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Por qué el fin del verano afecta más a tu cerebro que la propia llegada del invierno

Por Rafa Personaramic6 min de lectura
Ilustración orgánica minimalista de un sol terracota parcialmente cubierto por una forma oscura, con pequeñas hojas cayendo

A finales de septiembre, mucho antes de que llegue ningún frío de verdad, algo empieza a cambiar dentro del cerebro. Y según la neurociencia más reciente, no es la oscuridad la que más pesa. Es la velocidad a la que llega.

Esa es la idea central de una de las revisiones científicas más completas sobre el tema, publicada en 2023 en Translational Psychiatry por las investigadoras Rui Zhang y Nora D. Volkow, esta última directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos.

Un año no son dos estaciones, es una curva

La intuición habitual es pensar en verano e invierno como dos bloques: mucha luz, poca luz.

Zhang y Volkow proponen mirar algo distinto: no la cantidad de luz en un momento dado, sino la velocidad a la que esa cantidad cambia día a día.

Esa velocidad no es constante a lo largo del año. Tiene dos picos exactos:

  • El acortamiento del día es más rápido alrededor del equinoccio de otoño, a finales de septiembre.
  • El alargamiento del día es más rápido alrededor del equinoccio de primavera, en marzo.

En otras palabras: el organismo no solo tiene que adaptarse a “menos luz” en otoño. Tiene que adaptarse al momento en que la luz cambia más deprisa en todo el año, y ese momento llega justo cuando el verano termina, no cuando el invierno empieza de verdad.

Lo que le pasa a un puñado de neuronas en octubre

Uno de los hallazgos que citan Zhang y Volkow es, cuando menos, curioso.

En el núcleo supraquiasmático, la estructura cerebral que actúa como reloj maestro del organismo, hay un grupo concreto de neuronas que producen vasopresina.

Según los estudios que recoge la revisión, el volumen y el número de estas neuronas alcanza su punto máximo en octubre, justo cuando la reducción diaria de horas de luz es más pronunciada.

No en diciembre, con los días más cortos del año. En octubre, cuando el cambio está ocurriendo más rápido.

Es un dato pequeño, casi anecdótico, pero apunta a algo mayor: el cerebro parece reaccionar más a la tasa de cambio del entorno que a un estado fijo de oscuridad.

Los neurotransmisores no cambian todos al mismo ritmo

La misma revisión describe cómo distintos sistemas de neurotransmisores responden a la transición de otoño de forma desigual, a veces incluso contradictoria.

Serotonina. Varios estudios citados muestran que sus niveles en el hipotálamo son más bajos en invierno. Estudios de neuroimagen con PET muestran además que el transportador de serotonina (SERT) tiende a tener mayor disponibilidad en otoño e invierno en población sana. En personas con trastorno afectivo estacional, ese transportador se sobrerregula todavía más de lo esperado en invierno, lo que los autores interpretan como un fallo en el mecanismo de compensación que sí funciona en el resto de la población.

Dopamina. Los hallazgos aquí son menos lineales. Estudios post mortem encuentran menor actividad dopaminérgica en invierno, mientras que otros estudios de neuroimagen encuentran justo lo contrario según qué parte del circuito se mida. Zhang y Volkow proponen que la melatonina, más prolongada en los meses de menos luz, inhibiría la señal dopaminérgica postsináptica mientras protegería, al mismo tiempo, la integridad de las neuronas dopaminérgicas presinápticas.

MAO-A. Esta enzima, encargada de degradar varios neurotransmisores, desciende de forma natural entre invierno y primavera en personas sanas. En personas con trastorno afectivo estacional, ese descenso estacional simplemente no ocurre con la misma intensidad, algo que revierte parcialmente la terapia de luz brillante en solo tres semanas, según los estudios citados.

Por qué no le afecta igual a todo el mundo

Aquí es donde la revisión se vuelve más interesante todavía: la sensibilidad a este mecanismo varía muchísimo de una persona a otra.

  • Las mujeres muestran hasta 1,5 veces más riesgo de oscilaciones de ánimo ligadas a la estación que los hombres, según los estudios recopilados.
  • Las personas con cronotipo vespertino (quienes rinden y se activan más tarde) reportan mayor sensibilidad estacional, con independencia de la latitud en la que vivan o de cuánta luz artificial usen.
  • En cuanto a la sensibilidad lumínica del propio ritmo circadiano, un estudio en adultos sanos encontró una diferencia de más de 50 veces entre la persona menos sensible y la más sensible a la luz.
  • Variantes genéticas concretas, como el alelo corto del gen 5-HTTLPR o una variante del gen de la melanopsina (el fotopigmento que informa al reloj biológico de cuánta luz hay), aparecen asociadas a mayor vulnerabilidad estacional en los estudios revisados.

Ninguno de estos factores actúa solo. Se combinan, y por eso dos personas pueden vivir el mismo mes de septiembre de forma completamente distinta.

El experimento involuntario de vivir sin electricidad

Un dato que la revisión menciona de pasada, y que resulta especialmente llamativo: las comunidades amish, que apenas usan luz eléctrica por la noche, presentan una prevalencia de trastorno afectivo estacional mucho más baja que la población cercana de Maryland con la que se las comparó.

La hipótesis que se baraja no es que vivan en un lugar con más sol. Es que su exposición a la luz natural y a la oscuridad natural está mucho más sincronizada con el ciclo real del sol, sin la interferencia de la luz artificial que, en la vida urbana moderna, difumina buena parte de esa señal estacional.

Cuando la metáfora ayuda, aunque no sea ciencia

Nada de esto tiene relación directa con Wintering (2020), el libro de la escritora británica Katherine May que popularizó la idea de tratar los periodos difíciles como una estación de descanso natural, no como un fracaso personal.

Conviene decirlo con claridad: es un libro de divulgación personal, no un estudio científico, y ninguna de sus afirmaciones se apoya en los mecanismos descritos arriba.

Pero la propia intuición que recorre el libro (que ciertos tramos del año piden menos exigencia y más recogimiento) encaja de forma curiosa con lo que muestran estos estudios: hay un motivo biológico real, medible en neuronas y neurotransmisores concretos, por el que el tramo que va de finales de agosto a octubre no es un mes cualquiera para el sistema nervioso.

Qué queda de todo esto cuando termina agosto

Lo que la ciencia describe no es una condena ni una fecha para preocuparse. Es, según Zhang y Volkow, un proceso de ajuste que la mayoría de las personas sanas completan sin dificultad, gracias a que sus neurotransmisores se recalibran con la propia estación.

El dato que sí merece quedarse es este: si algo se nota distinto en el ánimo, el sueño o la energía durante las semanas que siguen al verano, no es necesariamente el frío, ni la vuelta a la rutina, ni una casualidad. Es, en buena medida, la velocidad a la que el propio planeta le está pidiendo al cerebro que cambie de paso.

Fuentes

  • Zhang, R., y Volkow, N. D. (2023). Seasonality of brain function: role in psychiatric disorders. Translational Psychiatry, 13, 65. https://doi.org/10.1038/s41398-023-02365-x
  • Meesters, Y., y Gordijn, M. C. M. (2016). Seasonal affective disorder, winter type: current insights and treatment options. Psychology Research and Behavior Management, 9, 317-327.
  • Levitan, R. D. (2007). The chronobiology and neurobiology of winter seasonal affective disorder. Dialogues in Clinical Neuroscience, 9(3), 315-324.
  • May, K. (2020). Wintering: The Power of Rest and Retreat in Difficult Times. Riverhead Books. (Citado como referencia cultural y literaria, no como fuente científica).

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Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente lo que más afecta al ánimo cuando termina el verano, según la ciencia?

Según la revisión de Zhang y Volkow (2023) en Translational Psychiatry, no es la cantidad absoluta de luz la que más se asocia a cambios de ánimo y comportamiento, sino la velocidad a la que el día se acorta. Esa velocidad de cambio alcanza su máximo alrededor del equinoccio de otoño, a finales de septiembre.

¿Es lo mismo que el trastorno afectivo estacional (TAE)?

No necesariamente. El TAE es un cuadro clínico definido, con una prevalencia estimada de entre el 1% y el 10% de la población según Meesters y Gordijn (2016) en Psychology Research and Behavior Management. Lo que describe este artículo son mecanismos biológicos de adaptación estacional que, según la investigación citada, existen en distinto grado en toda la población, no solo en quienes cumplen los criterios de un diagnóstico.

¿Afecta esto por igual a todo el mundo?

No, según los datos que recoge Zhang y Volkow (2023): las mujeres muestran hasta 1,5 veces más riesgo de oscilaciones de ánimo estacionales que los hombres, las personas con cronotipo vespertino ('búhos') reportan mayor sensibilidad estacional, y estudios sobre sensibilidad lumínica del ritmo circadiano en adultos sanos han encontrado diferencias de más de 50 veces entre la persona menos y la más sensible.

¿Este artículo sustituye una valoración profesional sobre cómo me siento en esta época del año?

No. Resume hallazgos de revisiones científicas sobre estacionalidad y función cerebral con fines informativos y educativos. Si los cambios de ánimo, sueño o energía asociados al cambio de estación generan un malestar significativo o persistente, lo indicado es consultar con un profesional de la salud mental.

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