experiencia con el cónyuge fallecido, y la más común era sentir su presencia, en torno al 39%. Revisiones posteriores sitúan estas experiencias entre el 30% y el 60% de las personas viudas y las describen en su gran mayoría como benignas.
¿Este artículo sustituye una valoración profesional?
No. Resume investigación sobre la sensación de presencia con fines informativos y educativos. Si las sensaciones de presencia son frecuentes, angustiantes, aparecen junto a otros cambios en la percepción o en el pensamiento, o afectan a tu día a día, lo indicado es consultarlo con un profesional sanitario.