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Inteligencia emocional

¿Por qué un pelo en la sopa da más asco que un pelo en tu cabeza?

Por la redacción de Personaramic10 min de lectura
Ilustración minimalista geométrica de formas redondeadas ordenadas alrededor de una que está fuera de su fila, en tonos cálidos

Es exactamente el mismo pelo. La misma sustancia, el mismo origen, la misma composición química. Y sin embargo, uno no te provoca nada y el otro te hace apartar el plato.

La antropóloga británica Mary Douglas dedicó Purity and Danger (1966) a explicar esta paradoja tan cotidiana que casi nunca nos detenemos a mirarla de frente.

Su conclusión no tiene que ver con higiene, ni con microbios, ni con instintos de supervivencia, sino con el lugar donde aparece cada cosa. Más adelante veremos que la psicología experimental ha matizado esa respuesta, aunque sin desmentirla.

El asco no está en la sustancia. Está en la categoría

La idea central de Douglas, resumida en sus propias palabras, es tan simple como incómoda: “no existe la suciedad en sí misma: existe en el ojo de quien la mira”.

  • Para Douglas, la suciedad es, en esencia, desorden.
  • Eliminarla no es, dice, “un movimiento negativo, sino un esfuerzo positivo por organizar el entorno”.
  • Cuando algo nos da asco, no estamos reaccionando a una propiedad objetiva de ese algo. Estamos reaccionando a que ha roto el lugar que le correspondía dentro de un sistema de categorías que llevamos incorporado.

Esto no significa que el asco sea “falso” o “imaginario”, sino que su detonante no es tanto la cosa en sí como la posición que ocupa.

Zapatos en la mesa, comida en el dormitorio

Douglas ilustra esta idea con una lista de ejemplos que se ha convertido en una de las citas más repetidas de la antropología moderna:

“Los zapatos no son sucios en sí mismos, pero es sucio ponerlos sobre la mesa del comedor; la comida no es sucia en sí misma, pero es sucio dejar utensilios de cocina en el dormitorio, o comida manchando la ropa; del mismo modo, el equipo de baño en el salón; ropa tirada sobre las sillas; cosas de exterior dentro de casa; cosas de arriba abajo; ropa interior apareciendo donde debería estar la ropa exterior, y así sucesivamente.”

Ningún elemento de esa lista es “sucio” por su naturaleza física: un zapato limpio recién comprado sigue dando la misma sensación de desorden sobre un mantel. Lo que activa el rechazo es que cada objeto tiene, dentro de nuestro sistema mental de categorías, un lugar propio, y cuando aparece en otro, el sistema entero se resiente, aunque solo sea por una fracción de segundo.

El pelo de la sopa funciona igual. En tu cabeza, un pelo está en su sitio: es una parte esperada de tu propio cuerpo. En un plato de comida, el mismo pelo se ha desplazado a una categoría, lo que se ingiere, que no le corresponde. Desde esta lectura, el asco no mide el pelo, sino la distancia entre dónde está y dónde “debería” estar.

Por qué los orificios del cuerpo concentran tanto asco

El mismo principio explica algo que casi todo el mundo ha notado alguna vez sin llegar a formularlo: el asco no se distribuye por igual sobre el cuerpo humano. Se concentra, de forma muy desproporcionada, en sus márgenes: la boca, la nariz, los oídos, las uñas, el pelo que se cae.

  • Para Douglas, los márgenes y orificios de cualquier cuerpo (el físico y el social) son sus puntos de peligro, precisamente porque es ahí donde la materia cruza de un estado a otro: de dentro a fuera, de “yo” a “no yo”.
  • Esta idea conecta el cuerpo individual con la sociedad entera: del mismo modo que una comunidad vigila con especial atención a quién entra y sale de sus fronteras, el cuerpo vigila, casi sin que la mente participe de forma consciente, todo lo que cruza sus propios límites.
  • Un pelo dentro de la cabeza no cruza ningún margen: sigue en su categoría. Un pelo que ha caído y ha aparecido en un plato ha cruzado ya dos límites a la vez: salió del cuerpo y entró en la comida.

Nada de esto ocurre porque el cuerpo “sepa biología”. Ocurre porque el cuerpo funciona, para la mente que lo habita, como un mapa en miniatura del propio orden social.

Un sistema de clasificación de hace más de dos mil años

Douglas buscó el ejemplo más elaborado de este mecanismo en un texto muy antiguo: las leyes dietéticas del Levítico, en la Biblia hebrea.

  • El Levítico distingue entre animales “limpios” e “impuros” con un criterio que, a primera vista, parece arbitrario. Entre los animales terrestres, son aptos los que tienen la pezuña hendida y además rumian (Levítico 11, 3). El cerdo, que tiene la pezuña hendida pero no rumia, queda fuera; también el camello, que rumia pero no tiene la pezuña partida.
  • Para Douglas, lo que hace impuro a un animal es que no encaja en la clase que le corresponde: los peces sin aletas ni escamas, o los animales que “pululan” por el suelo y no andan, nadan ni vuelan como se espera de su medio. A varios de ellos el texto les aplica un término más severo, que suele traducirse como “abominación”.
  • Douglas interpretó estas leyes como un sistema de clasificación que, según sus propias palabras, “modela de forma intrincada el cuerpo y el altar el uno sobre el otro”: lo que se considera apto para el altar y lo que se considera apto para el cuerpo siguen la misma lógica interna.

Un detalle poco frecuente en un clásico académico: la propia Douglas, en el prefacio que añadió décadas después a una reedición del libro, reconoció haberse equivocado en parte de su interpretación original de este capítulo, y explicó por qué había revisado su lectura con el tiempo.

Pocas autoras de un libro tan influyente se corrigen a sí mismas tan abiertamente, y esa honestidad forma parte de por qué el libro sigue leyéndose hoy.

Ordenar el mundo, purificar el mundo: la misma actividad

Para Douglas, clasificar el mundo en categorías no es un lujo intelectual, sino la base de cualquier comportamiento organizado.

  • “La reflexión sobre la suciedad implica reflexión sobre la relación entre orden y desorden, entre el ser y el no ser, entre la forma y la falta de forma, entre la vida y la muerte”, escribe en la introducción del libro.
  • Los ritos de pureza e impureza, en cualquier cultura, no son supersticiones aisladas del resto de la vida social. Son, según su lectura, una forma de “crear unidad en la experiencia”: ordenar elementos dispares y darles un sentido compartido.
  • Por eso el asco, aunque se sienta como algo puramente físico e inmediato, funciona en realidad como un guardián silencioso del orden simbólico de cada cultura: señala, en una fracción de segundo, que algo se ha salido de su sitio.

Lo que añadió la psicología: contagio, saliva y microbios

Douglas escribía como antropóloga, a partir de textos y observaciones de campo. Desde los años ochenta, el psicólogo Paul Rozin, de la Universidad de Pensilvania, estudió el asco en el laboratorio, y sus resultados complementan su idea con un mecanismo concreto.

El asco empieza en la boca. Rozin y April Fallon (1987) lo definieron como la repulsión ante la posibilidad de incorporar por la boca algo ofensivo, algo capaz de contaminar un alimento aceptable con solo tocarlo. Eso explica que el pelo moleste en la sopa y no en la almohada: la sopa va a entrar en el cuerpo.

Lo propio deja de serlo al salir. Un ejemplo que Rozin ha usado a menudo es el de la saliva: casi nadie siente reparo al tragar la saliva que tiene en la boca, y casi todo el mundo lo siente ante la idea de comer un plato en el que acaba de escupir. Con el pelo pasa lo mismo. Mientras forma parte del cuerpo, es “yo”; una vez fuera, se convierte en un producto corporal, y estos están entre los desencadenantes de asco más universales. Es la versión experimental de los márgenes de Douglas.

El contacto contamina, aunque no haya riesgo. Rozin, Linda Millman y Carol Nemeroff (1986) mostraron que las personas aplican sin darse cuenta dos “leyes de la magia simpática” que los antropólogos habían descrito en otras culturas:

  • Contagio: lo que ha tocado algo repugnante queda contaminado. Muchos participantes rechazaban un zumo en el que se había sumergido una cucaracha muerta y esterilizada, aunque sabían que no había ningún peligro.
  • Semejanza: lo que se parece a algo repugnante se trata como si lo fuera. Un dulce de chocolate con forma de excremento de perro resultaba mucho menos apetecible que el mismo dulce con otra forma.

Y, sin embargo, también hay microbios. La investigadora de salud pública Valerie Curtis y sus colegas (2011) defendieron que el asco es un sistema evolucionado para evitar enfermedades: casi todo lo que da asco en cualquier cultura, como heces, vómitos, heridas, comida en mal estado o algunos animales, es una fuente potencial de infección. Douglas tenía razón en que la biología sola no explica dónde ponemos la frontera, pero el sistema que la vigila tiene, muy probablemente, un origen sanitario. Las dos explicaciones se complementan: la biología aporta la alarma y la cultura decide qué cosas la disparan.

Del pelo a la injusticia: el asco moral

El asco no se queda en la mesa. Jonathan Haidt, Rozin y sus colegas (1997) describieron cómo, en varias lenguas y culturas, la misma palabra se usa para un alimento podrido y para una conducta que se considera vil, y propusieron que el asco se ha extendido del cuerpo al terreno moral.

Un experimento de Hanah Chapman y su equipo (2009) dio una pista física de ese parentesco. Midieron la actividad de un músculo de la cara, el elevador del labio superior, que arruga la nariz y levanta el labio. Se activaba ante un sabor amargo, ante fotos de contaminantes y también cuando los participantes recibían una oferta injusta en un juego económico. Tres situaciones muy distintas producían el mismo gesto de rechazo.

Esa extensión encaja con Douglas mejor de lo que parece: si el asco protege un orden, no es extraño que reaccione también cuando alguien rompe el orden social.

Lo que cambia al mirarlo así

Nada de esto elimina la incomodidad real de encontrar un pelo en la sopa, pero sí cambia la pregunta que tiene sentido hacerse.

  • No es “¿qué tiene esta cosa que la hace repugnante?”.
  • Es “¿qué sistema de categorías estoy usando en este momento, sin darme cuenta, para decidir que esto está fuera de lugar?”.

Esa pregunta, según Douglas, no se puede responder mirando solo el objeto. Se responde mirando el mapa entero de categorías que cada persona lleva puesto, sin saberlo, desde mucho antes de sentarse a la mesa.

Reconocer con esa precisión qué se siente y por qué, incluso ante una reacción tan automática como el asco, es justo lo que los modelos de inteligencia emocional describen como autoconciencia emocional. El asco es, además, una de las seis emociones básicas de la lista clásica de Paul Ekman.

Fuentes

  • Douglas, M. (1966). Purity and Danger: An Analysis of Concepts of Pollution and Taboo. Routledge.
  • Douglas, M. (2002). Preface to the Routledge Classics Edition, en Purity and Danger. Routledge Classics.
  • Rozin, P., y Fallon, A. E. (1987). A perspective on disgust. Psychological Review, 94(1), 23-41. https://doi.org/10.1037/0033-295X.94.1.23
  • Rozin, P., Millman, L., y Nemeroff, C. (1986). Operation of the laws of sympathetic magic in disgust and other domains. Journal of Personality and Social Psychology, 50(4), 703-712. https://doi.org/10.1037/0022-3514.50.4.703
  • Curtis, V., de Barra, M., y Aunger, R. (2011). Disgust as an adaptive system for disease avoidance behaviour. Philosophical Transactions of the Royal Society B, 366(1563), 389-401. https://doi.org/10.1098/rstb.2010.0117
  • Haidt, J., Rozin, P., McCauley, C., e Imada, S. (1997). Body, psyche, and culture: The relationship between disgust and morality. Psychology and Developing Societies, 9(1), 107-131. https://doi.org/10.1177/097133369700900105
  • Chapman, H. A., Kim, D. A., Susskind, J. M., y Anderson, A. K. (2009). In bad taste: Evidence for the oral origins of moral disgust. Science, 323(5918), 1222-1226. https://doi.org/10.1126/science.1165565

Preguntas frecuentes

¿Entonces el asco no tiene ninguna base biológica?

Sí la tiene. La antropóloga Mary Douglas no negaba las reacciones fisiológicas de rechazo; su argumento, en Purity and Danger (1966), es que la biología por sí sola no explica por qué la misma sustancia produce asco en un contexto y ninguno en otro. La psicología actual combina ambas ideas: investigadoras como Valerie Curtis (2011) ven en el asco un sistema que nos aleja de posibles fuentes de infección, y Paul Rozin ha mostrado cómo la cultura amplía después lo que nos da asco.

¿Qué quiere decir Douglas con que la suciedad es 'materia fuera de lugar'?

Que ningún objeto es sucio por su composición física, sino por estar en un sitio que no le corresponde dentro de un sistema de categorías. Su propio ejemplo, citado literalmente en el libro: los zapatos no son sucios en sí mismos, pero es sucio dejarlos sobre la mesa del comedor.

¿Qué tienen que ver las leyes dietéticas del Levítico con esto?

Douglas las usó como ejemplo de un sistema de clasificación religioso muy elaborado, en el que ciertos animales se consideran 'impuros' no por ser peligrosos, sino por no ajustarse a las categorías esperadas. El criterio para los animales terrestres es tener la pezuña hendida y rumiar (Levítico 11, 3): el cerdo tiene lo primero pero no lo segundo, y el camello, lo contrario. Ella misma revisó y matizó parte de su interpretación original en ediciones posteriores del libro.

¿Este artículo dice que hay que superar el asco a algo en concreto?

No. Resume ideas antropológicas y psicológicas sobre el origen cultural del asco, con fines exclusivamente informativos. No es una guía para gestionar ninguna reacción emocional concreta ni sustituye la valoración de un profesional si el asco o el rechazo hacia algo interfiere de forma significativa en la vida diaria.

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